Ha de saberse, pues, que en cierto rincón del Sector Olvidado —el cual el cronista que suscribe estas páginas prefiere no nombrar con demasiada exactitud, por no comprometer la reputación de sus vecinos ni la suya propia— vivía no hace mucho tiempo un hidalgo de los que tienen nave de carga con hiperdrive averiado, armadura de segunda mano y holoterminal de pantalla rajada. Llamábase este hidalgo Alonso Estelquijano, y era hombre de unos cincuenta años, enjuto de carnes, seco de rostro, con los ojos de ese color indefinible que adquieren quienes no han dormido bien desde el solsticio anterior. Servía como administrador colonial de cuarta categoría en el planeta Mancha Prime, el cual, para quien no lo conozca y no tenga particular prisa por conocerlo, es un mundo de polvo rojizo, burocracia sin fondos y dos estaciones climáticas: la seca y la muy seca.
Su hacienda consistía en lo siguiente: un cargo administrativo cuyo salario la República Galáctica llevaba cuatro meses transfiriendo con retraso; una nave de carga clase Murciélago que sus vecinos llamaban la Rocinante porque cojeaba al despegar y sudaba combustible por el casco como un caballo viejo en verano; y una colección de holocrones pirateados que habría escandalizado a cualquier archivero del Templo Jedi, si es que quedase alguno, que no queda. En cuanto a manjares, se alimentaba de raciones liofilizadas la mayor parte de la semana, y los domingos, cuando el ánimo lo permitía, de algún guiso caliente preparado en el microondas reglamentario de la oficina colonial.
El origen de su perdición fue la colección. Que conste en el registro.
Comenzó, como todas las perdiciones respetables, de manera razonable. Alonso Estelquijano era un hombre curioso al que la administración de formularios de exportación de minerales había dejado un excedente de horas vacías y un déficit igualmente vasto de significado. Compró su primer holocrón en el mercado de datos de la estación Argamasilla, que es una estación orbitante de aduanas menores donde circulan mercancías de dudosa procedencia y certeza nula. Era una esfera de cristal rosáceo no mayor que un puño, con grietas en la superficie que un vendedor de aspecto honrado llamó «marcas de autenticidad» y que el cronista, examinando la cuestión con distancia prudente, identificaría más bien como marcas de haber caído varias veces al suelo. El holocrón contenía fragmentos de una lección de un Maestro Jedi que respondía al nombre de Dooku-Secundus, cuya filiación con la Orden canónica resultaba, en el mejor de los casos, apócrifa.
No importó. Estelquijano escuchó la primera lección a medianoche, con las luces de la oficina colonial apagadas y la pantalla rajada de su holoterminal proyectando sobre su rostro la figura espectralmente azul de un hombre que hablaba de la Fuerza como si fuera el oxígeno del universo y no una leyenda de taberna. Algo se movió en el interior de Estelquijano. El narrador no puede precisar qué cosa fue exactamente ese algo, porque la naturaleza de esos movimientos interiores escapa al registro documental; puede decirse, sin embargo, que cuando apagó el proyector y miró por la ventana de su oficina la extensión polvorienta de Mancha Prime bajo tres lunas de color ocre, sus ojos tenían una cualidad nueva que sus colegas administrativos tardaron tres semanas en notar y describieron, cada uno por su cuenta, como preocupante.
Compró más holocrones. Este fue el segundo paso del descenso, y cualquier lector que haya coleccionado algo —sellos, novelas, disgustos— reconocerá la mecánica del procedimiento sin necesidad de explicación ulterior. Un holocrón llevó a tres; tres llevaron a diecisiete; diecisiete a la correspondencia con revendedores en cuatro sistemas distintos, a las transferencias bancarias que vaciaron primero el fondo de emergencias y luego el fondo de vacaciones y al cabo el fondo de reparaciones de la Rocinante, lo que explicaría el estado actual del hiperdrive. Adquirió textos en formatos que ya nadie lee: rollos de memoria cuántica, tabletas de fibra holográfica, incluso dos libros de papel físico —libros, sí, esa tecnología de la que ríen los niños— sobre la historia de la Orden Jedi, impresos en un planeta cuyo nombre el cronista no puede verificar por la sencilla razón de que el propio Estelquijano, cuando le preguntaron luego, no lo recordaba.
