Chapter One: The Commission from a Man Who Quotes Books That Do Not Exist

El hombre llegó en el mes en que la ciudad huele a papel mojado, cuando las librerías del centro sacan sus fondos de depósito a las veredas y los transeúntes caminan entre columnas de libros como si atravesaran una ruina reciente. Vidal estaba en el tercer piso de su edificio, revisando los planos de un encargo menor —un corredor de siete metros para el sueño ansioso de un contador que deseaba, por razones que no había explicado y que Vidal no había preguntado, un espacio sin bifurcaciones— cuando escuchó la puerta del edificio abrirse con el sonido específico de una bisagra que ha decidido resignarse.

No había timbre. Vidal no recibía visitas de otro modo que no fuera este: la persona capaz de encontrar el edificio era, por esa misma razón, alguien con quien valía la pena hablar.

Escuchó los pasos en la escalera: lentos, deliberados, con la cadencia de alguien que sube no porque tenga prisa por llegar sino porque se ha tomado el trabajo de venir y piensa completarlo con dignidad. Cuando el hombre apareció en el umbral del estudio, Vidal lo reconoció de inmediato, aunque nunca se habían visto. Había cierto tipo de persona que una ciudad produce una sola vez por generación, y Hadad era ese tipo de persona: alto, extraordinariamente delgado, vestido con la clase de traje que no envejece porque nunca fue nuevo, con unos ojos que miraban los objetos del cuarto con la expresión de quien revisa el índice de un libro que ya conoce.

Llevaba un bastón que no usaba para apoyarse. Lo sostenía ligeramente elevado, como si lo hubiera traído por cortesía hacia alguna convención que ya no recordaba con exactitud.

—Señor Vidal —dijo, y su voz tenía la textura de una página vieja: algo entre la sequedad y la permanencia—. Me han dicho que usted trabaja en profundidades que otros colegas suyos consideran inadvisables.

—Me han dicho cosas peores —respondió Vidal, y señaló la única silla que no estaba cubierta de planos.

Hadad se sentó con la parsimonia de quien ha calculado cuántos movimientos le quedan y prefiere no desperdiciarlos. Apoyó el bastón en el reposabrazos, entrelazó los dedos sobre el regazo —manos largas, amarillentas en las articulaciones, que recordaban a Vidal ciertos mapas topográficos— y examinó el cuarto con una demora que no era descortesía sino evaluación.

El estudio era una acumulación de instrumentos que los gremios de sueño llamaban, con una imprecisión que Vidal encontraba útil, el taller. Sobre las mesas había compases de geometría onírica, calibradores de profundidad estratal, tres modelos en escala de laberintos que Vidal había construido para otros y conservaba porque toda obra revela, tarde o temprano, algo que el arquitecto ignoraba sobre sí mismo. En la pared del fondo, enmarcada y bajo vidrio como si fuera un diploma, colgaba una sola hoja: el registro profesional que la Ciudad había emitido quince años atrás, cuando Vidal había aparecido —así decía, exactamente, la documentación complementaria: aparecido— en los archivos del Gremio de Arquitectos Oníricos. El certificado consignaba su nombre, su especialización en construcción de laberintos habitables, y una dirección que correspondía a este edificio, cuyos planos completos Vidal aún no había logrado establecer.

Hadad miró el certificado con una expresión que podría haber sido reconocimiento.

—El Gremio —dijo— fue fundado, según el acta que he tenido ocasión de consultar, en el año en que un arquitecto llamado Urrecha construyó para sí mismo un sueño tan sólido que no pudo despertarse de él. Tuvo que contratar a un colega para que demoliera la sala principal. Desde entonces el oficio se ejerce con licencia. —Hizo una pausa que Vidal comprendió era meramente retórica—. Aunque sospecho que usted sabe esto.

—Sé que existe el Gremio —dijo Vidal—. Lo que usted sabe de él me resulta más interesante.

Hadad sonrió con la mitad de su boca que todavía colaboraba con ese tipo de gestos.

