La náusea llegó antes del amanecer, antes de que las criadas encendieran los braseros o de que el primer carretón de pescado cruzara las calles de Valoria hacia el mercado. Llegó como llegan las cosas verdaderas: sin anunciarse, con el peso completo de lo inevitable.
Lucía se incorporó en la cama y puso la mano derecha sobre el vientre, ese gesto antiguo e instintivo que las mujeres hacen antes de saber que lo están haciendo. La marca roja en su palma —esa mancha del tamaño de una moneda que las criadas más viejas llamaban en voz baja señal de los espíritus— quedó presionada contra la tela de su camisón. Permaneció así, quieta, escuchando su propio cuerpo como se escucha una lengua extranjera que de pronto resulta comprensible.
No era la primera vez que su cuerpo le hablaba en este idioma. Pero era la primera vez que entendía lo que decía.
Afuera, el puerto de Valoria comenzaba su liturgia matinal: el chirrido de las poleas en los muelles, el golpe sordo de los cajones de madera, el grito lejano y sin destinatario de algún marinero anunciando algo que nadie en tierra quería oír. El olor del mar entraba por las rendijas de las persianas lacadas —canela y salitre y algo vegetal que Lucía nunca había podido nombrar con exactitud, un olor que era casi un recuerdo antes de ser una sensación. Se decía que el mar de Valoria olía así porque los barcos de la ruta de las especias habían derramado su carga tantas veces en estas aguas que el propio fondo del océano había cambiado de naturaleza. Se decía también que ese olor era el olvido: que los marineros que lo respiraban durante demasiado tiempo empezaban a perder los nombres de sus hijos.
Lucía lo había respirado toda su vida. Conocía perfectamente los nombres de los que amaba.
Se levantó de la cama con cuidado, como si el suelo pudiera romperse bajo sus pies, o como si ella misma pudiera romperse, que en ese momento le parecía más probable. Las baldosas de terracota estaban frías. Se acercó al espejo de marco dorado que había pertenecido a su madre y se miró sin encontrar nada diferente en su cara, lo cual le pareció una pequeña injusticia. Algo tan irrevocable debería dejar una marca visible. Algo debería cambiar de color o de ángulo, alguna línea debería torcerse o borrarse. Pero no: los mismos ojos oscuros bajo las mismas cejas rectas, la misma boca que Piedra de Jade había calificado una vez de excesivamente expresiva, como si los labios de Lucía tuvieran opiniones propias que el resto de su persona no había aprendido todavía a controlar.
Bajó la vista a su mano derecha. La marca era lo que siempre había sido: una mancha roja oscura, casi borgoña, que empezaba en el centro de la palma y enviaba hacia los dedos unos filamentos finos como raíces. Las parteras decían que era señal de quien viene marcado por los que se fueron antes. Piedra de Jade decía que era una anomalía del pigmento y que no se hablara más del asunto. Sebastián, la única vez que la había tomado de la mano a plena luz del día, había trazado con el dedo los bordes de la marca muy despacio, como si estuviera leyendo un mapa de un territorio que quería visitar.
Sebastián, que ya no estaba.
Lucía cerró la mano.
La mansión Rong se despertaba a su alrededor como un animal enorme y lento tomando consciencia de sus propias extremidades. El pabellón de jade —llamado así por los paneles de piedra verde que enmarcaban las ventanas del ala principal, traídos según la leyenda desde el otro lado del océano en el barco nupcial de Piedra de Jade— era en realidad un conjunto de tres edificaciones conectadas por corredores cubiertos y patios internos, cada uno con su propio propósito y su propia penumbra. El ala norte albergaba los salones de recepción, donde se hacían los negocios de seda y se sostenían las conversaciones que luego se convertían en dinero o en ruina. El ala sur era la parte doméstica, con sus cocinas de techos ennegrecidos por el humo de cincuenta años de guisos y sus cuartos de criadas en los pisos superiores. Y el ala central, la más antigua y la más crujiente, era donde vivían las mujeres de la familia: Piedra de Jade en el primer piso, en su cámara que daba al jardín de camelias; Lucía en el segundo, en el cuarto que había sido de su madre antes de que su madre tuviera fiebre y dejara de ocupar ningún cuarto.
