Testimonio de Concepción Bautista, propietaria de la Pensión Magnolia, Colonia Guerrero, Ciudad de México. Entrevista realizada aproximadamente dos años después de los hechos descritos. Entrevistador sin identificar.
Mire, si usted me pregunta cómo era Rodrigo de inquilino, le voy a decir la verdad aunque no sea lo que espera escuchar: era el mejor que he tenido en veintitrés años de esta pensión. Y eso no es un mérito menor porque usted no tiene idea de lo que pasa por aquí. Tuve un poeta de Jalisco que usaba el baño del primer piso para revelar fotografías a las tres de la mañana. Tuve un dramaturgo que lloraba en el comedor cada domingo de Ramos como si fuera su obligación constitucional. Tuve un crítico de danza —no pregunte— que me dejó doce cheques sin fondos y un diccionario de términos del ballet que nadie en esta familia va a usar jamás. Comparado con todo eso, Rodrigo era un hombre de una tranquilidad casi monástica.
Pagaba el primero de cada mes. Sin recordatorio. A veces el treinta y uno porque el primero caía en domingo, pero me avisaba, siempre me avisaba. Me dejaba el sobre deslizado por debajo de la puerta de mi cuarto con su nombre escrito en la esquina superior derecha con letra de contador, esa letra apretada que tienen los hombres que aprendieron a escribir convencidos de que el papel era un recurso escaso. Once años, sin excepción. Si eso no es carácter, no sé qué lo es.
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