El rey llegó en el peor mes del año, cuando el viento del norte viene cargado de cristales de hielo tan pequeños que se meten entre los pliegues de la piel como una maldición susurrada, y los caballos de cualquier hombre sensato permanecen en el establo con las mantas puestas y los ojos cerrados. Llegó con cuarenta jinetes, los estandartes del sol negro de los Morante crujiendo en el frío como pergamino viejo, y fue el sonido de esas telas lo primero que escucharon los perros de Rodrigo Altamira antes de que la columna doblara el último recodo del camino que serpentea entre los pinos helados hasta las puertas de la fortaleza. Los perros, que eran siete y tenían la costumbre de recibir a cualquier visitante con el mismo entusiasmo indiscriminado con que reciben la hora de la cena, guardaron silencio. Se reunieron en el umbral de la gran puerta de roble y miraron venir a los jinetes del rey con las cabezas bajas y los rabos quietos, y ninguno de ellos cruzó el umbral aquella tarde, aunque los llamaron por sus nombres y les ofrecieron hueso.
Rodrigo Altamira lo observó todo desde la galería alta que da al patio de entrada, con las manos apoyadas en la piedra cubierta de escarcha y el aliento formando pequeñas nubes que el viento se llevaba hacia el sur antes de que terminaran de formarse. Llevaba treinta y dos años siendo señor de esas tierras, treinta y dos inviernos leyendo el comportamiento del viento y de los animales como un texto del que la tierra misma era autora, y el silencio de los perros lo registró en algún lugar del pecho donde se guardan las cosas que uno prefiere no examinar demasiado de cerca.
Los perros siguieron en el umbral mucho tiempo después de que los caballos del rey entraran al patio y sus herraduras levantaran chispas sobre las piedras negras del suelo.
Sebastián Morante era un hombre de cuarenta años que llevaba la corona con la incomodidad discreta de quien ha aprendido a no rascarse en público. Era alto y tenía la misma mandíbula cuadrada que la moneda, aunque en persona la mandíbula parecía más una carga que un rasgo heráldico. Se apeó del caballo con la soltura de quien ha pasado muchos días sobre una silla, entregó las riendas a uno de los palafreneros de Rodrigo sin mirar al hombre, y levantó la vista hacia la galería donde su anfitrión todavía no había decidido si bajar.
Rodrigo bajó. Tenía cincuenta y ocho años y el cabello completamente blanco desde los cuarenta, cuando una tormenta de tres días lo sorprendió solo en la montaña y bajó convertido en el hombre que sus hijos conocerían toda su vida: más tranquilo, más lento, con los ojos del color del hielo que ha estado quieto mucho tiempo. Estrechó la mano del rey en el patio porque en el norte de Valdoria los señores y sus huéspedes se saludan de igual a igual, con independencia de lo que digan las crónicas sobre la posición de las rodillas. El rey se lo permitió, lo cual no era un gesto menor.
Adentro, donde el fuego de los cuatro hogares de la sala principal competía apenas con el frío que se filtraba por las grietas de la piedra, la cocinera principal había dispuesto la mesa con lo que el invierno permite: carne salada, pan de centeno, queso de oveja y el aguardiente de enebro que los Altamira destilaban desde hacía generaciones y que abría el estómago como si uno hubiera tragado un pedazo del sol. El rey bebió sin hacer comentario sobre el aguardiente, lo cual Rodrigo interpretó correctamente como un signo de respeto, aunque también podría haber sido señal de que el rey tenía el paladar embotado por preocupaciones más urgentes que el sabor de las cosas.
Fue durante la segunda copa cuando Sebastián Morante dijo, sin preámbulo, que necesitaba a Rodrigo Altamira como Mano del Reino.
La sala tenía el olor de todos los inviernos anteriores, pino y ceniza y el cuero húmedo de los abrigos colgados junto a la puerta, y sobre ese fondo llegó la propuesta del rey como llega cualquier cosa que va a cambiar la vida de alguien: sin música, sin señales previas, en el momento más ordinario del día. Rodrigo dejó la copa sobre la mesa. Miró el fuego un instante, el tiempo exacto que le tomó comprender que la respuesta que daría esa noche ya estaba tomada desde antes de que él la pensara, escrita en algún lugar de su carácter con la misma tinta irrevocable con que las montañas del norte escriben su propia permanencia.
El último Mano del Reino había muerto de una fiebre conveniente cuatro meses atrás. Así se decía en el norte: fiebres convenientes, silencios oportunos, caídas accidentales desde terrazas bien iluminadas. Rodrigo Altamira era el señor más antiguo de Valdoria que conservaba todos sus dientes y todas sus tierras, lo cual en la política del reino equivalía a llevar treinta años sin pisarle los dedos a nadie de importancia, o a haberlos pisado con tan buena intención que los pisados lo habían perdonado antes de terminar de quejarse. En el norte se le llamaba, sin ironía, el señor que ni sus perros engañan. Sus perros, que habían saludado a quinientos visitantes a lo largo de los años con el mismo ardor democrático, nunca habían silenciado para ninguno. Hasta esa tarde.
