El martes, Noemí Rada llegó diez minutos tarde con el abrigo mojado y una hoja doblada en cuartos apretada en el puño como si alguien hubiera intentado quitársela en el camino.
Era la tercera semana de enero. El instituto nocturno olía, como siempre, a tiza vieja y al desodorante demasiado dulce del señor Ferreyra, que venía de trabajar en la planta de logística y se disculpaba por eso cada martes aunque nadie se lo había pedido. Rodrigo estaba parado frente al pizarrón con el marcador en la mano, a mitad de una frase sobre la diferencia entre la descripción y la enumeración, cuando Noemí abrió la puerta con ese codo particular que usa la gente que lleva algo en ambas manos aunque no lleve nada.
—Perdón —dijo.
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