Chapter 1: The Yellow Butterflies of Rodrigo Baraján's Last Hunt

El rey Rodrigo Baraján murió un martes, como habían muerto todos los hombres importantes de su linaje desde hacía cuatro generaciones, con la particularidad de que ninguno de ellos lo había planeado así. El jabalí que lo mató era una bestia de trescientas libras con los colmillos manchados de barro del río Seco, y tardó menos de un instante en encontrar el espacio entre la cota de malla y el muslo izquierdo del rey, ese espacio pequeño y mal calculado que los armeros de la corte llevarían décadas culpándose mutuamente de haber dejado. Los que estaban presentes en la cacería dijeron después, con la consistencia que adquieren los recuerdos cuando la historia los necesita coherentes, que el rey no gritó. Que simplemente se dobló sobre la silla de montar con la expresión de un hombre que acaba de recordar algo importante que dejó sin hacer, y que el jabalí siguió corriendo hacia el monte como si lo que acababa de ocurrir no fuera más que una inconveniencia menor en su agenda del día.

Fue en ese preciso momento, mientras la sangre del rey Rodrigo empezaba a teñir de rojo oscuro la hojarasca de octubre, cuando en todo el continente de Vestara comenzaron a caer las mariposas amarillas.

No caían hacia abajo, que era la dirección que las mariposas habían preferido desde el principio de los tiempos cuando la gravedad y los insectos llegaron a su acuerdo tácito sobre el funcionamiento del mundo. Caían hacia arriba, lentas y deliberadas como copos de nieve que hubieran decidido explorar otras posibilidades, suspendidas en el aire con la determinación tranquila de algo que ha recibido instrucciones específicas y no tiene la menor intención de desobedecerlas. Las hubo en los puertos del sur, donde los marineros las miraron desde las cubiertas de sus barcos con la expresión de hombres que han visto suficientes presagios malos para reconocer uno nuevo. Las hubo en los mercados de Castamarre, donde los vendedores de especias interrumpieron sus transacciones a mitad de frase y se quedaron inmóviles con las pesas en la mano. Las hubo en los campos de trigo del Llano Central, donde los labradores se quitaron los sombreros con un respeto instintivo que no habrían sabido explicar. Y las hubo, naturalmente, en el norte, donde el frío ya olía a hierro mojado y a algo más antiguo que el hierro, en ese territorio gris y lacónico que los mapas de la corte identificaban como Piedrafría y que sus habitantes simplemente llamaban aquí arriba, con la economía verbal de los que nunca han necesitado distinguirse de ningún otro lugar porque ningún otro lugar ha querido nunca parecérseles.

Edmundo Solano, Señor de Piedrafría, estaba inspeccionando el estado del puente norte cuando llegaron las mariposas y llegó, tres horas después, el mensajero.

El puente era un asunto que llevaba cuatro años reclamando su atención con la insistencia goteante de los problemas que no matan a nadie pero tampoco se van solos. Dos de sus pilares centrales habían empezado a inclinarse hacia el este con una lentitud tan íntima que los ingenieros locales llevaban meses discutiendo si lo que veían era un defecto estructural o simplemente la forma que tenía el puente de mirar hacia otro lado. Edmundo caminaba sobre él con las manos detrás de la espalda, sintiendo bajo las botas la textura ligeramente porosa de la piedra vieja, escuchando cómo el viento del norte convertía en música de cámara sus propias grietas, cuando la primera mariposa pasó junto a su oído derecho moviéndose en la dirección equivocada.

La miró. Miró hacia arriba, donde ya había una docena más, amarillas como la yema de huevo, amarillas como el centro de ciertas flores que solo crecían en los valles meridionales donde él nunca había vivido. Se quedó quieto con la misma atención con que leía el cielo antes de una tormenta, esa atención que había aprendido de su padre y su padre del suyo y así hacia atrás en el tiempo hasta algún Solano primitivo que había descubierto que el mundo tenía la costumbre de avisarte de sus intenciones si aprendías a no hablar sobre las tuyas.

