Chapter 1: A Knight Falls from the Manhattan Sky

El portal se abrió sin avisar.

No hubo cuenta atrás, ni sirenas de advertencia, ni la elegante secuencia luminosa que los científicos de S.H.I.E.L.D. habían aprendido a asociar con las anomalías interdimensionales. Fue simplemente un desgarro: un tajo de luz color azufre que rasgó el aire a cuarenta metros sobre Times Square con el sonido seco y violento de una vela que estalla, y del cual cayeron, en estricto orden descendente, un caballo delgadísimo de color ceniciento, un hombre bajo y redondo que gritaba algo sobre la Santísima Virgen, y un caballero de armadura oxidada que descendió con los brazos extendidos y la expresión serena de quien lleva mucho tiempo esperando exactamente este momento.

El caballo aterrizó primero, porque los caballos pesan más.

El impacto contra el asfalto de la Cuarenta y Dos con Broadway produjo un sonido sordo y equino que hizo volver la cabeza a cuatro docenas de turistas, siete taxistas, dos monjes tibetanos de tránsito, y una mujer que vendía perritos calientes desde un carrito cromado y que llevaba diez años viendo cosas raras en este cruce específico de la ciudad sin que ninguna le hubiera quitado el sueño. El caballo se puso de pie con la dignidad levemente herida de quien ha sufrido una caída que prefiere no comentar, sacudió la cabeza, y miró a su alrededor con ojos grandes y oscuros en los que nadaba algo muy parecido a la resignación.

El hombre gordo cayó encima de un taxi amarillo y abolló el techo de manera considerable. El taxista salió por la ventanilla haciendo gestos.

El caballero fue el último en llegar al suelo, y lo hizo de pie.

No era un milagro de física —o quizás sí lo era, aunque del tipo que los físicos prefieren no catalogar— sino el resultado de cuarenta y tantos años de absoluta certeza en que un caballero andante no puede aterrizar de ninguna otra manera que no sea con dignidad. El metal oxidado de sus grebas resonó contra el asfalto con un tintineo cascado y glorioso. La visera de su yelmo, un morrión reconvertido en el objeto más improbable de protección que había visto el siglo veintiuno, estaba levantada, y bajo ella asomaba un rostro largo y enjuto, con pómulos que parecían haber sido tallados por alguien que se había quedado sin material a mitad de trabajo, y unos ojos de un azul tan intenso y tan tranquilamente maravillado que la vendedora de perritos calientes bajó involuntariamente el precio de sus productos en cincuenta centavos sin saber por qué.

El caballero se irguió.

Tomó aire.

Miró los rascacielos.

Era un martes por la mañana en octubre, y Times Square hacía lo que Times Square hace a toda hora y en todo clima, que es existir con la intensidad de algo que se sabe observado: las pantallas publicitarias derramaban colores imposibles sobre la multitud, los taxis se insultaban mutuamente en siete idiomas, el vapor ascendía por las rejillas del pavimento como el aliento de alguna criatura subterránea y enorme, y sobre todo aquello flotaba ese olor particular e inimitable que tienen únicamente Manhattan y los sueños de quienes nunca han estado en Manhattan: gasolina, pretzels, humanidad en movimiento, y algo indefinible que podría llamarse urgencia.

Don Alonso Quijano, que hacía ya tiempo que prefería ser llamado Don Quijote de la Mancha, lo miró todo durante tres segundos completos.

Entonces sonrió.

—Sancho —dijo, con la voz de quien acaba de recibir exactamente lo que esperaba de la vida—. Sancho, estamos en el reino encantado.

El hombre gordo que seguía sentado sobre el techo abolido del taxi levantó la cabeza. Tenía la cara redonda y colorada, bigote corto, y los ojos de alguien que ha aprendido por experiencia que las peores situaciones todavía pueden empeorar.

—¿Qué reino encantado ni qué ocho cuartos, señor? —dijo Sancho Panza, frotándose el costado izquierdo con expresión dolorida—. Lo que yo veo son unas torres más altas que la catedral de Sevilla y unos carros amarillos que dan más miedo que los leones del señor duque. ¿Dónde estamos, si puede saberse?

—Estamos donde el destino nos ha traído, que es donde siempre está un caballero andante: en el umbral de la aventura.

—Muy bien. ¿Y dónde dormimos esta noche?

Don Quijote no oyó la pregunta, o la oyó y la clasificó en esa categoría generosa que tenía reservada para todo lo que Sancho decía y que no encajaba con el momento. Se había adelantado tres pasos sobre el asfalto, con la lanza —una caña larga y reseca con una punta de hierro que el óxido había vuelto de color tierra— apuntando hacia el horizonte de cristal y acero de la avenida. Su caballo, Rocinante, se acercó a él con paso cansino y apoyó el hocico contra su hombro acorazado, dejando una mancha húmeda en el metal.

