La librería olía a derrota y a humedad, que en el fondo son el mismo olor.
Rodrigo Saavedra llegó un martes a las seis de la tarde, cuando el sol de diciembre todavía golpeaba las baldosas de Palermo con esa crueldad característica del verano porteño que se anuncia antes de tiempo. La persiana de Librería El Margen estaba a medio bajar, como un párpado demasiado cansado para abrirse del todo o para cerrarse de una vez. En el vidrio alguien había pegado un cartel escrito a mano con marcador negro: LIQUIDACIÓN TOTAL. TODO TIENE QUE IRSE. Debajo, con letra más pequeña y distinta caligrafía, como si lo hubiera agregado otra persona en otro momento: Treinta años. Gracias y perdón.
Rodrigo leyó el cartel dos veces. Entró.
Adentro había seis personas distribuidas entre las mesas plegables donde se amontonaban los libros sin orden aparente, como náufragos que hubieran llegado cada uno desde un naufragio distinto. Un hombre mayor revisaba filosofía continental con los anteojos en la punta de la nariz. Una chica joven fotografiaba lomos con el celular sin comprar nada. En el rincón del fondo, detrás de una caja registradora que llevaba años siendo decoración, Jorge Somigliana —el dueño, setenta y dos años, bigote blanco, la expresión de alguien que acaba de entender un chiste que ya no le da risa— envolvía libros en papel de diario sin que nadie se los hubiera pedido.
—Rodrigo —dijo Somigliana sin levantar la vista.
—Jorge.
—Viniste a chupar del cadáver.
—Vine a despedirme.
—Sí —dijo Somigliana—. Todos dicen lo mismo y después se llevan tres libros a cincuenta pesos cada uno. No me ofende. Es lo que toca.
Rodrigo no respondió. Empezó a caminar entre las mesas con esa mezcla de respeto y codicia que solo se siente en una librería que agoniza, donde los libros han perdido su precio pero todavía no han perdido su peso. Había novelas en inglés sin traducir que alguien trajo de un viaje y nunca leyó. Había manuales de psicología de los noventa con el lomo partido. Había una sección entera de poesía latinoamericana que alguien había armado con criterio y amor y que ahora se liquidaba a diez pesos el ejemplar, precio que constituía, pensó Rodrigo, una declaración filosófica sobre el valor de la lírica en el mercado contemporáneo.
Tomó un Vallejo. Lo abrió en cualquier página. Leyó: *Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.* Lo dejó donde estaba. Ya tenía ese libro. Ya tenía ese golpe.
Siguió caminando.
La mesa del fondo era la más caótica: libros sin clasificar, revistas literarias de los noventa con las tapas despegadas, catálogos de editoriales que ya no existían. Rodrigo revolvió sin convicción, con los dedos ennegreciéndose de polvo, cuando lo sintió antes de verlo. Un objeto que no pertenecía al desorden circundante, que tenía una especie de quietud extraña, como si el caos a su alrededor lo evitara por cortesía o por miedo.
Era un cuaderno negro.
Tapas duras, desgastadas en las esquinas pero sin roturas. Tamaño cuartilla. Sin título en la portada, sin nombre de editorial, sin el código de barras que hoy viene pegado en todo como una condena. La tapa tenía la textura del cuero viejo, o de algo que quería parecer cuero sin ser exactamente eso. Rodrigo lo tomó. Lo sopesó. Lo abrió.
Las páginas estaban en blanco.
No en el blanco nuevo de los cuadernos sin usar, sino en un blanco que parecía haber contenido algo en algún momento y haberlo olvidado. Un blanco con memoria. Rodrigo pasó veinte páginas, cuarenta, buscando alguna marca, alguna inscripción, la letra nerviosa de un propietario anterior. Nada. Solo esa blancura particular que a él, que llevaba once años frente a páginas que se resistían a llenarse, le produjo algo parecido al vértigo.
—¿Cuánto vale esto? —le preguntó a Somigliana desde el fondo.
El librero ni miró.
—¿Un cuaderno negro?
—Vacío. Sin título.
Una pausa. El ruido del papel de diario.
—Lléveselo —dijo Somigliana—. Los cuadernos vacíos ya no me sirven para nada.
Rodrigo lo puso bajo el brazo.
Salió a la calle con el cuaderno y sin haber comprado nada más, lo cual era una forma de honestidad que raramente se permitía. El sol ya había bajado dos tonos. En la esquina, tres pibes jugaban a la pelota contra la pared de un edificio con el cartel de SILENCIO que siempre ignoran los que más necesitan ignorarlo. Un colectivo pasó echando humo negro. Alguien había pegado un afiche político sobre otro afiche político y el resultado era una figura de dos cabezas que sonreía con cuatro filas de dientes.
Buenos Aires en diciembre, pensó Rodrigo. La ciudad más melancólica cuando hace calor.
Caminó los ocho bloques hasta su departamento en Palermo cargando el cuaderno contra el costado como si fuera algo que pudiera romperse, o escaparse.
