Marcelino Carasco llegó un miércoles a las dos de la tarde con un aro de luz LED de sesenta centímetros de diámetro, un micrófono de condensador en estuche acolchado, y la expresión específica de alguien que ha tomado ya la decisión más importante antes de abrir la boca.
Sancho lo vio aparecer en el umbral de la oficina compartida —ese espacio de coworking en SoMa que pagaban cuatrocientos dólares al mes entre los dos por acceso a una mesa plegable y WiFi que caía dos veces por semana— y supo de inmediato que el hombre era peligroso. No de la manera que lo eran los inversores, con sus silencios calibrados y sus preguntas disfrazadas de interés. Este era peligroso de otra forma: con la peligrosidad específica de alguien que cree que entender algo le da derecho sobre ello.
Era alto, de unos treinta y ocho años, con el tipo de barba recortada que requiere más mantenimiento que afeitarse por completo pero que comunica descuido intelectual deliberado. Llevaba una camiseta con la frase TECH IS NOT NEUTRAL en tipografía Helvetica, lo cual era, consideró Sancho, exactamente el nivel de ironía que no llega a ser irónico. Cargaba además una mochila de cuero marrón de la que asomaba un libro de Hannah Arendt con el lomo sin doblar.
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