Los corredores olían a madera lacada y a jazmín en distintas etapas de descomposición, porque Piedra de Jade insistía en que se pusieran flores frescas cada mañana en los nichos de madera que flanqueaban las puertas, pero las flores tardaban a veces más de lo esperado en llegar desde el jardín, y el olor de las flores viejas se superponía al de las nuevas y el resultado era una mezcla particular, dulce y ligeramente pútrida, que Lucía asociaba tan profundamente con la idea de hogar que en ocasiones, cuando la náusea de estas últimas semanas la golpeaba, no era capaz de distinguir si el asco era físico o nostálgico.
El corredor principal tenía diez metros de largo y estaba alfombrado con una pieza de seda roja que nadie pisaba con los zapatos puestos. A lo largo de sus paredes, en estantes de madera oscura, había piezas de cerámica que Piedra de Jade había acumulado durante cincuenta años: jarrones de Cobalto, figuras de marfil que Lucía de niña intentaba no mirar de frente, cuencos de porcelana blanca con el sello de la familia pintado en azul. Y en el extremo más alejado del corredor, justo antes de que el pasillo se doblara hacia la escalera que subía a la cámara de la matriarca, había una repisa más alta que las demás, con tres frascos de porcelana de cuello estrecho que nadie abría. Nadie, salvo Inés, que los limpiaba una vez por semana con un paño que guardaba separado de los demás.
Lucía pasó bajo esa repisa sin mirarla. Ya la había mirado bastante en su vida.
Las voces de las criadas llegaban desde abajo: el golpe metálico de los calderos, el arrastrar de muebles pesados, alguien tarareando algo sin melodía fija. El olor del caldo con jengibre subió por la escalera y Lucía tuvo que apoyarse un momento contra la pared, respirando por la boca, esperando que el estómago decidiera su postura definitiva. La pared estaba fría contra su hombro. La madera, siempre ligeramente húmeda en las mañanas de verano, le recordó que el mar estaba muy cerca, que siempre había estado muy cerca, que la mansión Rong se había construido lo suficientemente próxima al agua como para que las mareas altas se oyeran en los sótanos.
Bajó las escaleras sujetándose del pasamano de hierro forjado y llegó al pasillo del ala sur justo cuando la puerta del cuarto de los lienzos se abría y Inés salía con una pila de sábanas blancas entre los brazos. Era una mujer de unos cuarenta y tantos años —aunque Lucía no había sido capaz nunca de precisar su edad, porque el rostro de Inés parecía haber llegado a cierta expresión definitiva y haberse quedado allí, inmune al tiempo— de movimientos tan silenciosos que a veces daba la impresión de que simplemente aparecía en los lugares sin haber tenido que caminar hasta ellos.
Se miraron.
Inés no dijo nada. No preguntó si Lucía estaba bien, no comentó lo temprano de la hora ni lo pálido de la cara. Sostuvo simplemente las sábanas contra el pecho y esperó, con esa manera suya de esperar que no era pasividad sino una forma de escucha muy activa, como la de alguien que ya sabe lo que se le va a decir y está decidiendo de antemano cómo responder.
—Voy a buscar agua —dijo Lucía, que no iba a buscar agua.
—En la cocina está el caldo —dijo Inés—. Con jengibre.
Una pausa mínima.
—Para el estómago —añadió la criada, y se dio la vuelta hacia la pila de lienzos que tenía pendiente.
Lucía la observó un momento desde el pasillo. Inés ya estaba doblando la primera sábana, sus manos moviéndose con una precisión mecánica que daba a entender que su atención estaba completamente en otra parte. Pero sus orejas, Lucía lo sabía, no estaban en otra parte. Las orejas de Inés nunca estaban en otra parte.
Siguió hacia la cocina.
El mensaje de Piedra de Jade llegó a las diez de la mañana, como llegaba todos los martes: en un sobre de papel crema cerrado con lacre color cinabrio, llevado por la más joven de las criadas con una seriedad desproporcionada para su edad. El mensaje siempre decía lo mismo y siempre se entregaba como si dijera algo diferente. Esta semana, como todas las semanas, decía: Si no hay impedimento, te espero para el té a mediodía. El impedimento era una invención de Piedra de Jade; nunca había existido uno. Lucía llevaba asistiendo a ese té desde los doce años.
