La primera vez que Camelia entró al ala norte sin permiso fue a las tres de la mañana de un miércoles, cuatro días después de la cena con don Evaristo Puch. Llevaba los pies descalzos porque los pies descalzos no crujían igual que las zapatillas, y llevaba consigo únicamente una vela pequeña cuya llama protegía con la mano izquierda, esa mano que sabía curvarse exactamente hasta volverse biombo sin quemar los dedos.
Había esperado cuatro días.
No porque tuviera miedo, sino porque cuatro días era el tiempo que tarda una casa en olvidar que ha sido perturbada. Los sirvientes recuperan sus rutas habituales. La matriarca vuelve a sus ritmos. Los objetos dejan de estar en estado de alerta.
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