La grieta apareció a las ocho y cuarto de la mañana, cuando la Quinta Avenida ya hervía de bocinas, paraguas y café en vasos de cartón.
No fue una explosión. No fue un relámpago ni el estruendo que la gente de Nueva York había aprendido a asociar con el fin del mundo. Fue, más bien, un sonido parecido al que hace la seda al rasgarse, amplificado hasta el límite de lo tolerable, como si el propio aire hubiera decidido abrirse en canal para mostrar lo que guardaba del otro lado. Una línea de luz blanca azulada tembló frente al imponente edificio de cristal y acero que los noticieros llamaban la Torre de los Vengadores, se ensanchó durante tres segundos que parecieron mucho más largos, y luego vomitó al asfalto de Manhattan a dos figuras que no pertenecían a ningún siglo conocido de esta ciudad.
El primero en caer fue el caballo.
Rocinante aterrizó sobre las cuatro patas con una dignidad improbable, sacudió la cabeza adornada con lo que en otro tiempo había sido una brida respetable, y contempló el horizonte de rascacielos con la expresión filosófica de un animal que ha sobrevivido cosas peores. Su jinete, en cambio, describió un arco en el aire antes de impactar contra el asfalto con un estruendo de metal viejo que hizo que varios transeúntes soltaran sus teléfonos. La armadura que lo envolvía era de un óxido honroso, marrón rojizo como la tierra de Castilla, y las placas habían conocido épocas mejores. La lanza que portaba tenía más astillas que madera útil. El yelmo, una cosa de bacía reconvertida que se había atado a la cabeza con una correa de cuero gastado, se había deslizado sobre un ojo durante la caída.
El segundo en aparecer lo hizo directamente sobre el puesto de perritos calientes de un señor llamado Ahmad, que había pasado doce años en ese rincón de Manhattan sin que le cayera del cielo ningún labrador español de complexión oronda y expresión entre el asombro y la indignación sincera. Sancho Panza rodó por el toldo a rayas rojas y blancas, se llevó consigo media docena de salchichas y aterrizó sentado sobre el bordillo con la dignidad que permite la situación cuando ninguna queda.
Se quedó un momento observando sus manos. Luego miró hacia arriba.
—Válame Dios —dijo Sancho, con la voz de quien ha llegado a la conclusión de que el cielo tiene contra él una ojeriza personal y documentada.
Arriba, en el decimocuarto piso de la misma torre cuya sombra cubría la escena, una pantalla de monitoreo parpadeó en el centro de control de inteligencia de S.H.I.E.L.D. que funcionaba integrado al edificio. La figura que la observaba era alta, con el parche sobre el ojo izquierdo y la expresión de quien lleva décadas sin permitirse sorprenderse de nada.
Nick Fury tomó su café. No le dio un sorbo.
—Contengan el perímetro —dijo, con una calma que era en sí misma una amenaza—. Quiero drones en el aire en treinta segundos y una evaluación de anomalía energética en sesenta. Y alguien que me diga qué clase de portal acaba de abrirse en mi calle.
Don Quijote de la Mancha se puso de pie.
Lo hizo despacio, porque la armadura pesaba y la caída había recordado a sus huesos que tenían cierta edad y ciertas opiniones al respecto, pero se puso de pie con la espalda recta y la barbilla elevada de la manera específica que distingue a quien se sabe protagonista de su propia historia. Se acomodó el yelmo. Recogió la lanza. Se sacudió del hombro izquierdo algo que resultó ser un envoltorio de pretzel que el viento le había adherido durante el impacto.
Y entonces miró hacia arriba.
Nueva York, vista desde la Quinta Avenida a las ocho y dieciséis de la mañana, tiene un modo particular de golpear al recién llegado. Las torres se elevan hacia una franja de cielo apenas visible entre sus hombros, los cristales reflejan nubes y cristales de otras torres que reflejan más nubes, y el ruido es una criatura viva y plural que no para de respirar. Para alguien criado en los llanos de La Mancha, donde el horizonte era una línea generosa y el silencio algo que se podía tocar, el efecto debía de ser parecido al de recibir el universo entero en la cara de una sola vez.
Los ojos de Don Quijote se abrieron.
No con miedo. Con reconocimiento.
—Sancho —dijo, y su voz era la de quien acaba de confirmar una sospecha muy importante—. Sancho, levántate y contempla.