Dobló el papel a lo largo de sus marcas anteriores —las mismas que trazaba siempre, el mismo cuadrado de cuatro dobleces— y lo dejó sobre la mesa de su cuarto.
A mediodía, los pasillos del ala central olían a té de crisantemo y a algo más seco y antiguo que Lucía había aprendido a reconocer como el olor personal de su abuela: una combinación de aceite de sésamo, tinta de caligrafía y un perfume cuyo frasco ella nunca había visto pero cuya presencia era tan constante como las paredes. Llamó a la puerta con los nudillos, dos golpes como siempre, y esperó el sonido de la voz de su abuela: adelante, dicho de esa manera particular que no era una invitación sino una instrucción.
El salón de Piedra de Jade era el único cuarto de la mansión donde el orden tenía algo de distinto. No era que los demás espacios fueran caóticos —la mano de la matriarca se sentía en cada rincón del pabellón, en el ángulo exacto de cada cojín y en la distancia precisa entre los objetos de cada repisa— pero en su salón personal el orden tenía una densidad adicional, como si cada cosa estuviera colocada no solamente en su sitio sino en su significado. La mesa baja de madera de alcanfor estaba ya dispuesta: el juego de té de porcelana blanca con las flores pintadas en azul pálido, la tetera humeante, los cuencos de semillas de melón y de ciruela confitada. Dos tazas. La de Piedra de Jade ya vacía y limpia, esperando el primer vertido. La de Lucía en su lugar.
La matriarca estaba sentada en su sillón de caoba, el único mueble de la casa que era inequívocamente suyo: alto, de respaldo recto, con los apoyabrazos desgastados exactamente donde sus manos descansaban desde hacía décadas. Llevaba el cabello blanco recogido en un nudo bajo y firme, sujeto con una peineta de jade verde que Lucía siempre había mirado con cierta aprensión, como si la peineta tuviera memoria y la memoria fuera a hablar. Vestía de oscuro, como casi siempre: una bata de seda gris con bordado negro en los puños, que la hacía parecer simultáneamente doméstica y absolutamente formal.
Tenía setenta y tres años. Parecía tener exactamente la edad que quería.
—Siéntate —dijo Piedra de Jade, sin levantar la vista del bordado que sostenía entre las manos. Era un trabajo de aguja que Lucía nunca había visto terminado ni avanzar de manera perceptible; existía, pensaba ella, como una forma de ocupación de las manos que permitía que los ojos miraran hacia otro lado.
Lucía se sentó frente a ella, cruzó las manos sobre el regazo y esperó que su abuela sirviera el té, que era el orden correcto.
El sonido del líquido cayendo en las tazas tenía una calidad casi musical en ese silencio. Piedra de Jade sirvió con la muñeca ligeramente girada, la inclinación perfecta de alguien que ha servido té durante cincuenta años y lo seguirá haciendo con idéntica exactitud hasta que le fallen los huesos. El vapor olía a flores amarillas y a algo un poco amargo que Lucía había aprendido a valorar con el tiempo, como se aprende a valorar la compañía de las personas que no te facilitan nada.
—Tienes ojeras —dijo la matriarca.
—No he dormido bien.
—El calor.
—Sí.
Piedra de Jade dejó el bordado sobre el brazo del sillón y levantó su taza. Sus ojos, del color de la madera oscura, estudiaron a Lucía por encima del borde con esa atención que no era nunca afecto pero tampoco era nunca indiferencia: era evaluación, constante e imparcial como el trabajo de una balanza.
—El señor Aurelio llega el jueves —dijo—. Traerá a un asociado del puerto. Quiero que estés en la cena.
—Estaré.
—Con el vestido azul marino. No el que tiene encaje. El otro.
—Sí.
Lucía bebió su té. El amargor del crisantemo le asentó el estómago de una manera que agradeció en silencio. Miró la mesa, el patrón de flores en el borde de su taza, el cuenco de ciruelas confitadas del que ninguna de las dos comería porque era un cuenco de cortesía, de presencia, de decir hay abundancia aquí aunque no la toquemos.