—He tenido acceso a ciertas fuentes. Tengo el hábito de coleccionar libros que no deberían existir y de leerlos con la misma seriedad con que otros leen los que sí existen. Hay un tratado —atribuido, con la imprecisión habitual, a un tal fray Iluminado de Murcia, aunque los especialistas discuten si Murcia le corresponde a él o a otro— que describe el oficio de los arquitectos oníricos tres siglos antes de que hubiera alguna evidencia de que el oficio existía. Precursores, diría usted. Yo diría, con mayor cuidado, que hay libros que no describen el mundo sino que lo instruyen.

Vidal puso a un lado los planos del contador. Cruzó los brazos sobre la mesa y esperó.

En la ciudad —en aquella ciudad que podría llamarse Buenos Aires o podría llamarse su propia sombra proyectada hacia el sur, según el humor del cartógrafo que la nombrara— el comercio de los sueños era una industria establecida, aunque nunca del todo regulada. Los arquitectos oníricos construían espacios por encargo: corredores donde los deudores podían enterrar sus vergüenzas bajo estratos de olvido administrado, jardines donde los insomnes encontraban un descanso que la vigilia les negaba, y a veces, para los clientes con recursos suficientes y ambiciones suficientemente oscuras, laberintos de varios niveles donde era posible recuperar lo que la memoria ordinaria sepultaba. La Bolsa Onírica operaba en un edificio de vidrio en el centro de la ciudad, y sus corredores llevaban trajes que olían a cloral y a cuero de agenda, y cotizaban en tiempo de sueño con la misma fluidez especulativa con que otros mercados cotizaban en cobre o en trigo.

Vidal trabajaba en los márgenes de esa economía. Sus laberintos eran más profundos, más complejos, y más caros, en el sentido de que el costo nunca era únicamente monetario. Sus clientes pagaban también con información sobre lo que necesitaban encontrar, y esa información era, invariablemente, la parte del trato que les resultaba más difícil de entregar.

—Tengo un encargo —dijo Hadad, como si anunciara el título de un capítulo—. Es posible que sea el más ambicioso que se le haya propuesto en su carrera, aunque eso depende de qué entienda usted por carrera. —El tono era perfectamente llano. Hadad era de los hombres que ofrecen lo extraordinario con la misma cadencia con que otros piden la sal—. Necesito que usted penetre, dentro de mi propio inconsciente, siete estratos de sueño. Y que extraiga, del séptimo, un manuscrito.

Vidal no cambió de postura.

—Los siete estratos están documentados teóricamente —dijo—. Nadie ha llegado al séptimo y regresado con algo que pueda verificarse.

—Nadie ha regresado con el manuscrito correcto —dijo Hadad—. Hay registros, en fuentes que me reservo el derecho de no citar ante testigos, de intentos previos. El problema no era la profundidad. Era el objeto buscado. Cuando uno busca algo que no sabe que existe, no lo encuentra aunque lo tenga en la mano.

—¿Y usted sabe que este manuscrito existe?

—Estoy muriendo —dijo Hadad, con la misma neutralidad con que habría dicho que estaba cansado—, de lo que mis médicos han caracterizado, con una imprecisión que los honra, como un exceso de arquitectura interior. He pasado mi vida coleccionando libros que otros han juzgado imposibles. He llegado a la conclusión, quizás inevitable para quien se dedica a eso, de que el libro que me interesa más es uno que yo nunca escribí pero que existe, completo, en algún pliegue de mi mente que la vigilia no alcanza. No es una metáfora. Es una descripción topográfica.

Afuera, la ciudad producía sus sonidos habituales: tráfico, palomas, el grito remoto de un vendedor de algo que nadie necesitaba. Vidal pensó en el plano del contador, en el corredor sin bifurcaciones, en la tranquilidad técnica de una comisión que no exigía nada excepto precisión.

—¿Qué clase de manuscrito? —preguntó.

