Ybarra llegó a las cuatro de la tarde con el olor del puerto pegado a la ropa: grasa de embarcación, sal, algo dulzón que Lucía asoció con la canela y apartó de inmediato de su mente como quien aleja una llama de un papel seco.
Lo vio cruzar el patio desde su ventana. Era un hombre de mediana edad y presencia deliberadamente borrada — el tipo de hombre que aprende a no tener características memorables porque su trabajo consiste en moverse por los espacios que la gente no vigila. Llevaba un sombrero marrón de ala corta. Sus zapatos estaban limpios a pesar del viaje. Eso era todo lo que Lucía pudo observar antes de que Inés, aparecida sin ruido en el umbral de la habitación, dijera simplemente: no te asomes.
Lucía se retiró de la ventana.
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