Chapter 1: The List on the Bar Napkin

Martes, 14 de octubre

Hay una cucaracha muerta debajo de la Olivetti desde hace tres semanas. La he estado observando con el tipo de interés académico que ya no soy capaz de sentir por la literatura. Se está poniendo translúcida. Me parece un logro.

Me llamo Rodrigo Saldaña, tengo cuarenta y tres años, y publiqué una novela en 1997 que fue recibida con el silencio específico de una piedra arrojada a un pozo sin fondo: se escucha el impacto solo si uno espera lo suficiente, y yo esperé, y lo que escuché no fue aplausos sino a Edmundo Villareal dictándole a su secretaria las ocho frases más precisamente crueles de su carrera. Pero llegaremos a eso. Todo a su tiempo. El orden es una virtud que aprendí de los manuales técnicos y aplico, con la devoción de un converso, a todo lo demás.

La pensión de Conchi Bautista ocupa los tres pisos superiores de un edificio color mostaza en la calle Magnolia, Colonia Guerrero, zona de tepacheros y ferreterías y hombres con historias en las que prefieren no insistir. Llevo once años aquí. La habitación es suficiente para una cama, un escritorio, la Olivetti que ya no uso, y la pared norte, que he convertido en lo que León Treviño —si es que algún día viene a verla, lo cual dudo— llamaría una instalación artística y yo llamo simplemente mi archivo de agravios. Recortes de periódico con los cantos amarillados por el tiempo. Fotocopias de suplementos culturales. La hoja mecanografiada de la carta de rechazo de Editorial Almadía, firmada con un garabato indescifrable. Cuatro servilletas de bar plastificadas porque en aquel entonces yo todavía pensaba que debían durar.

La lista está en el centro de la pared, encima del escritorio, sujeta con una chincheta roja que le robé a Conchi hace seis años. Treinta y un nombres. Los he compilado durante diecisiete años con una paciencia que ningún editor mío reconocería como parte de mi carácter, porque ningún editor mío me conoce de verdad, y los editores que aparecen en la lista me conocen aún menos.

Los nombres están escritos en distintas tintas, con distintas caligrafías, en pedazos de papel de distintas texturas: servilletas de La Blanca y del Hostería de Santo Domingo, márgenes arrancados de libros que no merecían su margen, el reverso de una factura de Telmex de 2003, papel higiénico en una ocasión que prefiero no detallar aunque la historia es buena. Es un documento de autoría múltiple en el sentido de que lo escribí en distintas versiones de mí mismo, cada vez más sobrio en la caligrafía y más borracho en el resentimiento. Es, me atrevo a decir, mi mejor trabajo.

Permítame ser preciso sobre la naturaleza de mis agravios, porque la precisión es lo único que me queda y tengo la costumbre de conservar lo que queda.

En 1994 terminé la novela que había estado escribiendo desde los veintitrés años. Se llamaba Las provincias del sueño. Era, y esto lo digo ahora con la serenidad de quien ha tenido veinte años para calibrar el juicio, una novela buena. No extraordinaria. No el tipo de cosa que cambia el curso de las letras mexicanas o merece que Bolaño la mencione en un ensayo. Pero buena: con sus noventa y cuatro páginas cuidadas como bonsáis, su historia de un topógrafo en el desierto de Sonora que empieza a medir distancias que no existen en ningún mapa oficial, y sus tres o cuatro párrafos que, me permito creer, son párrafos de verdad, del tipo que uno escribe una vez en la vida si tiene suerte y dos veces si tiene algo más que suerte.

Tardé dos años en encontrar editor. El primero que la aceptó era una editorial pequeña de la colonia Narvarte que quebró seis meses antes de la fecha de publicación acordada. El segundo era un hombre con aspecto de haber leído demasiados manifiestos en la universidad que me dijo que la novela tenía problemas de estructura que yo podría resolver si pensaba menos en Rulfo y más en el mercado. Le dije que pensaría en ello. No lo pensé. El tercero era Ediciones Meridiano, que en 1996 tenía un catálogo respetable y un editor de nombre Gómez Palafox que se entusiasmó con la novela durante aproximadamente el tiempo que tardó en conseguir la firma del contrato, tras lo cual desapareció en las profundidades de su agenda y fue sustituido en las comunicaciones por una mujer joven cuyos correos llegaban con errores de ortografía en los títulos de mis propios capítulos.