El rey esperaba con la paciencia de quien sabe que la respuesta va a ser afirmativa.
Rodrigo alzó la vista del fuego y dijo que sí.
Dijo que sí porque era la Mano del Reino y el reino lo necesitaba, porque la idea del deber tenía en él la misma forma irrenunciable que tiene la columna vertebral, porque treinta y dos años de gobierno honesto en el lugar más inhóspito de Valdoria le habían enseñado que la rectitud era una forma de resistencia y que la resistencia era, en última instancia, lo único que los muertos de su familia le habían pedido que sostuviera. Dijo que sí sin preguntar por qué había muerto el Mano anterior. Esa omisión, que en otro hombre habría sido cobardía, en Rodrigo era simplemente la consecuencia de no saber todavía que algunas preguntas no dejan de hacerse eco una vez que uno las formula en voz alta.
Los perros no entraron esa noche a calentarse junto al fuego. Durmieron en el umbral con el frío encima, como centinelas que hubieran decidido que el interior de la casa era, a partir de esa noche, territorio de otro mundo.
En los días que siguieron, la fortaleza se llenó del ruido particular de los preparativos que no tienen vuelta atrás: baúles arrastrados por corredores de piedra, el chillido de las bisagras que nadie ha engrasado porque nadie preveía necesitarlas, las voces de los criados organizando qué va y qué se queda con la lógica caótica de quienes embalan toda una vida en el tiempo que les dicta un rey. Rodrigo supervisó cada detalle con la misma seriedad con que habría supervisado los preparativos de una campaña militar, porque al fondo no le parecía que fueran cosas tan distintas.
Valentina, que tenía veintiséis años y la costumbre de observar el mundo desde los márgenes de cualquier habitación, encontró a su padre una tarde en el estudio revisando los últimos documentos administrativos del señorío que dejaría en manos de un regente. Estaba sentado frente a la ventana con el perfil recortado contra la luz blanca del exterior, y había algo en la postura de sus hombros, un peso nuevo que todavía no había encontrado dónde acomodarse, que Valentina registró sin decir nada. Se quedó en el umbral mirándolo durante el tiempo que tarda una vela en consumir un dedo de cera, y luego se fue tan silenciosamente como había llegado. Años más tarde, cuando la memoria reconstruyera ese momento con la crueldad selectiva que tienen los recuerdos importantes, recordaría principalmente el olor de la habitación: resina de pino, tinta y algo más difícil de nombrar, como el olor que tiene el aire justo antes de que empiece la tormenta que va a durar semanas.
Marcos, el mayor, treinta y dos años y el mismo cabello oscuro que su madre había tenido antes de morir, pasó los días de preparativos moviéndose por la fortaleza con la energía mal encauzada de alguien que siente que debería poder hacer algo y no sabe exactamente qué. Discutió con el regente nombrado por su padre sobre el almacenamiento de grano para el invierno siguiente. Inspeccionó tres veces los establos. Afiló su espada en el patio trasero durante una hora completa una mañana en que no había ninguna razón visible para afilar nada, y cuando terminó examinó el filo con la expresión de un hombre que se ha quedado sin tarea y ha descubierto que la tarea era lo único que separaba su ánimo del abismo. La partida de su padre hacia el sur le parecía razonable y necesaria y absolutamente, irremediablemente equivocada, los tres sentimientos al mismo tiempo, ninguno de ellos suficientemente articulado para ser dicho en voz alta.
Tomás tenía veintidós años y los ojos del color del cielo de invierno, ese gris pálido sin profundidad aparente que los del norte llaman el cielo ciego, y eran ojos que no veían porque Tomás Altamira había nacido sin la facultad de la vista, cosa que en el norte se consideraba o bien un castigo o bien una forma especial de claridad, según quién lo dijera y en qué circunstancia. Tomás pasó los días de preparativos en el lugar que lo encontraba siempre que la fortaleza se llenaba de ruido: en el patio norte, el más pequeño y el más olvidado, donde el viento tenía un sonido diferente porque venía directamente del hielo eterno sin pasar por nada que lo suavizara. Se sentaba con la espalda contra la piedra y escuchaba. Los que lo conocían sabían que el silencio de Tomás no era el silencio del que no tiene nada que decir. Era el silencio del que está escuchando algo que los demás no alcanzan a oír.
La noche antes de partir, cuando el rey y su retinue ya dormían en los cuartos de huéspedes y la fortaleza había reducido su ruido al mínimo esencial, Tomás encontró a su padre en el patio norte.
