La primera página describía una ciudad.
No la nombraba, pero la descripción era suficientemente precisa para que cualquier habitante de cierta ciudad austral la reconociera con la incomodidad de quien encuentra su dirección impresa en un documento que no ha firmado. Una ciudad donde los libreros colocan mesas en las aceras durante una estación cuyo nombre el texto no especificaba pero cuya cualidad lumínica —"oblicua, levemente avergonzada de sí misma, propia de un sol que ilumina por costumbre más que por convicción"— resultaba inconfundible. Una ciudad que podía ser Buenos Aires o podía ser su reflejo especular, distinción que el manuscrito trataba, en una nota marginal escrita con letra más pequeña que el cuerpo principal pero en la misma tinta, como filosóficamente irrelevante.
Vidal leyó el primer párrafo en voz alta. No por elección: sus labios se movieron antes de que tomara la decisión de hablar, como si el texto activara un mecanismo vocal que él no controlaba del todo.
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