—Estoy contemplando —respondió Sancho desde el bordillo, frotándose la rodilla—. Contemplo que me he roto algo que prefiero no nombrar y que ese señor me está mirando como si fuera a cobrarme los chorizos.
Ahmad, el vendedor, lo miraba, en efecto, con una mezcla de estupefacción e inventario de daños.
—Estos gigantes —dijo Don Quijote, sin escuchar a su escudero, porque cuando el caballero manchego encontraba un gigante la capacidad auditiva se veía comprometida—, estos gigantes de cristal y hierro que se alzan hasta rozar las nubes... sin duda son obra de algún encantamiento formidable. ¿Ves, Sancho, cómo se erigen ante nosotros como torres de algún reino mágico que aguarda caballero que lo defienda?
—Veo —dijo Sancho, que ya estaba de pie y se sacudía harina de pretzel de la camisa— que son edificios muy grandes, mi señor, y que de ese de allí arriba sale un ruido como de insectos metálicos.
Era la descripción más precisa que habría podido hacerse de los seis drones de S.H.I.E.L.D. que en ese momento bajaban en formación desde el techo de la torre, sus cámaras apuntando al punto de anomalía con la eficiencia silenciosa de quien ha protocolizado exactamente esto.
En la planta baja del edificio, las puertas de cristal blindado se abrieron.
Carol Danvers había salido del ascensor todavía abotonándose la chaqueta cuando la alerta había sonado, y había llegado a la calle por inercia más que por orden, porque su instinto ante una señal de anomalía energética era ir hacia ella antes de que nadie le dijera que lo hiciera. Llevaba el cabello rubio recogido con descuido, tenía la expresión concentrada y ligeramente insomnio de quien funciona a alta capacidad antes de que el café haga efecto, y sus ojos —el color exacto del Atlántico en día nublado— evaluaron la escena en el tiempo que tarda un párpado en cerrarse y abrirse.
Caballo. Hombre con armadura de teatro de época. Hombre más pequeño cubierto de harina y fastidio. Grieta dimensional en proceso de sellarse. Sin explosivos visibles. Sin señal de hostilidad armada inmediata.
Cruzó la calle.
El hombre de la armadura la vio venir.
Luego hizo algo que ninguna amenaza extraterrestre, ningún supervillano con ambiciones de extinción masiva y ningún miembro del Alto Mando de la Fuerza Aérea había hecho nunca en presencia de Carol Danvers.
Dobló una rodilla contra el asfalto.
La otra mano llevó la lanza astillada hacia arriba en lo que era, inconfundiblemente, un gesto de reverencia caballeresca. El metal oxidado emitió un chirrido suave al asentarse. Bajo el yelmo desviado, los ojos del hombre brillaban con algo que no era locura, aunque se le parecía, sino con la intensidad específica de quien ve exactamente lo que esperaba ver y se siente justificado por el universo entero.
—Señora —dijo, en un español que sonaba como agua sobre piedra antigua—, no esperaba mi humilde persona merecer que el destino me deparase, en el primer instante de mis aventuras en este reino encantado, la visión de la más resplandeciente dama guerrera que los cielos hayan concedido a los ojos de ningún mortal. Si sois hada, seréis la más noble que habita estos aires; si sois de carne y hueso, sabed que Don Quijote de la Mancha os rinde pleitesía y pone su brazo y su lanza a vuestro servicio y al de toda causa justa que os dignéis encomendar.
Carol lo miró.
Él la miraba a ella con una fe tranquila y absoluta, sin asomo de ironía, sin ninguna de las capas de cálculo que ella había aprendido a identificar detrás de casi todas las expresiones humanas.
Pasaron dos segundos.
—Levántese —dijo Carol, en inglés, y luego añadió en el español básico que había aprendido durante misiones en Sudamérica—. Por favor.
A cuarenta metros de allí, Sancho Panza estaba teniendo una conversación diferente.
Ahmad había recuperado parte de su compostura y la había invertido por completo en una sola expresión: la de alguien que necesita que le paguen los daños del toldo. Sancho, que entendía el lenguaje universal del hombre que señala sus propiedades y luego le señala a uno, metió la mano en la bolsa que llevaba colgada al cinto y extrajo con gesto magnánimo una moneda de plata.