Las mariposas seguían subiendo. El viento del norte las empujaba en espirales lentas.

Edmundo tenía cincuenta y dos años, el pelo color de la piedra que daba nombre a su señorío, y una cara que los poetas de la corte meridional habrían descrito como austera si hubieran querido ser amables, o como difícil si hubieran querido ser precisos. Era un hombre que había gobernado durante treinta años el trozo más frío e ingrato del reino con la convicción tranquila de que el deber no requería ser agradable para ser real, y que había mantenido una amistad con el rey Rodrigo Baraján desde los tiempos en que ambos eran jóvenes lo suficientemente necios como para creer que la honestidad y la política podían coexistir en el mismo reino sin que una de las dos terminara enterrada. El rey le escribía tres veces al año, cartas largas y personales que olían siempre un poco a la resina de pino de los bosques reales, donde describía con una melancolía cada vez menos disimulada las maniobras de los nobles de la corte como si estuviera narrando los movimientos de una enfermedad que había aprendido a administrar pero no a curar. Edmundo le respondía con la misma regularidad y con la misma honestidad que ponía en todo, que era la clase de honestidad que en el norte se consideraba un rasgo de carácter y en el sur se consideraba una forma de agresión pasiva.

La última carta del rey había llegado hacía seis semanas. Olía a resina de pino y a algo más, algo que Edmundo había identificado sin querer como el olor específico de un hombre que ha empezado a despedirse sin darse cuenta todavía de que eso es lo que está haciendo.

El mensajero llegó al galope cuando las mariposas llevaban ya dos horas subiendo y el sol de octubre había empezado su descenso habitual con la indiferencia de los cuerpos celestes hacia los asuntos humanos. Era un hombre joven con el escudo de la corona en el pecho y el caballo de color canela oscura cubierto de una espuma que llevaba horas acumulándose. Bajó de la silla antes de que el animal terminara de detenerse, con esa urgencia de los mensajeros que han recibido instrucciones de moverse como si el tiempo mismo dependiera de su velocidad, y se arrodilló en el barro frío del camino del puente con la carta sellada extendida ante él como una ofrenda.

Edmundo la tomó sin hablar. Rompió el sello con el pulgar, ese sello de cera roja que durante treinta años había significado exactamente lo que debía significar y que ahora, supuso antes de leer una sola palabra, había empezado a significar otra cosa. Leyó. El río bajo el puente sonaba como siempre, con su conversación perpetua sobre piedras y tiempo. Las mariposas seguían su ascensión amarilla contra el cielo que se volvía naranja en el horizonte.

La carta era breve, como son breves las cosas que no pueden permitirse rodeos. El rey Rodrigo Baraján había muerto esa mañana en la cacería del Bosque de Olmeda. Los príncipes, en su minoría de edad, requerían una Mano del Rey de probada lealtad y honor inquebrantable. La reina Circe Baraján, en nombre del consejo, convocaba a Edmundo Solano a la capital con toda la celeridad que le permitieran los caminos del norte.

La leyó dos veces, no porque no la hubiera entendido a la primera sino porque era el tipo de carta que merece la cortesía de ser leída dos veces. Luego la dobló con el mismo cuidado meticuloso con que lo hacía todo, y miró de nuevo hacia arriba, donde las mariposas continuaban su proceso ascendente con la paciencia de los mensajeros que saben que su misión no necesita que ellos la entiendan, solo que la cumplan.

El mensajero seguía arrodillado en el barro. Edmundo reparó en él con una ligera incomodidad, la misma que siempre sentía cuando la situación exigía que otra persona se pusiera de rodillas en su presencia.

Levántate, dijo. Y come algo antes de que te caes del caballo.

