La lluvia había parado a medianoche.
Diego lo tomó como una señal, aunque llevaba suficientes semanas en Westeros para saber que este mundo no ofrecía señales, solo consecuencias. El cielo despejado significaba únicamente que los guardias podrían ver mejor y que el barro de los callejones amortiguaría menos el ruido de sus pasos. Nada más. Ningún dios de ningún panteón le estaba haciendo un favor.
Aun así, se amarró la capa con un nudo que podía deshacer con una sola mano, comprobó el filo de su espada en la oscuridad con el pulgar de la mano izquierda, y pensó: bien. Cielo despejado. Que me vean venir.
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