—Mira, Rocinante —dijo el caballero suavemente—. Torres encantadas por todos lados, guardadas sin duda por poderosos hechiceros que han tomado la forma de estas luces y estas voces. —Señaló con la lanza una pantalla de cuarenta metros que anunciaba un refresco de cola con una intensidad cromática que habría hecho desmayarse a los mejores iluminadores del siglo dieciséis—. Ahí está la evidencia de su magia: imágenes que se mueven sin pintor que las mueva, colores que brillan sin fuego que los alimente. No me cabe duda de que Frestón el Encantador ha puesto sus mejores fuerzas en este lugar.

Rocinante masticó el aire con cierta filosofía.

Un taxi que intentaba cruzar el cruce frenó a dos metros de ellos con un chirrido que levantó el cabello de un turista japonés.

—¡Oiga! —gritó el taxista por la ventanilla—. ¡Se puede saber qué hace usted en medio de la calle con ese disfraz?

Don Quijote se volvió hacia él con la expresión pausada y benevolente que reservaba para quienes no comprendían su misión.

—Buen hombre —dijo—, ten a bien apartarte de mi camino, que soy caballero andante y voy en busca de entuertos que desfacer y agravios que enmendar. No te pido sino que dejes libre el paso y encomiendas mi empresa a Dios o al patrón que veneres.

El taxista bajó la ventanilla del todo.

—Están filmando algo —le dijo al pasajero del asiento trasero—. Siempre están filmando algo en este cruce.

El pasajero levantó el teléfono y empezó a grabar.

Eran, a esa hora de la mañana, unas cuarenta personas las que habían formado semicírculo alrededor de la escena, con la mezcla de cautela y curiosidad que caracteriza a los neoyorquinos ante todo evento que no encaja en ninguna categoría conocida. Algunos también grababan. Un niño de unos ocho años señalaba a Rocinante con la boca abierta, y su madre tiraba de él hacia atrás sin apartar los ojos del caballero.

Fue entonces cuando llegaron los primeros dos agentes de la policía de Nueva York.

Venían con paso rápido y mano en el cinturón, que es la postura oficial de quien no sabe exactamente con qué está tratando pero sabe que no le gusta. El primero era alto y tenía el mentón de alguien acostumbrado a que le crean, y el segundo era más bajo y llevaba el sombrero ligeramente torcido hacia la derecha por la costumbre de frotarse la sien cuando estaba nervioso, lo cual era, en este momento, bastante seguido.

—Señor —dijo el primero, con el tono oficial que los cuerpos de seguridad de todos los países del mundo parecen fabricar en la misma fábrica—, necesito que baje esa... esa herramienta del suelo y me muestre alguna identificación.

Don Quijote se volvió hacia ellos con la expresión de quien ve a dos escuderos de cierta categoría.

—Señores guardias —respondió, inclinando ligeramente la cabeza—, veo que sois servidores del orden en este reino encantado, lo cual os honra. Sabed que yo soy Don Quijote de la Mancha, caballero andante de la Triste Figura, que ha venido a este lugar por mandato del destino y de la justicia. No necesito más identificación que mi lanza y mi honor.

El agente alto miró al agente del sombrero torcido.

El agente del sombrero torcido miró al agente alto.

—Señor —repitió el primero—, baje la lanza.

Sancho, que había conseguido descender del techo del taxi con cierta dificultad y ciertos quejidos, se interpuso entre su amo y los agentes con los brazos extendidos y una sonrisa que intentaba ser conciliatoria y conseguía ser angustiada.

—Señores policías, no se alarmen, que mi señor Don Quijote es el más pacífico de los hombres cuando no se lo contraria. Es que viene de muy lejos y está algo cansado del viaje, que ha sido largo y con turbulencias, y si me dan un momento yo les explico... bueno, no les puedo explicar del todo, porque hay cosas que yo mismo no entiendo del todo, pero lo que sí puedo decirles es que somos personas de bien y que el caballo no muerde salvo cuando le dan razones para ello.

El primer agente tendió la mano hacia Don Quijote.

—La lanza. Al suelo.

Algo cambió en los ojos azules del caballero. No fue ira, exactamente. Fue algo más parecido a la decepción de quien ha esperado ser comprendido y descubre que la comprensión requiere más trabajo del previsto.

—Veo —dijo en voz baja— que no reconocéis a quien tenéis ante vos. Bien está. Los caballeros andantes no necesitan ser reconocidos para cumplir con su deber. Pero tampoco permiten que se les trate como a malhechores cuando su conciencia está limpia. Así que os pido, una sola vez y con toda cortesía, que os hagáis a un lado.

El primer agente dio un paso adelante.