El libro salió en febrero de 1997. La tirada fue de dos mil ejemplares. La presentación fue en una librería del Centro que ahora es una tienda de colchones. Asistieron dieciséis personas, de las cuales cuatro eran mis amigos, dos eran desconocidos que entraron pensando que había un evento diferente, y el resto era la categoría difusa de conocidos del mundillo literario que vienen a los eventos como los cuervos vienen a los campos después de la cosecha: no por lo que hay sino por lo que puede quedar.

Vendimos ochenta y siete ejemplares en el primer mes. Luego nada, porque en marzo apareció la reseña de Edmundo Villareal en el suplemento cultural de uno de los tres periódicos nacionales en los que escribía simultáneamente, con la autoridad tranquila de alguien que no necesita apresurarse porque el tiempo literario le pertenece.

La reseña se titulaba: Una novela sin necesidad.

La tengo aquí, plastificada como las servilletas. La conozco de memoria en el sentido en que uno conoce de memoria el número de teléfono de una persona con la que lleva años sin hablar: sabe que todavía está ahí, almacenado en alguna cámara profunda donde se guardan las cosas que el cerebro no ha terminado de procesar. Dice así:

Edmundo Villareal, suplemento Confabulario, periódico El Universal, 8 de marzo de 1997.

Las provincias del sueño, de Rodrigo Saldaña. Ediciones Meridiano, 94 páginas.

De vez en cuando la literatura mexicana produce libros que constituyen, más que una propuesta narrativa, un problema epistemológico: el problema de explicar por qué existen. Las provincias del sueño, primera y presumiblemente única novela del señor Rodrigo Saldaña, pertenece con comodidad a esta categoría.

La novela narra las peripecias de un topógrafo en el norte del país que, en el curso de su trabajo, comienza a registrar distancias que no corresponden a ninguna geografía verificable. Es una premisa que, en manos de un escritor con algo que decir, podría constituir el punto de partida de una exploración genuina sobre los límites de lo real o la naturaleza de la medición. En manos del señor Saldaña, constituye el punto de partida de noventa y cuatro páginas de prosa que oscila sin solución de continuidad entre la aspiración a Rulfo y la confusión con Rulfo, sin alcanzar en ningún momento al primero y sin separarse del todo de la segunda.

La escritura del señor Saldaña tiene sus momentos. Digamos que tiene tres. En la página diecisiete hay una descripción del amanecer en Sonora que es, dentro de sus humildes ambiciones, lograda. En la página cuarenta y dos, el personaje principal encuentra una piedra que ha crecido en el mapa oficial a dimensiones que ninguna piedra real posee, y la escena tiene una extrañeza genuina que dura aproximadamente dos párrafos antes de disolverse en la prosa apagada que constituye el tono general del libro. En la página ochenta y nueve, hay una frase —solo una— que el señor Saldaña habría debido usar como título, porque es lo mejor que contiene: el resto del texto es el precio que hay que pagar para llegar a ella.

Lo que la novela no tiene es una razón para existir más allá del deseo de su autor de haber escrito una novela. Este es, conviene decirlo, un deseo perfectamente comprensible y perfectamente insuficiente como fundamento literario. El señor Saldaña escribe como alguien que ha leído mucho y entendido los mecanismos de la buena escritura sin haber adquirido aún la sustancia que los mecanismos deben poner en movimiento. Escribe, en suma, con una competencia técnica que hace la lectura tolerable y una vacuidad conceptual que la hace innecesaria.

Conviene señalar, en beneficio de la honestidad crítica, que el señor Saldaña es joven —tiene, según la solapa, veintiséis años— y que la juventud es, en literatura como en otras actividades humanas, una condición provisional. Es posible que el señor Saldaña, con el tiempo y la experiencia, encuentre algo que decir. Es posible, también, que no. Por ahora, lo que ha encontrado es que sabe cómo decirlo, lo cual es un punto de partida, aunque un punto de partida es, por definición, el lugar donde uno todavía no ha llegado a ninguna parte.