Rodrigo no preguntó cómo lo había encontrado.
Estuvieron en silencio los dos un rato largo, con el frío entre ellos como un tercer personaje, hasta que Tomás dijo, con la misma naturalidad con que uno anuncia el tiempo que va a hacer: que los muros de la fortaleza habían estado diciendo un nombre toda la semana. Un nombre que él no reconocía. Lo decían en el tono, añadió, que tienen las cosas cuando llevan mucho tiempo esperando ser escuchadas.
Rodrigo preguntó cuál era el nombre.
Tomás dijo que no lo sabía todavía. Que era como escuchar una palabra en un idioma que uno está empezando a aprender: la forma estaba clara, el significado todavía no.
Su padre puso la mano en su hombro durante un momento y luego la retiró, y ninguno de los dos dijo nada más. El viento del norte seguía llegando sin obstáculos, sin suavizarse.
Partieron al amanecer con el sol rozando apenas el horizonte sur, el único horizonte por el que los soles del norte tienen la cortesía de asomarse en enero. La procesión se organizó con la eficiencia triste de los comienzos que ya se saben finales: primero los jinetes del rey, luego el carruaje donde viajaban los tres hijos de Rodrigo y los baúles indispensables, luego el propio Rodrigo a caballo con la espalda muy recta y los ojos fijos en el sur como si ya hubiera tomado la decisión de no volver la vista, y por último los criados y el equipaje sobrante en carretas que crujían sobre el camino helado.
Los perros los acompañaron hasta el borde de las tierras de la fortaleza, que estaba señalado por una hilera de piedras pintadas de blanco que los Altamira habían puesto hacía generaciones para que nadie, ni en la tormenta más ciega del invierno, perdiera de vista dónde empezaban sus tierras y dónde terminaban. Los perros se detuvieron en esa línea sin que nadie se los pidiera, y desde allí miraron alejarse la procesión con esa clase de quietud que tienen los animales cuando han comprendido algo que los humanos todavía están procesando.
El camino hacia el sur cruzaba primero los bosques de pino negro que crecen tan juntos que el aire entre ellos tiene un olor verde y espeso como una cosa viva, y la procesión avanzó entre ellos durante horas con ese perfume de resina adhiriéndose a la ropa y al cabello de todos los que marchaban, un olor que los hijos de Rodrigo asociarían siempre con ese día aunque vivieran hasta viejos, que algunos de ellos no vivirían. Después de los pinos venía el valle donde el río Altamira se congela en noviembre y no se descongela hasta abril, y ese día estaba congelado y blanco y silencioso como una ausencia.
Fue al cruzar el valle donde el suelo empezó a crujir.
No era el sonido normal del hielo contrayéndose con el frío, que los del norte conocen bien y saben distinguir del silencio que lo rodea. Era otra cosa: una serie de fracturas que avanzaban desde las herraduras de los caballos en líneas irregulares sobre la superficie congelada, líneas que se bifurcaban y se cruzaban y se extendían hacia los bordes del valle con una geometría que no era la geometría casual del hielo sino algo más parecido a la geometría de los mapas, esas líneas que los cartógrafos trazan para mostrar los ríos y los caminos y las fronteras entre las tierras de los vivos y los territorios de lo que no tiene nombre todavía.
Las mujeres del valle, que estaban lavando lo que el invierno permite lavar en la orilla poco congelada del río, dejaron de lavar y miraron. Luego miraron entre ellas. Una de las más viejas se agachó y puso la mano en el suelo como si quisiera leer el texto de esas fracturas con las yemas de los dedos, y cuando se incorporó tenía en la cara la expresión que tienen las personas cuando han entendido algo que habrían preferido no entender.
Años después, cuando los historiadores que sobrevivirían a todo lo que aún no había ocurrido se sentaran a escribir el principio de la historia, esas mujeres dirían que las grietas en el hielo del valle de Altamira formaban, con una exactitud que daba miedo, el mapa de todas las batallas que vendrían. Los cruces de las líneas eran los campos de batalla. Las líneas más largas eran los caminos de los ejércitos. El punto donde todas convergían, en el centro exacto del valle donde el hielo era más grueso y más antiguo, era un lugar que ninguna de ellas supo nombrar en ese momento, aunque todas dijeron después que lo habían reconocido cuando lo vieron.
La procesión siguió avanzando hacia el sur, dejando atrás el mapa que el frío había escrito, y el viento cerró sobre las grietas la nieve nueva que había estado cayendo en silencio toda la mañana, y en pocas horas no quedó nada visible de lo que la tierra había querido decir.
Los perros, en el límite de las tierras de la fortaleza, esperaron hasta que el último ruido de las carretas se perdió en la distancia. Luego volvieron adentro, uno por uno, y se tumbaron junto a los hogares apagados con la paciencia de los que esperan algo que no tiene prisa en llegar.