Chapter 1: The Man Who Read Too Many Holocrons

En un rincón de la galaxia cuyo nombre prefiero no recordar —pues los archivos holográficos de donde extraje esta historia estaban parcialmente corrompidos por humedad cósmica y, según sospecho, por el vino barato de algún archivero anterior— vivía no hace mucho tiempo un hombre de esos que tienen en su hangar una nave desvencijada, una lanza oxidada, un escudo abolido y un perro galgo flaco. La olla de su cocina contenía más deudas que legumbres, el saldo de su cuenta bancaria era un número negativo de admirable simetría, y su nombre era Alonso Quijano Tercero, aunque este detalle del número romano lo añadía él mismo a cualquier documento oficial con una caligrafía que sugería que los Quijano Primero y Segundo habían sido personas de considerable importancia, lo cual era, en el mejor de los casos, una exageración optimista.

Mancha Prime no era un planeta que inspirara poesía en condiciones normales. Era un mundo agrario de segunda categoría en el borde exterior del brazo de Coruscant, famoso por tres cosas: sus tormentas de arena que duraban semanas enteras, su cosecha de granos hidropónicos que nadie quería comprar a precio justo, y la paciencia extraordinaria de sus habitantes, forjada en generaciones de vivir en un lugar que la República recordaba únicamente cuando necesitaba recaudar impuestos. El sol de Mancha Prime era blanco y despiadado. Sus llanuras eran de ese color ocre que sugiere que el planeta lo intentó una vez y después se rindió.

La hacienda de los Quijano se alzaba en el extremo occidental de la capital provincial —si es que se puede llamar capital a una aglomeración de edificios de duracero donde la mitad de los establecimientos comerciales exhibían letreros de SE ARRIENDA con una desesperanza que bordeaba lo artístico— como un recordatorio obstinado de que hubo tiempos mejores. Los muros eran de piedra local y plastiacero, combinación que ningún arquitecto habría elegido voluntariamente pero que el tiempo y la pobreza habían vuelto inevitable. El tejado perdía planchas con cada tormenta y las recuperaba cuando el viento cambiaba. El jardín había decidido hace años gobernarse a sí mismo y lo hacía con una energía anárquica que ningún jardinero se habría atrevido a interrumpir.

Dentro de esta fortaleza del olvido vivía Alonso Quijano con su ama de llaves, la señora Perpetua —mujer de cincuenta años, espalda de soldado y una expresión que sugería haber visto cosas que ningún ser sensible debería ver antes del desayuno—, y su sobrina Antonia, joven de veintitrés años que estudiaba administración de empresas por correspondencia y tenía la esperanza, cada vez más tenue, de que su tío vendiera la hacienda, saldara las deudas y se mudara a algún lugar donde no hubiera hologramas parpadeantes encendidos a todas horas en el sótano.

Pues el sótano era el problema. O más precisamente: lo que el sótano contenía.

Debo detenerme aquí para explicar al lector, con la imparcialidad que me caracteriza como mero compilador de documentos ajenos, cómo había llegado Alonso Quijano Tercero a su estado actual. No fue una caída súbita sino gradual, de esas que ocurren tan despacio que ninguno de los testigos puede señalar el momento exacto en que cruzó la línea, como el agua que va erosionando la roca no con golpes sino con paciencia infinita y sin proponérselo demasiado.

Durante treinta y dos años, Alonso Quijano había trabajado como funcionario de nivel medio en la Oficina de Registro Territorial de la República, tarea que consistía principalmente en sellar documentos, archivar sellos documentados, y asistir a reuniones donde se discutía el procedimiento correcto para archivar y sellar. Era el tipo de labor que confiere a quien la ejerce una comprensión profunda y melancólica de por qué los imperios caen: no por la espada sino por la burocracia, que es una forma más lenta y más segura de lo mismo. Alonso había sido competente, puntual e invisible. La República apenas notó que existía y apenas notó que se había jubilado anticipadamente, proceso este último que ocurrió no porque él lo eligiera sino porque la Oficina de Registro fue reorganizada, reestructurada, externalizada, y finalmente absorbida por una empresa privada que despidió a dos tercios de su personal con una carta holográfica que comenzaba con las palabras Estimado colega, lamentamos informarle y terminaba, ocho párrafos de eufemismos corporativos más tarde, con lo que en términos simples significaba: usted ya no es necesario, que le vaya bien, por favor devuelva su identificador de acceso.

