La oficina de Nick Fury en el piso catorce no tenía ventanas.
Era una decisión arquitectónica deliberada, no una limitación. Fury había rechazado personalmente los planos originales que incluían dos paneles de cristal blindado con vista al Hudson. Las ventanas dan a la gente algo en qué mirar cuando debería estar pensando. Fury había aprendido esto en Kandahar, en 1994, de un general que perdió seis hombres porque estaba mirando la puesta de sol en el momento equivocado.
Así que la oficina era un cubo. Cuatro paredes, techo, suelo, luz artificial calibrada a 400 lux exactos porque la fatiga ocular produce errores de lectura y los errores de lectura matan. Un escritorio de acero militar sin cajones decorativos. Una pantalla de cuarenta pulgadas montada en la pared del norte. Dos sillas, una para él y una para quien necesitara escuchar algo que no quería oír.
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