—¿Cómo está el jardín? —preguntó Lucía.
—Las camelias del rincón sur tienen algo. Inés dice que es falta de agua. Yo creo que es el suelo.
—Inés sabe de plantas.
—Inés sabe de muchas cosas —dijo Piedra de Jade, con una neutralidad tan perfecta que era imposible determinar si era elogio o advertencia.
El silencio que siguió tenía peso. No era el silencio vacío de dos personas que no tienen nada que decirse; era el silencio lleno, casi sólido, de dos personas que tienen demasiado y han acordado, tácitamente, no decir ninguna de esas cosas. Lucía conocía ese silencio desde niña. Lo había habitado tantas veces que podía distinguir sus variaciones: el silencio de los martes de té era diferente al silencio de las cenas familiares, que era diferente al silencio que había rodeado durante meses el nombre de su madre, ese silencio con forma de fiebre que nadie nombraba.
Puso la taza sobre la mesa.
Tenía las manos sobre el regazo. La derecha, la marcada, descansaba sobre la seda de su falda con la palma hacia abajo, ocultando la mancha. Era un gesto tan automático que llevaba años sin notarlo, como se dejan de notar las paredes.
Piedra de Jade lo notó. Siempre notaba los gestos automáticos con más atención que los deliberados.
Pero no dijo nada.
Volvió a tomar el bordado. La aguja entró en la tela con un sonido mínimo, casi inaudible. El hilo era del color de las camelias rojas.
—Hay una tejedora nueva en el mercado del puerto —dijo la matriarca, como si estuviera continuando una conversación diferente—. Del norte, según dicen. Trae seda de calidad distinta. Más gruesa. Habrá que verla.
—Habrá que verla —repitió Lucía.
El té se enfriaba entre las dos.
La mano de Lucía, oculta debajo de la otra, presionaba levemente contra su propia falda, como si hubiera algo debajo de la tela que necesitara sostener.
Afuera, el puerto seguía su liturgia. Las gaviotas gritaban sobre el agua con esa urgencia sin objeto específico que era su modo natural. El olor a canela llegó una vez más por la ventana entreabierta, mezclado ahora con el humo de alguna chimenea lejana, y Lucía pensó en el río, que quedaba al otro lado del puerto, y en un hombre que había tenido el hábito de escribir líneas en su antebrazo con la yema del dedo, sin tinta, como si la piel fuera suficiente para guardar las palabras.
No lo era. Ninguna superficie lo era.
—Lucía —dijo Piedra de Jade, sin levantar la vista del bordado.
—Abuela.
Una pausa.
—Duerme más.
Era lo más cercano a la ternura que su abuela habría de ofrecerle ese día, y Lucía lo recibió como lo que era: suficiente y completamente insuficiente al mismo tiempo.
—Sí —dijo—. Dormiré más.
Terminaron el té. Ninguna tocó las ciruelas confitadas.
Lucía atravesó de regreso los corredores del ala central con los pasos lentos de alguien que lleva algo frágil. El jazmín de los nichos estaba en ese punto intermedio entre fragante y agotado; habría flores nuevas por la tarde. Pasó bajo la repisa de los tres frascos sin detenerse, aunque los sintió de algún modo que no sabría describir, una especie de peso lateral, como cuando alguien te mira desde detrás.
Al doblar hacia el pasillo del ala sur, vio que la puerta del cuarto de los lienzos seguía entreabierta.
Inés estaba adentro, de espaldas, doblando toallas con el mismo movimiento preciso de la mañana. Pero sus manos se habían detenido en medio de un doblez cuando oyó los pasos de Lucía en el corredor.
Lucía pasó de largo.
Detrás de ella, en el cuarto de los lienzos, el movimiento de las manos de Inés se reanudó.
Y en el cuarto de encima, en el salón que olía a crisantemo amargo y aceite de sésamo, Piedra de Jade seguía bordando con el hilo del color de las camelias rojas, contando puntadas con una paciencia que hacía cincuenta años había aprendido a confundir con fortaleza.