Devolvió el identificador. Regresó a Mancha Prime. Encontró la hacienda familiar en peor estado del que la había dejado, las deudas en mejor estado del que esperaba —es decir, eran deudas de tamaño manejable, no el tipo de deuda que te hace mirar los ríos con consideración especial— y descubrió, en el sótano, la colección de holocrónicos de su abuelo.

Los holocrónicos Jedi son objetos de considerable complejidad técnica y espiritual: pequeños cubos o esferas de cristal y metal que almacenan no solo información sino algo que los ingenieros llaman patrón de resonancia de la Fuerza y que los no ingenieros llaman, simplemente, el alma de quien los creó. Permiten al portador escuchar las enseñanzas de maestros muertos, ver batallas que ocurrieron hace siglos, caminar —en cierto sentido— por los corredores del Templo Jedi que la República había desmantelado, privatizado y convertido en un complejo residencial de lujo hace ya tantas décadas que los jóvenes arquitectos que diseñaron los apartamentos ni siquiera sabían lo que el suelo bajo sus cimientos había sido.

El abuelo de Alonso había sido coleccionista aficionado, hombre de curiosidades históricas y dinero suficiente para satisfacerlas. Su colección no era auténtica en sentido estricto —los verdaderos holocrónicos Jedi eran rarezas de museo, cuando existían— sino copias de distribución clandestina, grabaciones de grabaciones de grabaciones, reproducidas en cristal industrial y vendidas en los mercados negros de Coruscant con la misma pasión y la misma dudosa autenticidad con que en otros tiempos se vendían supuestos fragmentos de la Cruz Verdadera. Pero contenían algo. La voz, aunque degradada por generaciones de copia, seguía siendo reconociblemente humana. Las imágenes, aunque granuladas y azuladas como espectros, seguían mostrando hombres y mujeres que creían en algo con una intensidad que la resolución de imagen no podía borrar del todo.

Alonso Quijano encontró la colección en tres cajones de metal oxidado. Eran noventa y siete unidades, de las cuales cuarenta y tres funcionaban parcialmente, diecisiete funcionaban bien, veintidós no funcionaban en absoluto, y quince presentaban lo que el técnico de reparaciones que consultó describió como daño existencial, término con el que el técnico quería decir que el cristal estaba físicamente intacto pero que lo que salía de él ya no era del todo información y no era del todo silencio, sino algo inquietante en el espacio entre ambos.

Alonso los vio todos. Los que funcionaban y los que funcionaban mal. Escuchó voces que describían el camino de la Fuerza con una sencillez que le resultó devastadoramente hermosa. Vio la Batalla de Geonosis reproducida en miniatura holográfica sobre su mesa de trabajo: los sables de luz —azules, verdes, el rojo amenazante de los adversarios— trazando arcos en la oscuridad como si el universo pudiera ser defendido con luz suficiente y determinación suficiente y fe suficiente en que defender merecía el costo. Vio a Maestros cuyos nombres llevaba décadas leyendo en artículos de historia que nadie más leía. Los vio no como estatuas o conceptos sino como personas cansadas que seguían de pie porque alguien tenía que estarlo.

El primer año los vio con admiración.

El segundo año los vio con devoción.

El tercero comenzó a recitar el Código Jedi antes de dormirse, no como ejercicio de memoria sino como otros recitan una plegaria: porque las palabras sonaban como una promesa que el mundo no había cumplido pero que uno podía seguir eligiendo mantener.