El muchacho levantó la vista con una expresión que mezclaba el alivio y la sorpresa de quien esperaba otro tipo de recepción. Se puso de pie con las rodillas manchadas de barro gris, ese barro específico del norte que tenía la consistencia del tiempo acumulado y nunca terminaba de secarse del todo.

¿Hay respuesta, señor?

Dile a la reina que partiré mañana al alba, dijo Edmundo, y regresó su mirada hacia el río, que seguía hablando de sus cosas sin participar en los asuntos del reino.

Esa noche, en la sala principal del castillo de Piedrafría donde el fuego nunca conseguía calentar del todo las piedras del muro norte, Edmundo cenó solo con la austeridad habitual y luego se quedó sentado ante la chimenea un tiempo que podría haber sido una hora o podría haber sido tres. El castillo hacía sus ruidos nocturnos, esos crujidos y suspiros que en el norte tenían la virtud añadida de ser, a veces, literalmente conversaciones. Porque en Piedrafría los muertos tenían la costumbre —conocida, aceptada, administrada con la pragmática resignación de quien convive con cualquier particularidad climática— de regresar de vez en cuando a terminar los asuntos que habían dejado pendientes. No era frecuente, no era dramático, no era el tipo de aparición que los poetas del sur imaginaban cuando escribían sobre espectros. Era más parecido a encontrar a un vecino en el mercado cuando creías que estaba de viaje: una coincidencia levemente incómoda que se resolvía con educación y se olvidaba a la semana siguiente.

El padre de Edmundo había muerto veinte años atrás con una disputa de linderos sin resolver, y durante los seis meses siguientes había aparecido en el estudio de su hijo con la misma puntualidad fastidiosa que había aplicado en vida a todas sus obligaciones, hasta que el asunto de los linderos quedó finalmente registrado en los archivos del señorío con la precisión que exigía y pudo irse en paz. La madre de Edmundo, mujer de pocas palabras incluso en vida, había regresado una sola vez para decirle que el frío de ese invierno iba a ser particular y que no se olvidara de revisar las reservas de leña, y no había vuelto a aparecer, lo cual Edmundo interpretó como el gesto más expresivo que ella había hecho nunca.

Esa noche, mientras el fuego digería los últimos troncos de la tarde, esperó sin saber bien qué esperaba. El castillo crujió. El viento del norte pasó entre las almenas con su silbido de siempre. Nada regresó.

Lo que sí llegó, bien entrada la noche, fue Pelayo Manco, su mayordomo desde hacía dieciocho años, un hombre que había perdido la mano izquierda en una escaramuza fronteriza tan menor que ni los historiadores locales se habían molestado en registrarla, y que administraba el castillo con una eficiencia que Edmundo había aprendido a no cuestionar después de la segunda semana. Pelayo se plantó en el umbral con la lámpara en la mano buena y la expresión de alguien que tiene algo que decir y está calculando el ángulo de ataque.

¿Es verdad lo del rey? preguntó.

Es verdad.

Pelayo asintió despacio, como si estuviera acomodando la noticia en el lugar apropiado dentro de un almacén interior muy ordenado. ¿Y es verdad lo de las mariposas?

También.

El mayordomo miró hacia la ventana, donde el frío de la noche había depositado ya su capa de escarcha en el cristal, dibujando los mapas intrincados que el frío del norte dibujaba cada año como si tuviera la esperanza de que alguien los leyera correctamente alguna vez. No dijo nada durante un momento que se extendió con la comodidad de dos hombres acostumbrados al silencio productivo.

¿Cuándo parte?, preguntó por fin.

Al alba.

Pelayo volvió a asentir. Revisaré las provisiones.

No se fue todavía. Permaneció en el umbral con esa quietud particular de los hombres norteños que tienen algo más que decir y están decidiendo si lo dicen, proceso que en Piedrafría podía durar desde varios segundos hasta varios años dependiendo de la gravedad del asunto.