El sueño fue lo primero en marcharse. No de golpe, que habría resultado menos catastrófico, sino poco a poco, como el combustible de una nave con fuga pequeña: una hora menos aquí, dos horas menos allá, noches enteras en que la pantalla rajada proyectaba hasta el amanecer los azules y dorados de maestros extintos hablando de un orden que el universo había desmontado pieza a pieza hacía más de medio siglo. Sus colegas presentaron tres solicitudes de revisión de su rendimiento laboral. Las solicitudes fueron archivadas, como todas las cosas en la administración colonial, sin consecuencias.
Lo que siguió a la privación del sueño fue, según la escasa literatura médica disponible en Mancha Prime, perfectamente predecible: los bordes entre lo leído y lo vivido comenzaron a disolverse. Estelquijano terminó de procesar una remesa de licencias de exportación de bauxita y encontró en los documentos signos que le parecieron códigos de la Orden Jedi. Escuchó en el viento seco del desierto de Mancha Prime una modulación que identificó como la melodía de la Fuerza, aunque el viento seco del desierto de Mancha Prime no tiene modulaciones, solo polvo. Y una noche, concretamente el martes a las dos horas y cuarenta minutos según los registros de acceso al edificio colonial que el cronista ha tenido el cuidado de consultar, Alonso Estelquijano leyó el último párrafo del último capítulo del último libro y cerró la cubierta de papel con una delicadeza que era la de alguien que acaba de llegar a una conclusión.
Durmió cuatro horas. Fue el sueño más sereno de su vida.
Al despertar, era Don Quixote de la Galaxia.
Conviene describir la transformación con la dignidad que merece, que es mucha, aunque el resultado material fuera discutible. La armadura fue lo primero. Existía en el almacén trasero de la oficina colonial, junto a un archivador roto y doscientas cajas de formularios de 2247, un traje de duralacero que había pertenecido a algún guardia de seguridad de épocas anteriores y que nadie había reclamado en una década. El duralacero era de ese tono entre gris y herrumbre que los fabricantes llaman «acabado industrial» y que el tiempo ha tenido a bien convertir en algo próximo a la herrumbre sin más calificativos. Le faltaba la pieza del hombro izquierdo, que Don Quixote reemplazó con un fragmento de carcasa de generador atado con cable de fibra óptica, y la visera del casco estaba soldada en posición fija, lo que obligaba a su portador a girarse en bloque cuando deseaba mirar hacia los lados, efecto que algunos testigos posteriores describirían como imponente y otros como perturbador, siendo ambas descripciones exactas.
Don Quixote se contempló en el espejo del baño de la oficina colonial. El espejo, que era pequeño y estaba agrietado en una esquina —el cronista observa que las grietas son motivo recurrente en este relato, lo cual puede o no tener significado— devolvió la imagen de un hombre de mediana edad enfundado en metal oxidado, con los ojos brillando de una fiebre que la ciencia médica llamaría síntoma y la literatura llamaría vocación. Lo que Don Quixote vio fue otra cosa: un caballero.
La espada presentaba una dificultad logística que resolverá a quien haya estado preguntándose, con razón, qué hace un aspirante a Caballero de la Fuerza en una galaxia donde los sables de luz llevan cincuenta años fuera de circulación y los que quedan están en manos de coleccionistas ilegales o de instituciones que prefieren no mencionar su existencia. La solución de Don Quixote fue, a su manera, impecable. En el cuarto de mantenimiento del edificio colonial existía un tubo fluorescente de repuesto de noventa centímetros que nadie había instalado por razones que la burocracia colonial haría difícil de precisar. El tubo era de ese blanco azulado que producen los gases de mercurio cuando la corriente los excita, y cuando Don Quixote lo empuñó por vez primera y le conectó brevemente una pequeña batería portátil para verificar que lumínica, se iluminó con un zumbido que a sus oídos sonó exactamente como debía sonar la extensión de voluntad y Fuerza que los maestros de los holocrones describían.