Aquí debo confesar al lector algo que me incomoda como compilador objetivo: no sé con exactitud cuándo Alonso Quijano dejó de ser un hombre que admiraba a los Jedi y se convirtió en un hombre que creía ser uno de ellos. Los documentos que tengo a mi disposición no registran el momento preciso, quizás porque ninguno de los testigos lo presenció o quizás porque ocurrió de noche, solo, en el sótano, entre una reproducción y la siguiente, sin testigos ni fanfarria ni relámpagos dramáticos. La locura genuina, a diferencia de la locura de las historias, rara vez tiene la cortesía de anunciarse.

Lo que sí registran los documentos es lo que ocurrió en el quincuagésimo tercer año de Alonso Quijano, en el tercer mes de la estación seca de Mancha Prime, cuando vendió el último lote de tierra cultivable que le quedaba —cuarenta hectáreas de suelo hidropónico en el sector norte de la hacienda, tasadas por el comprador, un tal señor Palomeque que representaba a una subsidiaria de la Federación de Comercio, en un valor notablemente inferior al real— para comprar una copia de la grabación de la Batalla de Geonosis, última versión, restaurada digitalmente, en soporte cristalino de calidad superior.

La señora Perpetua recibió la noticia con una expresión que habría partido en dos el corazón de un hombre menos absorto en sus pensamientos.

—Las cuarenta hectáreas del norte —dijo, porque a veces repetir un hecho en voz alta es el único recurso que le queda a la razón.

—Restauración digital de alta resolución —respondió Alonso Quijano, sosteniendo la esfera de cristal a la luz como si fuera una reliquia—. Se ven las caras, Perpetua. Las caras de verdad. El Maestro Mace Windu en el momento exacto en que comprende que el Senado los ha abandonado y decide seguir de todas formas.

Perpetua lo miró durante tres segundos completos.

—Voy a preparar la cena —dijo finalmente, porque era lo único que todavía podía hacer y porque hacerlo era, en cierto modo, su propia forma de seguir de todas formas.

Lo que el narrador que compiló estos hechos —servidor humildísimo y de limitadas certezas— puede afirmar con confianza es que aquella noche Alonso Quijano vio la Batalla de Geonosis en su nueva resolución y no salió del sótano hasta la mañana siguiente. Y que cuando salió, ya no era el mismo hombre que había bajado.

La señora Perpetua estaba friendo huevos cuando escuchó los pasos en la escalera. Pasos lentos, pesados, como los que hacen las personas que cargan algo más que su propio peso. Levantó la vista de la sartén y vio a su empleador de los últimos dieciséis años de pie en el umbral de la cocina, y la sartén estuvo a punto de caérsele de la mano.

Alonso Quijano Tercero llevaba puesta la armadura.

Era una armadura de plastiacero de modelo republicano, serie cuatro, fabricada en los astilleros de Corellia en el año en que Alonso tenía doce años y adquirida por su padre en una subasta de excedentes militares bajo la premisa nunca articulada de que una familia debería tener algún tipo de armadura, por si acaso. En cuarenta años de residir en el sótano, el plastiacero había adquirido ese color particular de lo que estuvo plateado y ya no, que oscila entre el gris y el ocre y tiene la honestidad de no pretender ser ninguno de los dos. Las rodilleras no coincidían exactamente con las rodillas del portador. El pectoral izquierdo tenía una abolladura de origen no determinado. La visera del casco se abría y se cerraba con un chirrido que en otras circunstancias habría sido meramente irritante y en estas era de algún modo solemne.

En la mano derecha llevaba un sable de luz.

O más precisamente: llevaba el mango de un sable de luz, pieza auténtica de procedencia desconocida que formaba parte de la colección del abuelo y cuya celda de energía estaba tan descargada que la hoja, cuando la activó, era de un violeta pálido y tembloroso, del grosor de un dedo, y parpadeaba como una vela bajo el viento de Mancha Prime.

