La oscuridad duró lo que duran las cosas que no tienen remedio: más de lo soportable y menos de lo suficiente.
Camelia estuvo de pie en el corredor del ala norte hasta que sus pies descalzos aprendieron la temperatura exacta de las baldosas, que era la temperatura de algo que nunca recibe sol. Después caminó hacia su cuarto con la vela apagada en la mano, guiándose por la memoria de una casa que en cuatro semanas ya conocía mejor que muchas que había habitado durante años. Esta era la habilidad que nadie le había enseñado porque nadie necesitó hacerlo: saber en qué parte de la oscuridad estás.
Fernanda Olmedo era el nombre de soltera de mi madre.
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