Lo llamó Excalibur. Lightsaber Excalibur. El nombre era, reconocía el cronista, una mezcla de dos tradiciones heroicas distintas que la rigorosa historiografía no puede avalar, pero Don Quixote nunca fue un hombre preocupado por la rigorosa historiografía, que es precisamente por qué esta historia existe.
La nave fue la transformación más sencilla, porque las transformaciones que requieren solo palabras son siempre las más sencillas. La vieja nave de carga clase Murciélago había respondido durante trece años al nombre de nada en particular, porque las naves de carga de clase Murciélago no suelen tener nombre, del mismo modo que los martillos no tienen nombre. Don Quixote le puso las dos manos en el casco oxidado —dejando en el metal dos marcas de palma que los técnicos de Mancha Prime encontrarían meses después con expresión confundida— y pronunció en voz alta, con la gravedad de quien bautiza a un ser vivo, el nombre nuevo: Rocinante Estelar. Nave de los elegidos. Corcel de las estrellas. Transporte de clase Murciélago con el hiperdrive en situación técnica irregular.
Faltaba, finalmente, la dama.
Que todo caballero de la Fuerza digno de tal nombre requería una dama a quien consagrar sus hazañas era, para Don Quixote, una verdad tan evidente como la existencia de la gravedad o la inevitabilidad de los formularios de cuatro copias. Los maestros de los holocrones lo confirmaban. Los libros de papel lo confirmaban. La propia lógica del universo, tal como Don Quixote la comprendía ahora con la claridad de los que han dormido cuatro horas después de meses de insomnio iluminado, lo confirmaba con énfasis.
El problema era la candidata.
Mancha Prime no era, en términos de candidatas a musa celestial, un mundo particularmente generoso. Sus habitantes eran administradores coloniales, técnicos de mantenimiento, mineros de turno triple y los familiares que los acompañaban por razones que el aburrimiento y los contratos laborales de tres años hacen inevitables. Don Quixote repasó mentalmente el catálogo de mujeres que conocía o había conocido y encontró el inventario insatisfactorio, no por falta de méritos en sus personas, que los tendrían, sino porque ninguna de ellas, al ser convocada en la imaginación, producía el efecto de lo celestial que los textos Jedi asociaban con las fuentes de inspiración del caballero verdadero.
Entonces recordó a Griselda Toboso.
La había visto exactamente una vez, hacía cosa de cuatro meses, en la Estación Tobossis, una plataforma de aprovisionamiento de combustible que orbita el sistema de Mancha Prime a distancia suficiente como para que sus operadores no tengan que pagar los impuestos del planeta y los administradores del planeta finjan no notar la anomalía. Había ido a repostar la Rocinante —que entonces todavía no se llamaba así— y Griselda Toboso, jefa de mecánicos del turno de tarde, le había cobrado por un acoplador de combustible una suma que Estelquijano recordaba con precisión matemática y que seguía pareciéndole excesiva en un quince por ciento sobre el precio de mercado estándar. Era una mujer de mediana estatura, con manos que tenían la competencia permanentemente incrustada en los nudillos, y había dicho, con la brevedad de quien tiene tres trabajos más esperando: Cuatrocientos setenta créditos o me quedo con el acoplador viejo, usted decide.
Estelquijano había pagado, naturalmente. Y se había marchado con el resguardo y la vaga impresión de haber sido derrotado por alguien que no se había molestado en ponerse de pie del todo.
Ahora, Don Quixote de la Galaxia, en el estado de claridad perfecta que sigue a la iluminación total, miraba ese recuerdo y veía otra cosa. Veía, y el cronista reproduce aquí fielmente el cuaderno de notas que Estelquijano llevaba —el cual existe, ha sido verificado en la medida en que cualquier cosa en este relato ha sido verificada— la siguiente visión: una mujer de luz. Una princesa de la Fuerza disfrazada bajo la apariencia de la cotidianidad, como corresponde a las grandes almas que el universo esconde en lugares donde los ciegos no saben mirar. Sus manos no eran manos de mecánico; eran manos de quien mantiene vivo el cosmos reparando aquello que todos dan por roto. Sus palabras no eran el regateo de una estación de combustible; eran la prueba de un alma que sabe su precio y no lo malvende. Y aquel quince por ciento de recargo era, sin duda, el signo de que la Fuerza la distinguía del vulgo, porque solo los seres elegidos cobran exactamente lo que les da la gana.
