El puesto de cuerdas de Morro el Cordero ocupaba el extremo más oscuro del mercado del puerto, donde los puestos de especias cedían paso al olor de la brea y el yute húmedo. Era el tipo de rincón donde los mercaderes iban a comprar lo que necesitaban sin que nadie se molestara en preguntarles para qué.
Diego lo supo en cuanto la vio.
No porque la figura fuera amenazante, aunque lo era, de una manera compacta y económica que reconoció de inmediato como el tipo de peligro que no necesita anunciarse. Sino porque una niña de doce años sentada sola en el extremo más oscuro de un mercado portuario, examinando rollos de cuerda de cáñamo con la expresión de un generalísimo revisando un mapa de campo, no encajaba en ninguna categoría razonable de la casualidad.
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