—Una obra —dijo Hadad— sobre la naturaleza de lo imaginado. La tesis central, según mis deducciones —pues no he podido leerlo todavía, como es evidente—, es que la imaginación no imita la realidad, sino que la precede. Que todo lo que existe fue primero pensado por alguien que quizás no existía aún. —Abrió las manos sobre el regazo, un gesto breve que Vidal leyó como la versión reducida de un encogimiento de hombros—. Soy consciente de que no es una idea original. Pero hay una diferencia entre tener una idea y ser su demostración.

Vidal se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí podía ver una porción de la calle y, más allá, el edificio de la Bolsa Onírica, cuya cúpula de vidrio reflejaba el cielo con la fidelidad inexacta de quien repite de memoria algo que escuchó una vez. En los quince años que llevaba en ese estudio —o en los quince años que podía documentar que llevaba en ese estudio, que no era exactamente lo mismo— había rechazado comisiones por exceso de profundidad, por riesgo estructural, por clientes que no entendían que un laberinto onírico podía conservar al visitante si sus paredes eran suficientemente sólidas y el visitante suficientemente débil. Nunca había rechazado una comisión por razones que pudieran describirse como miedo. La distinción le importaba, aunque no habría podido explicar del todo por qué.

—Hay algo que debería decirle —dijo Hadad, detrás de él.

Vidal no se volvió.

—El manuscrito —continuó Hadad—, tal como he podido reconstruir su contenido mediante fuentes indirectas, contiene al menos un aparato crítico. Notas al pie, referencias. Como corresponde a una obra de esa naturaleza. —Una pausa breve, calculada—. En una de esas notas al pie aparece un nombre. El nombre de un arquitecto de laberintos oníricos, sin mayor biografía documentada, que ejerce el oficio en una ciudad que el texto no especifica con precisión pero cuya descripción coincide con algunas características de este lugar.

Ahora Vidal se volvió.

Hadad lo miraba con la ecuanimidad de alguien que ha depositado un objeto costoso sobre una mesa y espera, sin ansiedad, que el otro lo recoja.

—El nombre —dijo Vidal.

—Vidal —dijo Hadad.

El cuarto no cambió. Los compases siguieron sobre las mesas, el certificado siguió en su marco, el modelo del laberinto del contador siguió sin bifurcaciones sobre el anaquel del rincón. Afuera, una paloma aterrizó en el alféizar y lo examinó con el empirismo indiferente que caracteriza a esa especie. Vidal comprendió, con la clase de comprensión que no requiere asombro para ser completa, que había aceptado la comisión antes de que Hadad terminara de formular el nombre. Que posiblemente la había aceptado en el momento en que escuchó la bisagra de la puerta, o antes, en algún punto que los instrumentos de su oficio no alcanzaban a medir.

Se sentó de nuevo y abrió el cajón izquierdo del escritorio. Sacó un formulario del Gremio —el papel con filigrana azul que certificaba el inicio de una comisión, que consignaba la profundidad máxima del encargo y las condiciones de rescisión— y lo puso sobre la mesa.

—Siete estratos —dijo, y su voz sonó, incluso para él, como la lectura en voz alta de un texto ya escrito—. El precedente más cercano es de cuatro. El arquitecto que lo intentó tardó dieciséis meses en completar el ascenso y describió el quinto estrato, en la única entrevista que concedió antes de retirarse del oficio, como un lugar donde las decisiones técnicas dejan de pertenecerle al arquitecto.

—Sí —dijo Hadad—. He leído esa entrevista.

—El honorario —dijo Vidal— será discutido en una reunión separada. Necesitaré tres colaboradores. Una cartógrafa, un especialista en memoria, y alguien que pueda procesar lo que los dos primeros no puedan clasificar. —Tomó una pluma. La sostuvo sobre el papel sin escribir todavía—. Una pregunta.

—Las que necesite.

—La nota al pie —dijo Vidal—. ¿Dice únicamente el nombre?

Hadad inclinó levemente la cabeza, como quien concede que la pregunta merece consideración.