La elevó al rango de Lady Dulcinea del Tobossis, Musa Celestial del Último Caballero de la Fuerza, por propia y unilateral declaración.
Dulcinea no fue informada. El cronista señala este detalle porque será relevante.
Sancho Panzabelly fue lo último.
Todo caballero requería escudero, y Don Quixote conocía a Sancho Panzabelly con la suficiencia de los vecinos de un mismo sector que coinciden en los mismos depósitos de combustible, las mismas cantinas de raciones y los mismos mostradores de burocracia sin que ninguno de los dos haya buscado particularmente la compañía del otro. Sancho Panzabelly era un hombre de anchura generosa, de esos que ocupan el asiento con una satisfacción tranquila y sin disculpas, con un bigote que parecía haber crecido por iniciativa propia y una complexión que sugería larga amistad con los alimentos en todas sus formas. Era contrabandista de asteroides en el sentido más bien modesto del término: transportaba cargamentos de clasificación dudosa por rutas de clasificación igualmente dudosa, cobraba tarifas razonables, y nunca había sido arrestado porque nunca había sido exactamente interesante. Su nave —que también era la Rocinante Estelar, antes de que Don Quixote renombrara la suya, lo cual el cronista reconoce como fuente de confusión narrativa que no sabe cómo resolver satisfactoriamente— estaba en el hangar de Mancha Prime esa mañana porque un sellado de contención de la bodega de carga lo retenía por tercera vez en el trimestre.
Don Quixote lo encontró desayunando en la cantina del hangar. Sancho tenía delante una bandeja con tres sobres de proteína reconstituida, dos panecillos de corteza dura y un vaso de algo que la cantina llamaba café con la misma libertad con que Don Quixote se llamaba caballero.
Don Quixote se sentó frente a él. La armadura de duralacero chocó contra el borde de la silla con un sonido que nadie en la cantina fingió no haber escuchado.
Sancho Panzabelly levantó la vista, observó a su interlocutor con la calma del hombre que ha visto muchas cosas raras en los puertos del Sector Olvidado, y volvió a bajarla hacia su bandeja.
Don Quixote dijo: Sancho Panzabelly, la Fuerza tiene designios.
Sancho respondió: Buenos días tenga usted también.
Lo que siguió fue una conversación de cuarenta minutos de la que el cronista tiene dos versiones: la de Don Quixote, que figura en su cuaderno de notas como una exposición solemne del llamado que la Fuerza hacía a ambos en este momento histórico; y la de Sancho, reconstruida de declaraciones posteriores, que la recuerda como el proceso más confuso por el que jamás había aceptado un trabajo, en el sentido de que en ningún momento quedó claro si había aceptado un trabajo o simplemente dejado de decir no con suficiente energía.
Lo que sí consta es el argumento que cerró el trato.
Una luna, dijo Don Quixote. Cuando hayamos restaurado el Orden de la Fuerza en la galaxia y el gobierno legítimo haya sido establecido sobre los cimientos de la justicia y el honor, yo, Don Quixote de la Galaxia, Caballero de la Fuerza y su último guardián, nombro a Sancho Panzabelly gobernador de una luna entera, con todos sus derechos, rentas, y prerrogativas.
Sancho masticó un panecillo. Una luna, repitió, con el tono de quien intenta calcular el salario por hora de gobernar una luna.
Una luna entera, confirmó Don Quixote. Con atmósfera, si la Fuerza lo permite.
Sancho terminó el café. Señaló con el tenedor a la armadura: Y eso que lleva en el hombro, ¿es un trozo de generador atado con cable de fibra óptica?
Es el gorjal de mi armadura mandalorina, respondió Don Quixote, con la serenidad de quien no encuentra la pregunta particularmente pertinente.
Claro, dijo Sancho. Y eso de la mano, ¿es un tubo de luz?
Es Lightsaber Excalibur, la extensión de mi voluntad y de la Fuerza que me guía.