—Buenos días, Perpetua —dijo Alonso Quijano, y su voz era distinta. No más fuerte, no exactamente más profunda, sino como si hubiera encontrado su registro definitivo después de décadas de buscarlo—. Necesito que me escuches con atención porque tengo que decirte algo importante.

Perpetua puso la sartén sobre el fuego bajo porque los huevos no iban a esperar, y se volvió a mirarle con la atención de quien ya sabe que lo que viene a continuación no va a gustarle.

—Escucho —dijo.

—He sido llamado —dijo él—. La galaxia me necesita y he tardado demasiado en responder. Me llamo Don Quijano de la Fuerza, último Caballero del Orden que fue y que debe volver a ser, y esta mañana parto a restituir el honor, la justicia y la memoria de la Fuerza a un universo que ha olvidado las tres cosas.

Perpetua lo miró durante lo que el compilador de estos documentos calcula en aproximadamente siete segundos.

—Los huevos se van a quemar —dijo.

—La Fuerza proveerá desayuno —respondió Don Quijano, aunque inmediatamente añadió, con una practicidad que contradecía levemente el tono—: O si no, comeré cuando vuelva. ¿Hay pan de ayer?

Había pan de ayer. Perpetua lo sacó sin decir nada más porque conocía a este hombre y sabía que había momentos en que las palabras, como el agua contra la roca, necesitaban tiempo para hacer efecto y este claramente no era un día de efecto inmediato.

Don Quijano de la Fuerza desayunó pan seco y agua con la seriedad ceremonial de quien se prepara para grandes empresas. Luego se levantó, recogió el casco —que había dejado sobre la silla porque era incómodo comer con visera puesta— y se dirigió hacia la puerta.

—Señor Quijano —dijo Perpetua, y su voz tenía algo que no era exactamente miedo y no era exactamente súplica pero vivía en la vecindad de ambos—. Al menos lleve el comunicador.

—Los Caballeros de la Fuerza no se comunican por frecuencias estándar —respondió él, y luego, volviéndose hacia ella con una expresión que era tan enteramente seria que resultaba imposible no tomarla en serio—: Pero si ocurre algo, puedes llamar a Antonia.

Y salió.

La antinave —así llamaba Don Quijano de la Fuerza en sus pensamientos al vehículo que el resto del mundo llamaba lote veintitrés del hangar de impoundment municipal de Mancha Prime— estaba exactamente donde la había visto desde la ventana de su estudio durante los últimos cuatro meses: detrás de una valla de duracero, entre un cargador de grano averiado y lo que había sido alguna vez una lanzadera de transporte pero que el tiempo y el abandono habían reducido a una forma filosófica sobre la corrupción de todo lo que existe.

Era una nave carguera Corelliana, modelo YT, de esas que se fabricaron en cantidades industriales en los años de la República próspera y que se habían dispersado por la galaxia como semillas de planta obstinada, apareciendo en los rincones más improbables bajo capas de pintura y modificaciones no documentadas. Su casco era gris donde no era oxidado y oxidado donde no era una mancha de combustible que nadie había limpiado. Tenía la forma levemente circular que caracterizaba a su clase, con el puente de mando desplazado hacia un lado como si la nave hubiera decidido mirar el universo con cierta desconfianza lateral. Dos de sus cuatro cañones de artillería seguían en su lugar. Los otros dos eran ausencias rectangulares donde antes había habido algo.

Don Quijano la contempló durante un tiempo que el compilador no puede determinar con exactitud pero que Perpetua, observando desde la ventana de la cocina, estimó en unos doce minutos.

Luego fue a la oficina de impoundment.

El funcionario de impoundment, hombre de cuarenta y tantos años con un bigote que expresaba derrota institucional, lo miró llegar con la armadura y el sable apagado y la visera del casco levantada y realizó la evaluación pragmática que realizan los funcionarios de planetas de frontera: que lo que tenía delante era inusual pero no amenazante, excéntrico pero no peligroso, y que su turno terminaba a las diecisiete horas de todas formas.