La helada dice que va a nevar antes de que llegue a los primeros desfiladeros, dijo al fin, con el tono levemente acusatorio que usaba cuando el clima desafiaba los planes de su señor.

Ya lo sé.

Los caminos del sur van a estar fangosos.

Ya lo sé también.

Pelayo levantó la lámpara ligeramente, como si quisiera leer mejor la cara de Edmundo o como si la luz le hubiera parecido de repente insuficiente para la importancia del momento. ¿Regresará?, preguntó, y en la pregunta había algo que no era exactamente miedo pero que era pariente cercano del miedo, esa inquietud específica de los que se quedan cuando el señor se marcha hacia un lugar que huele a no regreso.

Edmundo consideró la pregunta con la honestidad que consideraba todo. Las mariposas habían seguido subiendo durante tres horas después del ocaso, hasta que la oscuridad las volvió invisibles pero no las detuvo, porque el frío de la noche traía consigo el rumor suave y constante de sus alas, un sonido como el de páginas pasadas en un libro muy grande.

Claro que sí, dijo Edmundo, que era el tipo de mentira que uno debe a las personas que dependen de uno y que no por ser mentira es completamente falsa, porque el futuro, incluso el futuro que ya ha tomado sus decisiones, tiene la generosidad ocasional de equivocarse.

Pelayo se retiró. Edmundo se quedó mirando el fuego que agonizaba.

Afuera, en el cementerio que quedaba a doscientos pasos del muro este del castillo, los muertos de Piedrafría dormían su sueño habitual en la tierra que llevaba cuatro generaciones siendo suya. No se movieron esa noche, no crujieron, no susurraron en el filo del viento las conversaciones inconclusas que eventualmente los devolverían a caminar entre los vivos. Pero algo en la temperatura de la tierra, algo tan sutil que ningún ser vivo habría podido nombrarlo, cambió muy levemente alrededor de la medianoche, como si el suelo mismo estuviera acomodándose en su posición, preparándose para algo que tardaría en llegar pero que ya había sido acordado.

Al amanecer, Edmundo Solano bajó al patio donde Pelayo lo esperaba con su caballo ensillado y las alforjas llenas con la provisión exacta de lo necesario y nada más, que era la medida que Piedrafría aplicaba a todas las cosas. El cielo sobre el norte era del color específico que tiene el cielo cuando ha nevado durante la noche sobre las cumbres y está considerando extender su ambición hacia los valles. El frío tenía esa textura de cristal fino que los norteños describían como el frío honesto, el que te dice exactamente lo que es sin adornos ni promesas.

Edmundo montó. Miró una vez hacia el castillo, esa estructura de piedra gris que llevaba doscientos años siendo la misma declaración de principios en el paisaje, y luego miró los campos que se extendían hacia el camino sur con su cubierta de escarcha matinal. En algún lugar sobre su cabeza, aunque ya no podían verse con la luz plomiza del amanecer, las mariposas seguían subiendo.

Cabalgó hacia el sur con el ritmo pausado y deliberado de alguien que sabe que la distancia que le queda por recorrer es la misma llegue cuando llegue, y que apresurarse solo sirve para llegar antes a los sitios que uno debería tomarse más tiempo en no alcanzar. Los primeros copos de nieve empezaron a caer cuando llevaba dos horas de camino, con esa indiferencia suave de la nieve que cae sobre cosas importantes y cosas sin importancia con exactamente la misma cortesía.

El camino se estrechaba hacia el sur. Los árboles del Bosque de los Gorriones flanqueaban la ruta con sus ramas desnudas de octubre señalando hacia el cielo en la misma dirección que las mariposas, como si el bosque también hubiera tomado partido. Edmundo no aceleró el paso. Conocía el camino a la capital, lo había recorrido tres veces en treinta años, siempre con la sensación de entrar en un mundo que operaba con una física levemente diferente a la del norte, donde las cosas pesaban de manera distinta y los colores eran más brillantes pero también, de alguna forma que él nunca había sabido articular del todo, menos reales.