Este libro no debería haberse escrito. No porque sea un fracaso deshonesto, sino porque es un fracaso honesto, y los fracasos honestos merecen gestarse en privado hasta convertirse en otra cosa o en silencio. El señor Saldaña ha elegido publicar su proceso. Esperamos que sea, al menos, consciente de que lo ha hecho.

La cucaracha debajo de la Olivetti sigue translúciéndose.

El nombre de Edmundo Villareal es el primero de la lista. Lo escribí en la servilleta de papel del bar Merengo esa misma noche del ocho de marzo de 1997, con un bolígrafo que chorreaba tinta azul porque lo había mordido demasiado mientras leía la reseña tres veces en la mesa del fondo, donde me había sentado con la intención de emborracharme con método y sin testigos. Escribí su nombre completo: Edmundo Villareal Aguirre, porque el apellido materno siempre me ha parecido necesario para la seriedad de cualquier documento. La servilleta tenía una mancha de salsa verde en una esquina. La guardé en el bolsillo de mi camisa, junto con la fotocopia de la reseña que había arrancado del periódico con las manos.

Los otros treinta nombres llegaron en el transcurso de los años siguientes con la inevitabilidad de las deudas: algunos deprisa, en la primera semana de rabia concentrada; otros despacio, depositados por la memoria en el momento preciso en que uno está bajando la guardia. Gómez Palafox, el editor entusiasta que dejó de entusiasmarse. La mujer de los correos con errores ortográficos, cuyo nombre descubrí eventualmente y que era Beatriz Solís Mendoza: la añadí no por los correos sino por la conversación telefónica en que me preguntó si yo estaría dispuesto a considerar cambiar el final porque a ella le parecía que el topógrafo debería encontrar, al final, algo esperanzador. El director del suplemento Nexos que devolvió sin leer el ensayo que mandé en 1999 sobre los límites del realismo mágico. El reseñista de Letras Libres que en 2002 dedicó cuatro líneas a mencionar Las provincias del sueño en el contexto de un artículo sobre la generación del noventa y tres, describiéndola como representativa de cierta narrativa del fracaso periférico sin mayor trascendencia, que es el tipo de crueldad que se produce cuando uno ya ni siquiera es lo suficientemente interesante para una crueldad propia y debe ser crueldad prestada, crueldad de catálogo, crueldad al mayoreo.

Treinta y un nombres. Los conozco a todos. Conozco sus artículos, sus libros, sus semblanzas biográficas en los suplementos que los celebran con la puntualidad con que los mismos suplementos no celebraron nunca a nadie como yo. Conozco sus horarios de trabajo en la medida en que los hombres públicos tienen horarios que son en parte públicos. Conozco sus restaurantes favoritos porque en este gremio los restaurantes son casi una declaración política, y uno aprende a descifrar las declaraciones políticas ajenas cuando las propias nunca fueron escuchadas.

Sé que esto es patológico. No soy ingenuo al respecto. Soy un hombre de cuarenta y tres años que vive en una pensión de la Colonia Guerrero traduciendo manuales técnicos para empresas mineras de Sonora y Zacatecas —una ironía geográfica que no se me escapa, dado el escenario de mi novela— y que ha dedicado diecisiete años a mantener una lista de enemigos con la devoción que en otros hombres se reserva para la familia o la fe. Tengo plena conciencia de que mis agravios, examinados en la luz neutra de la objetividad, son los agravios de alguien que no tuvo suficiente talento o no tuvo suficiente suerte o no tuvo suficiente de ninguna de las dos cosas y ha decidido convertir esa insuficiencia en cosmología personal.

Lo sé. Lo sé exactamente tan bien como Edmundo Villareal sabía que su reseña iba a destruir un libro y lo escribió de todas formas con la caligrafía pulcra de alguien cuya conciencia nunca ha sido un obstáculo para su prosa.

Esta mañana traduje la sección cuatro del Manual de operación y mantenimiento para taladros rotatorios de gran diámetro, modelo RD-500, de la empresa Drilling Solutions de Nuevo León. La sección se titula Procedimientos de Inspección Preventiva del Conjunto de Vástagos de Perforación y contiene diecinueve pasos numerados que deben seguirse en orden estricto, porque saltarse un paso en un taladro rotatorio de gran diámetro tiene consecuencias que el manual describe con la seriedad de quien ha visto las consecuencias. Hay algo en eso que respeto. El manual no pretende ser otra cosa que lo que es. El manual no tiene ambiciones literarias. El manual no va a recibir nunca una reseña de Edmundo Villareal, y esta es una de las pocas ventajas objetivas de ser un manual técnico.