Vivía en un cuarto piso sin ascensor en la calle Thames, en un departamento que había sido, en algún momento del pasado, la promesa de un hombre que todavía creía que publicar un libro cambiaba algo. Ahora el departamento era la evidencia de once años de correcciones que nadie había pedido. La sala tenía una biblioteca que ocupaba tres paredes y desbordaba hacia el suelo en torres inestables. Sobre la mesa ratona había tres tazas sucias, un cenicero que él usaba como pisapapeles desde que había dejado de fumar —o desde que había dejado de fumar con regularidad— y el cuaderno de tapas verde oscuro que Rodrigo llamaba el Libro de Agravios, aunque su tapa decía, con letra tipográfica sobria, *Agenda 2019*, que era el año en que lo había comprado y en el que había decidido empezar a anotar con sistematismo las ofensas que el mundo literario le había infligido.
El Libro de Agravios tenía doscientas cuarenta páginas. Ciento ochenta y siete estaban escritas.
Rodrigo dejó el cuaderno negro sobre la mesa, entre las tazas y el cenicero. Fue a la cocina. Abrió la heladera por hábito y no por hambre. Dentro había media cebolla envuelta en film, un yogur con fecha vencida y un tetrapak de Malbec del cual quedaba aproximadamente un tercio, que era la unidad de medida en que Rodrigo calculaba el tiempo que faltaba para acostarse.
Sirvió en un vaso de vidrio grueso —nunca en copa, las copas eran para la gente que quería fotografiar lo que tomaba— y volvió a la sala.
Se sentó. Miró el cuaderno negro.
Lo abrió de nuevo, ahora bajo la lámpara, y pasó las páginas más despacio. Sintió algo que no supo nombrar del todo: no exactamente expectativa, porque había aprendido a desconfiar de esa emoción, sino algo más antiguo y más físico, como el momento antes de que truene, cuando el aire cambia de consistencia.
Cerró el cuaderno. Tomó un largo trago de Malbec. Tomó el Libro de Agravios y lo abrió en la primera página, que estaba fechada el tres de marzo de dos mil diecinueve y comenzaba con la frase: *Castex publicó hoy en El País Cultural una reseña de Mendoza que demuestra una vez más que en este mundo se premia la complicidad con el poder y se llama estilo a la complacencia sistemática con los que ya tienen nombre.*
Rodrigo leyó esa frase y sintió, como siempre que la leía, que era exactamente verdad y que esa exactitud no le servía para nada.
Fue entonces que oyó el encendedor.
El clic era inconfundible. El sonido de un encendedor de metal, de los viejos, de los que pesan en el bolsillo. Rodrigo levantó la vista hacia la puerta de la cocina.
Había un hombre en el umbral.
O algo que tenía la forma y las proporciones de un hombre. Estaba apoyado contra el marco con la comodidad de quien lleva mucho tiempo en un lugar y solo ahora se molesta en hacerse notar. Fumaba. El cigarrillo era de los que ya no se consiguen en Argentina, sin filtro, del tipo que huele a tabaco de verdad y no a la simulación de tabaco que venden en los kioscos. Tenía edad indeterminada de la manera más radical posible: no era joven ni viejo, era simplemente alguien que había dejado de llevar la cuenta. Vestía ropa que podría haber sido de cualquier década del siglo veinte. Sus ojos tenían la expresión de alguien que ha leído todo lo que se ha escrito y ha sacado conclusiones moderadamente desfavorables para la especie.
Rodrigo no gritó. Se preguntó, con cierta distancia analítica, si debería gritar, y decidió que no, porque gritar implicaba una certeza sobre la realidad de lo que estaba viendo que todavía no estaba en condiciones de asumir.
—¿Cómo entró? —preguntó.
El hombre —la cosa, la aparición, el visitante— exhaló humo hacia el techo con la parsimonia de alguien que no tiene prisa porque el tiempo, para él, es una categoría negociable.
—Por la misma puerta que entró el cuaderno —dijo.
Tenía voz de persona que habla poco porque ya ha dicho todo lo importante y está esperando que los demás terminen de ponerse al día. Un acento que no era de ningún lugar específico, o que era de todos los lugares con igual indiferencia.
—El cuaderno entró porque me lo regalaron —dijo Rodrigo.
—Nadie regala ese cuaderno —dijo el hombre—. Ese cuaderno se encuentra. Hay una diferencia, y la diferencia importa, aunque en la práctica el resultado sea el mismo.
Rodrigo miró el cuaderno negro sobre la mesa. Miró al hombre en el umbral. Tomó otro trago de Malbec con la deliberación de alguien que está calculando si la situación requiere sobriedad o si la sobriedad, en este caso particular, sería una desventaja táctica.
—¿Quién es usted? —preguntó.
El hombre consideró la pregunta como si fuera la más aburrida de las posibles, que quizás era.
—Puede llamarme El Corrector —dijo—. Todos terminan llamándome algo. Ese nombre tiene la ventaja de ser aproximadamente descriptivo.
—¿Corrector de qué?
—De lo que queda sin corregir. —Una pausa. Otra larga exhalación de humo—. El cuaderno tiene reglas. Se las digo una vez. Después usted hace lo que quiere, que es lo que hacen todos, y el resultado es invariablemente instructivo.
