A las once de la noche del martes, cuando el garaje llevaba ya dos horas en silencio y Rocinante había conseguido su avena y Don Quijote dormía por fin en la habitación del piso veintidós con la armadura colgada en el perchero como si fuera un traje ordinario de un hombre ordinario, Tony Stark estaba en su laboratorio privado y no podía dormir.
Esto no era inusual. Lo inusual era el motivo.
Normalmente no podía dormir porque tenía dieciséis proyectos en marcha simultáneos y su cerebro no distinguía entre las tres de la madrugada y las tres de la tarde. Normalmente no podía dormir porque había algo que soldar, algo que calcular, algo que mejorar en el sistema de propulsión del ala izquierda que FRIDAY había señalado como subóptima en un cuatro punto siete por ciento y ese cuatro punto siete por ciento era inaceptable. Normalmente no podía dormir porque el silencio del laboratorio era preferible al silencio del dormitorio, que era otro tipo de silencio completamente distinto y más difícil de habitar.
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