Conchi subió a traerme el almuerzo a la una, como hace los martes cuando no bajo. Arroz con crema y pollo en salsa verde, un vaso de agua de jamaica. La escuché subir los escalones con el paso firme y un poco cansado que tiene desde que se lastimó la rodilla el invierno pasado. Puso la charola sobre el escritorio sin mirar la pared de los recortes, que es un protocolo que hemos desarrollado entre los dos a lo largo de once años sin haberlo discutido nunca explícitamente: ella no mira, yo no explico, y el almuerzo transcurre con la dignidad relativa de dos personas que se respetan demasiado para fingir que no hay nada que ver.

Me preguntó si iba a salir. Le dije que pensaba ir a Donceles por la tarde.

Me dijo que tuviera cuidado con el sol, que esta semana estaba pegando feo.

El mezcal de esta semana es un espadín de Miahuatlán que compré en la tienda de la esquina por ochenta y cinco pesos. No es bueno. Tampoco es malo. Es el tipo de mezcal que uno bebe cuando lo que busca no es el mezcal sino el acto de beber mezcal, que es una distinción que la mayoría de la gente no está en posición de apreciar pero que a mí me parece fundamental, porque hay una diferencia enorme entre desear una cosa y desear el gesto de desearla, y esa diferencia es, si me preguntan, el núcleo de todo lo que salió mal en Las provincias del sueño y también en mi vida posterior a ella.

Esta tarde fui a Donceles.

Fui a Donceles porque voy a Donceles todos los martes desde hace once años, con la regularidad con que otros hombres van a misa o al gimnasio: no porque espere encontrar algo en particular sino porque los martes en Donceles son el único momento de la semana en que el mundo huele como debería oler, que es a papel viejo y polvo y la humedad específica de los libros que nadie ha abierto en años y que guardan entre sus páginas el olor de las manos de personas que ya no existen. Es un olor que me parece honesto de una manera en que muy pocas cosas son honestas.

Revisé los cajones del puesto de don Aurelio, que lleva veinte años en la misma esquina y ya no me dice los precios porque sabe que voy a regatear de todas formas. Encontré una edición brasileña de Guimarães Rosa con el lomo despegado, un manual de ajedrez de los años cincuenta con anotaciones a lápiz en los márgenes —alguien había corregido los análisis de posición con una insistencia que me pareció entrañable—, y debajo de un ejemplar de la Historia de la literatura española de Juan Luis Alborg, un cuaderno de tapas negras, liso, sin título ni nombre, que no tenía precio porque don Aurelio no lo había visto o lo había puesto en el cajón por accidente junto con los demás.

Lo abrí.

En la primera página, escrita a mano con una letra apretada y sin ornamentos, había una instrucción. Solo una. Breve, sin preámbulo, sin firma.

La leí dos veces. Luego la leí una tercera vez porque hay cosas que uno relee no porque no las haya entendido sino porque necesita el tiempo adicional para decidir si va a creerlas.

Le pregunté a don Aurelio cuánto costaba el cuaderno.

Me dijo que diez pesos porque le daba mala espina.

Se lo compré.

Volví a la pensión. Subí los escalones. Entré a la habitación. Me senté en el escritorio y puse el cuaderno debajo de la lámpara y lo leí otra vez, despacio, la primera página entera, que no tardaba más de treinta segundos en leerse porque era una instrucción breve, como ya dije, del tipo de instrucciones que no necesitan extensión porque su contenido es suficiente.

Luego miré la lista en la pared.

Luego miré el nombre en la cima de la lista.

Luego miré el cuaderno.

Afuera, en la calle Magnolia, alguien estaba vendiendo tamales desde una canasta con una voz que se alejaba despacio, y el sonido del pregón se mezcló con el ruido del tráfico de la avenida y con el olor del mezcal y con el amarillo de la lámpara sobre el escritorio, y por un momento todo estuvo perfectamente quieto de la manera en que las cosas se quedan quietas justo antes de volverse irrevocables.

Fui a Donceles. Encontré algo.

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