Era una pieza de ocho reales acuñada en Sevilla en 1605. En su anverso lucía el perfil de Felipe III de España.
Ahmad la miró. Miró a Sancho. Volvió a mirar la moneda.
—Este... —comenzó Ahmad.
—Es plata buena —aseguró Sancho, con el tono de quien ha cerrado mejores tratos que este—. De ley, que yo lo sé porque la he tocado muchas veces. Si queréis, me dais la vuelta en esas monedas redondas que veo que guardáis en ese cajón.
Ahmad abrió el cajón de la caja registradora, miró sus monedas de veinticinco centavos, y tomó la decisión racional de un hombre que ha visto demasiadas cosas raras en doce años en la Quinta Avenida para seguir gastando energía en ellas.
—No hay vuelta —dijo.
Sancho consideró esto.
—Entonces me lleváis esas dos salchichas de compensación.
Ahmad, con expresión de quien negocia con fuerzas que superan su comprensión, tomó dos salchichas con las pinzas.
Sancho las recibió con la satisfacción serena del hombre que ha resuelto el problema inmediato. Luego miró hacia donde su señor seguía arrodillado frente a la mujer rubia que lo observaba con expresión entre el asombro y la evaluación táctica.
—Dios lo asista —murmuró Sancho, con la boca ya medio llena, y no quedó claro si se refería a Don Quijote, a la mujer, o a ambos.
En el piso decimocuarto, la voz de Tony Stark llegó a través del intercomunicador con el tono específico del hombre que ha encontrado exactamente el material que necesitaba para ser insoportable durante una semana.
—Fury, ¿estás viendo esto?
—Lo estoy viendo, Stark.
—Porque si no lo estás viendo, me vas a necesitar para describirlo, y te advierto que mi descripción va a incluir las palabras cosplay, quijada de oxidación severa y squire que le acaba de robar el almuerzo a un vendedor ambulante.
—Stark.
—Digo. —Una pausa en la que se podía escuchar el sonido de Tony acercándose a la pantalla—. ¿Esa grieta tenía firma energética de bifrost? Porque el espectro se parece a algo que he visto antes y no me gusta la dirección en que apunta.
—Análisis en proceso. —Fury no apartó los ojos de la pantalla central donde Carol seguía frente al hombre arrodillado—. Mientras tanto, quiero ese perímetro cerrado, quiero a esos dos dentro del edificio en los próximos diez minutos, y quiero que alguien me encuentre a un traductor de español del siglo diecisiete porque tengo la sensación de que voy a necesitarlo.
—Tengo a FRIDAY —dijo Tony—. Aunque técnicamente ella traduce, no interpreta, y lo que está soltando ese señor ahí abajo creo que requiere interpretación.
En la pantalla, Don Quijote había aceptado la mano que Carol le tendía para ayudarlo a levantarse, y al ponerse de pie había quedado a la misma altura que ella. La armadura lo hacía parecer más grande de lo que era. De cerca, se podía ver la barba gris mezclada con negro, los ojos vivos bajo las cejas pobladas, la manera en que sostenía la lanza no como un arma sino como parte de sí mismo.
Le estaba diciendo algo a Carol.
La expresión de Carol era la de alguien que está escuchando algo que no tiene categoría en ninguno de sus archivos.
—FRIDAY —dijo Tony—, ¿qué le está diciendo?
La inteligencia artificial tardó un momento, procesando el español arcaico a través de capas de contexto histórico.
—Dice —respondió FRIDAY, con su acento neutro y ligeramente desconcertado—: que si este reino tiene dragones que necesiten ser vencidos, le hará el favor de indicarle dónde se encuentran, porque su lanza, aunque humilde en apariencia, ha sabido siempre encontrar el corazón donde la deshonra vive.
Silencio en el piso decimocuarto.
—Claro —dijo Tony Stark—. Claro que sí. Un caballero andante. Perfecto. Exactamente lo que necesitábamos.
Fury no respondió. Seguía mirando la pantalla donde Carol Danvers, veterana de guerras cósmicas, comandante probada en tres galaxias, le estaba diciendo algo al hombre de la armadura oxidada con una expresión que Fury, en todos sus años leyendo personas como documentos clasificados, no fue capaz de identificar del todo.
Puso el café sobre la mesa.
Seguía sin haberle dado un sorbo.
—Tráiganlos adentro —dijo.