Sancho miró el tubo. Miró la armadura. Miró la nave al fondo del hangar, que tenía una mancha de combustible en el casco en forma de algo parecido a una derrota. Miró de nuevo a Don Quixote, que le sostuvo la mirada con unos ojos en los que ardía algo que no era exactamente locura —o que era exactamente locura, pero la variante que produce en el espectador una incomodidad específica, la de preguntarse si uno mismo está mirando desde el lado correcto del cristal.
Una luna, dijo Sancho por tercera vez.
Una luna, confirmó Don Quixote.
Hay un refrán, empezó Sancho, que dice que el que a buen árbol se arrima buena sombra le cobija, aunque mi difunta esposa siempre decía que eso dependía mucho del árbol, y de si el árbol estaba en su juicio.
Don Quixote esperó.
Sancho recogió su bandeja, se puso de pie con el esfuerzo de quien lleva consigo una inversión considerable en masa corporal, y dijo: Yo nunca he gobernado nada mayor que la bodega de carga de mi propia nave, y eso tampoco salió del todo bien. Pero está bien. Cuando salga.
Partirán al alba, dijo Don Quixote, con una dignidad que llenó la cantina como si hubiera sido diseñada para eso.
Al alba. Sancho miró por la ventana sucia del hangar la luz polvorienta y rojiza de Mancha Prime. Siempre dicen al alba, musitó para sí mismo, con la filosofía de un hombre que lleva toda la vida levantándose cuando todavía no hay motivo. Y luego añadió, en un registro tan bajo que casi nadie lo oyó: Como si el alba cambiara algo.
Pero se fue a preparar la nave.
El cronista que suscribe estas páginas se permite aquí una pausa para declarar, con toda la honestidad que le permite su oficio, que no está completamente seguro de la veracidad de ninguno de los detalles que acaba de consignar. Sus fuentes son el mencionado cuaderno de Don Quixote —cuya autoría es indudable y cuya relación con los hechos objetivos es, en el mejor de los casos, creativa—, tres declaraciones de testigos en la cantina del hangar de Mancha Prime que difieren entre sí en aspectos que el cronista no sabe cómo reconciliar, y un informe administrativo de la oficina colonial que registra el abandono del puesto del administrador Alonso Estelquijano en términos de una sequedad burocrática que el cronista encuentra insultante dada la magnitud del acontecimiento.
Lo que sí puede afirmar, porque los registros de la plataforma de lanzamiento de Mancha Prime lo confirman con precisión de hora y fecha, es que aquella mañana, cuando el sol de Mancha Prime todavía no había llegado a la altura que justificaría llamarlo alba, despegó del hangar B-7 una nave de carga clase Murciélago con el nombre Rocinante Estelar pintado en letras toscas sobre el casco —en una pintura que olía todavía a fresco, porque lo estaba—, con dos ocupantes a bordo: uno que pesaba aproximadamente lo que pesan los hombres cuando se añaden tres décadas de raciones calientes, y otro que iba envuelto en metal oxidado sosteniendo con la mano derecha un tubo fluorescente que zumbaba levemente porque la batería portátil conectada a su interior no estaba del todo bien asegurada.
La Rocinante Estelar tembló al salir de la atmósfera con la dignidad específica de las cosas que siempre han temblado y que tiemblan, por tanto, con cierta soltura. Las tres lunas de Mancha Prime la vieron alejarse, si es que las lunas ven algo, que el cronista no afirmaría. El polvo rojo del desierto de Mancha Prime se cerró sobre el rastro de la tobera de combustible con la indiferencia de los lugares que han visto partir a muchos y no esperan, en general, que vuelvan cambiados para bien.
Y así comenzó, en este año dudoso de la República Galáctica —cuya numeración el cronista prefiere omitir por no comprometer ninguna cronología que alguien haya tomado la molestia de establecer—, la historia de Don Quixote de la Galaxia, Caballero de la Fuerza, último de los últimos, el cual salió del planeta Mancha Prime a restaurar el honor, la justicia y la memoria de una galaxia que había olvidado que esas palabras alguna vez tuvieron precio.
Si el lector encuentra en esto motivo de risa, el cronista no se lo reprochará. Si encuentra en esto, además, motivo de otra cosa que no sabe nombrar del todo, el cronista tampoco se lo reprochará.
Él tampoco sabe nombrarlo del todo.