
Rodrigo Saldaña tiene cuarenta y tres años, una novela publicada en 1997 que nadie leyó, y una lista de nombres. La lista la ha compilado durante años, en servilletas de bar y márgenes de libros ajenos: críticos literarios, editores con ínfulas, reseñistas de suplementos culturales que destrozaron su única obra con la alegre crueldad de quien aplasta un insecto. Vive en una pensión de la Colonia Guerrero, traduce manuales técnicos para sobrevivir, y bebe mezcal barato frente a una máquina de escribir Olivetti que ya no usa. Un martes sin importancia, entre los libros de viejo de la calle Donceles, encuentra un cuaderno de tapas negras con una instrucción simple escrita en la primera página: escribe el nombre completo de una persona, piensa en su rostro, y esa persona morirá en cuarenta segundos de paro cardíaco. El cuaderno pertenecía a Anacronte, un ser del submundo burocrático de la muerte, tan aburrido y sarcástico como cualquier editor que Rodrigo haya conocido. Lo que sigue es una comedia negra y una tragedia perfecta: Rodrigo comienza a tachar nombres de su lista con la meticulosa satisfacción de un corrector de estilo, convencido de que está haciendo justicia a la literatura. La policía no entiende nada. Pero Valentina Cruz, una detective que alguna vez quiso ser poeta, empieza a ver un patrón entre los cadáveres del mundo editorial mexicano. El duelo intelectual entre ambos se despliega durante años, a través de testimonios fragmentados, cartas anónimas y entrevistas a sobrevivientes del mundillo literario, mientras Rodrigo escribe su segunda novela: la historia de lo que está haciendo.
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