Pensó en Rodrigo Baraján, en la última vez que se habían visto en persona, hacía cuatro años, cuando el rey había venido al norte con la excusa de una cacería que ambos sabían que era en realidad una conversación que ninguno de los dos quería tener en la capital. Habían cabalgado durante dos días por los bosques de Piedrafría hablando de las cosas de que hablan los hombres cuando no quieren hablar de las cosas importantes, y en el último atardecer, sentados ante un fuego de campaña que olía a resina y a pino mojado, el rey había dicho, con esa manera suya de decir las cosas graves como si fueran observaciones sobre el tiempo, que la corte se le escapaba entre los dedos igual que se escapa el agua, que cuanto más intentaba sostenerla más rápido se iba.

Edmundo le había respondido lo que siempre le respondía, que la corte tenía sus propias leyes y que el rey debería gobernarla con las mismas o renunciar a gobernarla del todo. El rey le había mirado con esa expresión que significaba que Edmundo tenía razón y que esa razón era completamente inútil en el contexto de las cosas reales, y habían terminado la noche hablando del precio del trigo en el Llano Central.

Ahora Rodrigo Baraján estaba muerto y el precio del trigo seguía siendo el que era y las mariposas amarillas seguían subiendo hacia un destino que el cielo se negaba a revelar.

Edmundo cruzó la primera aldea del camino sur a media mañana, un conjunto de doce casas agrupadas alrededor de un pozo con la solidaridad de las cosas que saben que el frío prefiere a los que están solos. Los aldeanos salieron a mirarlo pasar con la quietud atenta de los norteños ante los eventos que no entienden pero que reconocen como importantes. Una mujer vieja con un delantal manchado de harina lo miró desde el umbral de su casa con una expresión que contenía algo más que curiosidad, algo que Edmundo identificó tardíamente, cuando ya había dejado la aldea atrás, como condolencias.

Seguía cabalgando hacia el sur cuando el sol alcanzó su punto más alto en ese cielo de octubre que prometía frío y cumplía sin excepciones. En el bolsillo interior de su capa, la carta de convocatoria se había calentado con el calor de su cuerpo hasta alcanzar la temperatura de las cosas que uno carga sin querer cargar. Edmundo no la volvió a tocar. No necesitaba releerla. La había memorizado en la segunda lectura con esa memoria suya para los documentos que en treinta años de gobierno había resultado tan útil y tan absolutamente insuficiente para los propósitos que la capital iba a exigirle.

Los primeros desfiladeros del camino meridional aparecieron en el horizonte al caer la tarde, esas formaciones de roca gris que marcaban el límite entre el norte que él conocía y el resto del reino que él gestionaba desde la distancia prudente de quien sabe que ciertas cosas es mejor entenderlas sin vivirlas. Nevaba levemente sobre las cumbres. El viento había girado al noreste.

Edmundo Solano, Señor de Piedrafría, Mano del Rey recién nombrada de un reino que ya había decidido lo que iba a hacer con él, caballó hacia los desfiladeros con la misma cara con que había gobernado durante treinta años, con que había firmado sentencias y levantado cosechas y enterrado a sus muertos y escrito cartas al rey sobre el precio del trigo. Una cara que no era valiente exactamente, porque el valor implica la consciencia del miedo y lo que Edmundo sentía no era miedo sino algo más tranquilo y más irrevocable, la certeza del hombre que ha leído correctamente el tiempo toda su vida y sabe cuándo viene una tormenta que no tiene intención de evitar a nadie.

Detrás de él, sobre los tejados y los campos y los cementerios de Piedrafría, las mariposas amarillas continuaban su ascensión imposible, lentas y deliberadas y absolutamente indiferentes a la dirección que el mundo llevaba esperando que tomaran.

Like this novel?

Create your own AI-powered novel for free

Get Started Free