Rodrigo no supo exactamente cuándo entró Anacronte a su habitación. Esto era lo que más lo irritaba del asunto, incluso más que la presencia en sí: que el ser había desarrollado la costumbre de materializarse sin el decoro mínimo de un ruido previo, como si la puerta fuera un detalle arquitectónico que concernía exclusivamente a los vivos.
Lo notó porque la silla que normalmente estaba frente al escritorio había sido desplazada unos cuarenta centímetros hacia la izquierda, y Anacronte estaba sentado en ella con las cuatro páginas del manuscrito en la mano y la expresión de un hombre que ha pedido agua y le han traído agua, lo cual en principio es correcto pero no del todo satisfactorio.
Eran las dos y cuarto de la madrugada. La Olivetti todavía estaba caliente.
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