El martes anterior, Miguel Ángel Panza había cambiado la transmisión de un Honda Accord del 2009 sin consultar el manual, había comido dos porciones de pernil en el local de la señora Díaz de la esquina, y había dormido siete horas seguidas sin soñar con absolutamente nada. Era un hombre de hábitos sólidos y expectativas modestas, y estaba perfectamente satisfecho con ambas cosas.
El miércoles comenzó igual.
A las siete cuarenta y dos de la mañana, Miguel Ángel Panza estaba tumbado bajo un Ford F-150 del 2015 con una llave de media pulgada en la mano derecha y el ceño fruncido de quien ha identificado un problema mecánico y está calculando el insulto exacto que merece. El garaje olía a aceite y a café viejo y al jabón industrial con el que se lavaba las manos seis veces al día sin que nunca quedaran del todo limpias. Afuera, la Tercera Avenida del Bronx producía el sonido específico de una ciudad que ya lleva tres horas despierta y lleva la cuenta.
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