—El lote veintitrés —dijo Don Quijano—. Quiero adquirirlo.

El trámite tardó cuarenta minutos y costó el equivalente en créditos republicanos de seis meses de arreos atrasados que Alonso Quijano había estado pagando en cuotas desde su retiro. Firmó los documentos con su nombre completo, Alonso Quijano Tercero, porque incluso los Caballeros de la Fuerza necesitan documentación civil. El funcionario selló los papeles sin comentar la armadura.

De regreso ante la nave, Don Quijano puso la mano sobre el casco oxidado con una delicadeza que hubiera resultado incongruente en un hombre de aspecto guerrero si no fuera porque era perfectamente coherente en el hombre específico que él había decidido ser.

—Rocinave —dijo en voz baja, como si nombrara a alguien que ya existía y solo esperaba que alguien recordara su nombre—. Tu nombre es Rocinave.

Lo había encontrado en uno de los holocrónicos dañados, en ese espacio inquieto entre la información y el silencio: una referencia fragmentada a la montura de un Caballero Jedi de la República Antigua, una palabra que el procesador de lenguaje del holocrónico transcribía como Rocinave aunque el compilador de estos documentos sospecha que la pronunciación original era bastante diferente y la transcripción bastante libre. Pero las palabras que encontramos en los lugares rotos tienen a veces más fuerza que las perfectamente conservadas, quizás porque llevan consigo algo de la energía del rescate.

Rocinave, si tenía opinión sobre su nuevo nombre, no la expresó. Sus sistemas de propulsión estaban apagados. Su puerta de acceso necesitaba ser forzada con una palanca. El interior, que Don Quijano exploró con la linterna de su comunicador —que llevaba consigo aunque los Caballeros de la Fuerza no se comunicaran por frecuencias estándar— olía a aceite viejo, polvo acumulado en décadas, y algo que podría haber sido combustible quemado o podría haber sido simplemente el olor del tiempo cuando pasa sin ser invitado.

Don Quijano se sentó en el asiento del piloto. El asiento protestó. Las consolas eran de un modelo tan antiguo que sus pantallas usaban texto en lugar de hologramas, y el texto que mostraban era del tipo que el fabricante llama mensajes de diagnóstico y los usuarios llaman lista de problemas. Había veintisiete mensajes de diagnóstico activos.

—Mañana —dijo Don Quijano a la nave, o a sí mismo, o a ninguno de los dos en particular—. Mañana buscamos un escudero.

Aquella misma tarde —porque los grandes proyectos empiezan siempre con pasos laterales que parecen distinciones pero resultan ser los cimientos— Don Quijano de la Fuerza se sentó ante el terminal de comunicaciones de la hacienda, ese aparato de segunda mano con la pantalla ligeramente torcida que Alonso Quijano usaba para pagar facturas y que ahora iba a ser empleado para un propósito considerablemente más noble, y compuso un mensaje.

Técnicamente no era su primer mensaje. Llevaba semanas enviando documentos a frecuencias diversas: reflexiones sobre el Código Jedi, meditaciones sobre la corrupción republicana, análisis de batallas antiguas que consideraba instructivas para la situación galáctica presente. La mayor parte de estos documentos habían ido a parar a cuentas inactivas o a sistemas de filtro de spam con los que la República protegía a sus ciudadanos de la correspondencia no solicitada. Uno había llegado efectivamente a una dirección de la Oficina del Senado y había generado una nota automática de acuse de recibo.

Pero este mensaje era diferente porque este mensaje tenía destinatario.

En los archivos de su abuelo, entre los holocrónicos y los catálogos de coleccionista y los recibos de compras antiguas, Alonso había encontrado un registro de mantenimiento de nave. El registro pertenecía a su propia nave, al vehículo que ahora se llamaba Rocinave, a la computadora de navegación que hacía años había llevado a reparar a una estación orbital cuyo nombre le había parecido entonces puramente transaccional: Tobosar.

