La vela era demasiado pequeña para la habitación.
Piedra de Jade la había encendido sin pensarlo, tomándola del candelero de la mesita de noche con el gesto automático de cincuenta años de noches, y solo cuando la llama se estabilizó y proyectó su círculo angosto sobre las paredes lacadas comprendió que no quería más luz que esa. Que esa era exactamente la cantidad de luz que merecía la noche.
Se sentó en el sillón de caoba frente al estante.
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