—Dice el nombre —respondió—, y a continuación una frase que mis fuentes transcriben de manera inconsistente. Según una versión, dice: véase también la obra del mismo. Según otra versión, dice: véase también la existencia del mismo. —El bastón resbaló ligeramente contra el reposabrazos; Hadad lo recogió sin mirar, con la automaticidad de quien ha realizado ese gesto muchas veces—. No he podido determinar cuál de las dos lecturas es la correcta. Eso también forma parte de lo que necesito que usted encuentre.

Vidal escribió su nombre en el formulario. Lo escribió con la letra precisa y algo mecánica con que lo había escrito durante quince años en cientos de documentos, y por primera vez le prestó atención a la firma como si fuera una cita de algo que no había leído.

Después extendió el papel hacia Hadad, quien sacó de la solapa de su traje una pluma propia —antigua, de émbolo, con el capuchón ligeramente manchado de tinta— y firmó sin inclinarse para releer lo que firmaba, con la confianza de alguien que conoce el contenido de los contratos porque los ha imaginado antes de que existieran.

—Hay una cosa más —dijo Hadad, devolviéndole el papel—. Una cuestión menor, aunque quizás relevante para sus cálculos estructurales. —Se puso de pie lentamente, recogió el bastón con ambas manos—. Los médicos estiman que me quedan entre dos y cuatro meses de lo que ellos llaman conciencia operativa. Lo cual significa —añadió, en el tono de alguien que lee el horario de un tren— que deberemos comenzar pronto.

Acompañó a Hadad a la escalera. Lo vio bajar con la misma cadencia con que había subido: sin urgencia, sin la clase de cuidado que revela el miedo a caer, sino con la atención de alguien que desea que cada paso cuente como acto deliberado. Cuando la puerta del edificio se cerró abajo, Vidal regresó al estudio y se quedó de pie frente al certificado del Gremio.

El documento era una hoja de papel estándar, emitida por la Secretaría de Oficios Oníricos, con el sello municipal y la firma de un funcionario cuyo nombre Vidal nunca había investigado porque nunca le había parecido necesario. Consignaba su nombre, la fecha de registro —quince años atrás, en abril, en el mes en que la ciudad huele a papel mojado— y una descripción sumaria de su especialización. Debajo, en letras más pequeñas, el número de habilitación y la dirección de este edificio.

No había nada más. No había fecha de nacimiento, no había mención de estudios, no había referencia a ninguna institución formadora. Cuando el Gremio le había preguntado, en la única entrevista de registro que conservaba en un archivador, dónde había realizado su formación, Vidal había respondido con el nombre de la Escuela de Geometría Soñada, y el funcionario lo había consignado sin levantar la vista, con la eficiencia burocrática de quien anota lo que se le dice porque verificarlo no es su problema. Vidal nunca había encontrado otro documento que mencionara esa escuela. Tampoco había encontrado ningún documento que estableciera que no existía, lo cual, había decidido en algún momento de los últimos quince años, era una forma de existencia que él mismo conocía bien.

Volvió a la mesa. Puso el formulario firmado en el archivador donde guardaba los contratos activos, junto a los planos del contador y tres comisiones menores que tendría que delegar o demorar.

Después abrió una libreta nueva —tenía el hábito de usar libretas nuevas para cada comisión mayor, porque las páginas en blanco ofrecían una resistencia que le resultaba honesta— y escribió en la primera página las palabras que escribía siempre al inicio de un encargo: profundidad estimada, condiciones del cliente, anomalías previstas.

Bajo anomalías previstas escribió, sin detenerse: el arquitecto aparece en el objeto buscado. Y luego, debajo, con la letra ligeramente más pequeña que usaba para las notas secundarias: determinar si esto constituye una anomalía o una condición de origen.

Afuera, la ciudad seguía oliendo a papel mojado. Alguien, en la calle, estaba vendiendo libros que posiblemente nadie compraría, y el sonido de las páginas al ser pasadas llegaba hasta el tercer piso con la intermitencia de algo que intenta comunicar algo que aún no sabe cómo decir.

Like this novel?

Create your own AI-powered novel for free

Get Started Free
Chapter One: The Commission from a Man Who Quotes Books That Do Not Exist — El Arquitecto de la Única Sombra | GenNovel