En el registro había un nombre. Una firma. Quien había realizado la reparación: Dulcinela del Tobosar, técnica certificada, hangar siete, nivel cuatro.

Don Quijano leyó el nombre tres veces. Luego lo leyó en voz alta, despacio, y escuchó cómo sonaba en el aire de la habitación.

Lo que ocurrió en su mente en ese momento pertenece a esa categoría de eventos que los compiladores honestos admiten no poder documentar con exactitud. Lo que se sabe es que cuando Don Quijano de la Fuerza finalmente comenzó a escribir el mensaje, llevaba tres horas haciéndolo en su cabeza y que la versión final tenía cuarenta y dos líneas de una prosa que oscilaba entre el informe técnico y el soneto, con escala en algo que solo puede describirse como plegaria laica.

Describía a una dama de inigualable virtud, a una mecánica de almas —pues así llamaba a quien mantenía en vuelo los vehículos de quienes tenían que seguir volando—, a la señora de sus pensamientos y el norte de su empresa. La llamaba Dulcinela del Tobosar, nombre que tomaba el suyo real y lo envolvía en el sonido de las cosas que duran.

A trescientas parsecs de distancia, en el hangar siete del nivel cuatro de la Estación Tobosar, una mujer de cuarenta y un años con las manos manchadas de lubricante sintético y una llave de torsión calibrada en la mano izquierda estaba terminando de ajustar el sistema de refrigeración de un carguero cuyo propietario llevaba tres semanas con el pago pendiente. El terminal de comunicaciones del hangar emitió el sonido discreto de un mensaje entrante. Dulcinela del Tobosar lo miró de reojo, vio que no era de ninguna de las cuatro personas cuyas comunicaciones consideraba urgentes, y volvió a sus refrigeradores.

Lo leería después. Probablemente era spam.

En la hacienda de Mancha Prime, Don Quijano de la Fuerza apagó el terminal con la satisfacción de quien ha hecho una cosa que necesitaba hacerse. Afuera, el sol blanco de Mancha Prime se estaba poniendo sobre las llanuras ocres y el polvo de la tarde giraba en columnas que, si uno los miraba de cierta manera, o si uno llevaba suficientes años mirando grabaciones de batallas antiguas en resolución mejorada, podían parecer la reminiscencia de algo extraordinario.

La señora Perpetua lo encontró una hora después en el sillón de su estudio, dormido con la armadura puesta y el casco en el regazo y el sable de luz apagado en la mano, con la cara de un hombre que ha tomado, finalmente, la decisión que llevaba décadas esperándole.

Perpetua lo cubrió con la manta de lana que guardaba para los inviernos y apagó las luces y cerró la puerta con la delicadeza de quien no quiere interrumpir un sueño que ya sabe que no tiene cura pero que tampoco tiene, si se mira honestamente, la crueldad que uno esperaría de la demencia.

Porque hay una cosa que el compilador de estos documentos quiere dejar clara antes de que la historia avance: Alonso Quijano Tercero no era un hombre estúpido. Era un hombre al que la galaxia había vuelto prescindible y que había encontrado, en el sótano de su ruina, la única historia que lo hacía necesario. Si eso era locura, era el tipo de locura que los cuerdos deberían examinar con algún respeto, o al menos con la honestidad suficiente para preguntarse qué los distingue de ella, salvo la suerte de no haber encontrado todavía los cajones correctos en el sótano correcto en el momento correcto de su propia irrelevancia.

Mañana buscaría escudero. Mañana comenzaría la gesta.

Rocinave esperaba en el lote de impoundment, sus sistemas apagados, su casco oxidado brillando levemente bajo las luces municipales de Mancha Prime, como si supiera algo que sus nuevos documentos de propiedad todavía no decían.

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Chapter 1: The Man Who Read Too Many Holocrons — El Ingenioso Caballero Don Quijano de la Galaxia | GenNovel