Hay un protocolo no escrito en la Feria del Libro de Buenos Aires para los escritores que ya no son escritores: llegar tarde, marcharse antes del cóctel, no quedarse parado demasiado cerca del cartel con tu nombre porque el cartel no existe. Rodrigo conocía el protocolo. Lo había violado de todas formas.
La sala siete del pabellón principal tenía ese olor característico de los eventos literarios masivos: papel nuevo, perfume de editora, aspiraciones y el sudor honesto de doscientas personas que habían pagado la entrada con la vaga esperanza de que la literatura los salvara de algo. Las sillas plegables estaban dispuestas en filas que nadie respetaba del todo. Rodrigo había entrado diez minutos después del inicio del panel, como era su costumbre cuando se trataba de eventos en los que podría encontrar personas que lo conocían de antes, y se había quedado de pie junto a la columna izquierda, apoyado contra el concreto pintado de blanco, con un vaso de vino blanco malo en la mano. El vino era de esos que las ferias sirven por litros en jarras de plástico trasparente y que tienen el mérito honesto de no pretender ser otra cosa que alcohol con pretensiones de uva.
El panel se llamaba «La crítica como contrato: obligaciones éticas del juicio literario en el siglo XXI». Lo había elegido de la grilla del programa sin preámbulo, como si la mano hubiera actuado sola.
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