Don Quijote giró la lanza.

Lo que sucedió a continuación fue captado desde tres ángulos distintos por otros tantos teléfonos, y posteriormente visto cuarenta y siete millones de veces en las primeras seis horas, que es el tiempo que tarda una cosa en volverse histórica en el siglo veintiuno. El caballero no golpeó a nadie con la punta de la lanza —su código de honor era riguroso en ese punto— sino que usó el astil de madera reseca con la eficiencia peculiar de alguien que ha pasado décadas leyendo sobre cómo se hace y luego años practicándolo con fervor obsesivo. El primer agente acabó sentado sobre un capó de taxi con expresión atónita y sin saber del todo cómo había llegado allí. El segundo, al intentar sujetarlo por el hombro, recibió un giro de muñeca que lo dejó de rodillas sobre el asfalto en una postura de involuntaria reverencia. El tercero que se unió a la refriega, un agente de tráfico que pasaba por allí y decidió intervenir por razones que más tarde no supo explicar bien, fue redirigido con suavidad pero con firmeza hacia el bordillo de la acera, donde quedó apoyado contra una papelera con el silbato todavía en los labios y sin haber tenido oportunidad de usarlo.

Todo esto ocurrió en dieciséis segundos.

Dieciséis segundos durante los cuales Sancho cerró los ojos, abrió los ojos, cerró los ojos de nuevo, y luego se persignó tres veces con la velocidad de quien ha hecho ese gesto tantas veces en circunstancias similares que ya lo ejecuta de manera casi refleja.

Don Quijote bajó la lanza, miró a los tres agentes con expresión de benevolencia genuina, y dijo:

—Que Dios os tenga en su guarda, que habéis combatido con valor si no con fortuna.

Rocinante aprovechó el silencio que siguió para mordisquear el adorno de plástico de un coche de policía que acababa de llegar.

Arriba, a unos treinta metros de altura sobre el cruce, algo que no hacía ningún ruido y que en el aire de octubre era prácticamente invisible terminó de girar sus cámaras y empezó a transmitir en tiempo real hacia una dirección IP encriptada en algún punto de la isla de Manhattan. Era un dron de vigilancia de última generación, y llevaba cuatro minutos grabando desde el momento en que el portal había abierto sobre Times Square. No tenía instrucciones específicas para un evento de esta naturaleza, porque nadie había pensado que las necesitaría.

Arriba, en la sala de situaciones de la Torre de los Vengadores, FRIDAY habló.

—Señor Stark. Hay algo en el cruce de la Cuarenta y Dos con Broadway que creo que querría ver.

Tony Stark estaba en ese momento con los pies sobre la mesa, una taza de café en la mano izquierda, y en la mano derecha un holograma que rotaba lentamente y que representaba el problema de ingeniería que había estado ocupando su atención durante los últimos seis días. Tenía el pelo revuelto del tipo que indica trabajo nocturno, y los ojos de quien lleva seis horas en la misma habitación sin ventanas.

—Estoy ocupado —dijo.

—Lo sé —dijo FRIDAY, que tenía el tono de una asistente inteligente que ha aprendido que su jefe dice esto aproximadamente setenta y tres veces al día y que en el cuarenta por ciento de los casos no lo dice en serio—. Aun así creo que querrá verlo.

La pantalla principal de la sala de situaciones parpadeó. La imagen del holograma de ingeniería fue reemplazada por la grabación del dron: Times Square, el portal que ya se estaba cerrando, el caballo, el hombre gordo sobre el taxi, el caballero que descendía de pie sobre el asfalto.

Tony bajó los pies de la mesa.

Puso la taza de café.

Vio los dieciséis segundos de la refriega con los tres agentes. Vio a Sancho persignarse. Vio a Rocinante morder el adorno del coche de policía. Vio al caballero bajar la lanza y ofrecer sus bendiciones a los agentes caídos con la serenidad de quien acaba de hacer exactamente lo que se esperaba de él.

Pasó un momento.

—Reproduce desde el principio —dijo.

—¿Cuántas veces?

—Las que haga falta.

FRIDAY reprodujo desde el principio.

Tony Stark se quedó mirando la pantalla con la expresión del hombre que acaba de ver algo que no encaja en ninguna de las categorías que tiene, que son muchas y están muy bien ordenadas. Sus dedos tamborilearon una vez sobre la mesa. Luego otra. Luego se detuvieron.

—El portal —dijo—. ¿Tienes datos de energía?

—Los tengo. La firma energética no corresponde a ninguna tecnología conocida. No es asgardiana, no es chitauri, no es kree. No coincide con nada en la base de datos.

—¿Y el armamento?

—Una lanza de madera con punta de hierro, aproximadamente del siglo dieciséis. Ningún otro armamento identificado.

