El café no estaba donde Vidal lo había buscado la primera vez. Esto, según le había explicado Ferrán en su único intercambio epistolar, era una condición del establecimiento y no un defecto de la memoria: el dueño, un hombre de Trieste que respondía al nombre de Broz y que consideraba la fidelidad topográfica una forma de pereza intelectual, reubicaba el local cada tres o cuatro meses a una dirección nueva del mismo barrio, sin aviso previo ni señalización adicional, confiando en que los clientes que valía la pena conservar desarrollarían el hábito de buscarlo. Los que no lo encontraban, razonaba Broz, tampoco habrían apreciado el café.
Vidal lo encontró en una calle perpendicular a donde lo recordaba, ocupando el local que había sido, sucesivamente, una ferretería y una sede de un partido político disuelto. Tenía cuatro mesas. Ferrán estaba en la del fondo, frente a la pared, con un maletín de cuero oscuro abierto sobre la silla vacía y una mujer de unos sesenta años sentada frente a él con los ojos semicerrados y las manos extendidas sobre la mesa, las palmas hacia arriba, en una postura que en otro contexto podría haber parecido de rendición o de plegaria.
Vidal ocupó la mesa adyacente, pidió café al único mozo visible y observó.
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