Rodrigo abrió la boca. La cerró. Decidió que, si esto era una crisis nerviosa —opción que seguía sobre la mesa con plena vigencia científica—, la mejor manera de procesarla era tomar nota. Era, después de todo, escritor. O lo había sido. O lo seguía siendo en el sentido en que uno sigue siendo zurdo aunque no haya escrito nada en meses.
—Las reglas —dijo.
El Corrector asintió con la cabeza, o algo que se parecía suficientemente a un asentimiento.
—Escribe un nombre. Piensa en la cara. Esa persona muere antes del amanecer. —Tiró el cigarrillo al suelo del departamento de Rodrigo y lo aplastó con el zapato con una familiaridad que Rodrigo encontró más perturbadora que todo lo demás—. Eso es todo.
—¿Sin condiciones? ¿Sin costo?
—Hay un costo —dijo El Corrector—. Pero no se lo digo ahora. Si se lo dijera ahora, cambiaría la dinámica del experimento.
—¿Qué experimento?
Pero El Corrector ya no estaba en el umbral. Estaba, sin transición apreciable, sentado en el sillón del rincón que Rodrigo usaba para amontonar los manuscritos que no había terminado, con un cigarrillo nuevo encendido y la expresión de quien se instala para una función larga.
Rodrigo lo observó durante diez segundos completos. Luego miró el cuaderno negro. Luego volvió a mirar al ser en el sillón.
—¿Puedo escribir cualquier nombre? —preguntó.
—Cualquier nombre de otra persona —dijo El Corrector, y algo en la manera en que enfatizó *otra* sugería que esta distinción no era menor.
Rodrigo tomó el cuaderno. Lo abrió en la primera página. Tomó el lapicero que tenía sobre la mesa —uno de los BIC azules que usaba para corregir las redacciones de sus alumnos— y escribió, con letra clara y deliberada, su propio nombre.
*Rodrigo Saavedra.*
Esperó.
El Corrector no dijo nada, pero Rodrigo tuvo la impresión de que algo en su expresión se movió en la dirección de lo que en otro ser hubiera sido una sonrisa.
Pasaron dos minutos. Rodrigo siguió vivo. El departamento siguió igual de desordenado. El Malbec siguió siendo barato.
—Ajá —dijo Rodrigo.
—Ajá —repitió El Corrector, sin inflexión.
Rodrigo entendió. Era simple, en realidad: el arma no podía apuntar hacia adentro. Era, pensó con la parte de su cerebro que nunca dejaba de hacer crítica literaria incluso en los peores momentos, un dispositivo narrativo clásico. La regla que define los límites del poder define también su naturaleza.
Miró el nombre que había escrito. *Rodrigo Saavedra.* Su propio nombre en el cuaderno de algo que coleccionaba muertos. Había algo en eso que le hubiera parecido poético si no le hubiera parecido, simultáneamente, deprimente y ligeramente ridículo.
Pasó la página. La página siguiente estaba en blanco, esperando con esa paciencia específica que tienen las páginas en blanco, que es la paciencia de algo que no tiene nada que perder.
Rodrigo tomó el Libro de Agravios. Lo abrió en la primera entrada. Lo cerró. Lo abrió en la última, que estaba fechada tres semanas atrás y decía: *Voss no contestó el correo. Oncena vez. Cuento los días porque nadie más lo hace.*
Lo cerró de nuevo.
Fue hasta la biblioteca y buscó entre los lomos hasta encontrar lo que buscaba: un número de revista literaria de dos mil trece, una publicación madrileña de las que se imprimían en papel crema y se tomaban muy en serio. Lo sacó. Lo abrió en una página marcada con un clip que llevaba once años en ese lugar exacto.
El artículo se llamaba *La analfabetización de la sinceridad: sobre una novela argentina que no debió escribirse*.
Autor: Hernán Castex.
Rodrigo leyó la primera oración, como había leído esa primera oración cientos de veces en once años, con la misma mezcla de fascinación y náuseas que produce el veneno cuando uno ya conoce sus efectos pero sigue sin poder resistir el olor.
Luego miró el cuaderno negro.
El Corrector, desde el sillón, encendió otro cigarrillo. En el cenicero que servía de pisapapeles, la colilla del primero seguía humeando apenas, como un signo de puntuación que todavía no había decidido qué frase terminaba.
Afuera, en la calle Thames, uno de los pibes pateó la pelota contra la pared equivocada y el rebote la mandó a la vereda de enfrente. Alguien maldijo. Alguien se rió. El colectivo pasó de nuevo, o era otro colectivo, o era la misma noche repitiéndose en la forma en que las noches se repiten en esta ciudad: con leve variación y sin piedad.
Rodrigo Saavedra, cuarenta y dos años, ex poeta, ex novelista, profesor de redacción para adultos que llegaban a clase después de ocho horas de trabajo y merecían algo mejor de lo que él usualmente tenía para darles, abrió el Libro de Agravios en la página uno y empezó a leer desde el principio.
Lo haría con calma. Era meticuloso en sus rencores. Siempre lo había sido.
Era, en el fondo, lo único que había conservado intacto.