—¿Y el caballo?

—Un caballo —confirmó FRIDAY.

—Un caballo —repitió Tony.

Hubo otro silencio.

—¿Cuántas visualizaciones tiene esto ya? —preguntó Tony, señalando la pantalla.

—En el momento de esta consulta, tres millones cuatrocientas mil. La cifra sube a un ritmo de aproximadamente doscientas mil por minuto.

Tony se puso de pie, cogió la chaqueta que estaba doblada sobre el respaldo de la silla, y dijo:

—Contened la anomalía. Con cuidado. El que le ponga una mano encima de manera innecesaria responde ante mí.

—¿Y el caballo?

—También.

Abajo, en Times Square, había llegado ya un cuarto agente y una furgoneta de la policía, y Sancho estaba de pie frente al sargento de mayor rango con los brazos extendidos, los ojos muy abiertos, y la expresión de quien sabe que va a salir de esta situación a base de palabras porque no tiene ninguna otra cosa con qué salir.

—Señor sargento, o comendador, o como deba llamarle —estaba diciendo Sancho en un español que el sargento, que era de Brooklyn y hablaba un inglés perfecto y un español funcional, seguía con cierta dificultad—, lo que le digo es la verdad pura y sin adorno, que es que yo soy Sancho Panza, escudero del señor Don Quijote de la Mancha que está ahí, y que hemos llegado a esta ciudad a través de eso que estaba en el cielo, que yo no le puedo decir qué era porque no lo sé, y que no tenemos papeles porque de donde venimos los papeles son cosa de los notarios y los notarios son cosa de los ricos, y que yo lo único que le pido es un poco de consideración y quizás indicaciones para llegar a algún lugar donde podamos dormir, que llevamos mucho tiempo viajando.

El sargento lo miró durante un momento largo.

—¿No tienes ningún documento? ¿Ninguno?

—Tengo esto —dijo Sancho, y sacó del zurrón que llevaba al hombro un papel doblado cuatro veces que resultó ser una hoja arrancada de un libro, con texto en castellano antiguo y la ilustración de un caballero a caballo en la esquina superior izquierda.

El sargento lo miró.

—Esto es una página de un libro.

—Sí, señor. Pero es un libro muy bueno.

—¿Un libro muy bueno.

—De los mejores que se han escrito. O eso dice mi amo, que ha leído más libros que años tiene y eso en él son muchos libros. Dice que como ese libro no hay otro en el mundo.

El sargento dobló la página con cuidado, por alguna razón que él mismo habría sido incapaz de explicar, y se la devolvió a Sancho.

—Quédatela —dijo.

—Gracias, señor sargento. —Sancho la guardó en el zurrón—. Hay un refrán que dice que más vale pájaro en mano que ciento volando, y aunque en este caso la página sea el pájaro, le aseguro que es un pájaro con mucho plumaje.

El sargento miró a su alrededor. Los tres agentes que había derribado el caballero estaban de pie, sin heridas visibles, comparando notas en voz baja con la expresión de quien ha vivido algo que todavía no ha procesado del todo. Don Quijote estaba junto a Rocinante, de espaldas a la policía, observando los rascacielos con las manos cruzadas a la espalda y una actitud de contemplación filosófica tan absoluta que resultaba difícil recordar que hacía tres minutos había usado una lanza con eficacia considerable.

El sargento se rascó la nuca bajo el sombrero.

—¿Me está diciendo que ese señor derribó a tres de mis hombres con una vara de madera?

—Con mucho respeto y sin querer hacerles daño, señor. Mi amo no es hombre violento. Es que tiene unas ideas muy firmes sobre el honor y a veces las ideas firmes necesitan algo de espacio.

El sargento miró la grabación que un agente más joven le estaba mostrando en el teléfono. Miró a Don Quijote. Miró a Rocinante, que en ese momento estaba siendo filmado por un turista que lloraba de emoción sin saber muy bien por qué. Miró el cielo donde ya no quedaba ningún rastro del portal, solo el azul pálido de octubre y el humo perpetuo de la ciudad.

—¿Y el caballo? —preguntó el sargento.

—El caballo se llama Rocinante —dijo Sancho— y es el más noble y sufrido de los animales que han pisado la tierra. Un poco flaco, sí, pero eso es porque come lo que le da el tiempo.

En ese momento el dron de S.H.I.E.L.D., invisible y silencioso, giró sus cámaras una última vez y captó a Don Quijote de la Mancha de pie en medio de Times Square, con la lanza apuntando hacia el cielo gris de Manhattan, los ojos cerrados, los labios moviéndose en algo que podría haber sido una oración o podría haber sido la dedicatoria de una aventura.

El vídeo tenía ya cinco millones de visualizaciones.

Y Tony Stark estaba en camino.

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