El estudio de Selin ocupaba el piso completo de un edificio en una calle que los mapas de la ciudad consignaban con un nombre y los vecinos llamaban por otro, como suele ocurrir con los lugares que han decidido tener una vida privada. Vidal llegó a las diez de la mañana con una descripción del encargo escrita en dos páginas y la conciencia de que Selin ya sabría más de la mitad de lo que esas páginas contenían. Era una certeza que no lo incomodaba. En su experiencia, los colaboradores que llegaban sabiendo menos de lo previsto constituían el verdadero riesgo operativo.
Llamó a la puerta con tres golpes. No había timbre.
Nadie respondió durante lo que Vidal calculó en treinta segundos, que en ausencia de respuesta tienen la densidad de un minuto y medio. Luego escuchó, desde adentro, el sonido específico de alguien que no se está apresurando porque ha decidido que la prisa es un argumento que no le interesa sostener. La puerta se abrió. Selin llevaba una camisa de trabajo manchada de algo que podría haber sido grafito o podría haber sido tinta de un tipo que Vidal no supo identificar. Sus ojos, abiertos y orientados levemente hacia la derecha del punto donde él se encontraba, tenían la cualidad de ciertas ventanas que dan a patios interiores: presentes, pero abocados a otra geometría.
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