Los golpes llegaron a la hora del cerdo, cuando hasta los fantasmas duermen.
Perla Rota los oyó primero porque Perla Rota siempre oía primero: estaba en el jardín norte recogiendo las rosas negras en la oscuridad de octubre con unas tijeras pequeñas y movimientos de cirujana, guardando los pétalos en el delantal como si supiera, con la certeza vegetal que le había enseñado Piedra Tres, que esta era la última noche en que habría rosas que recoger. Cuando los tres golpes secos cayeron sobre el portón principal del palacio, los rosales temblaron enteros como si alguien los hubiera sacudido por las raíces, y ella se quedó quieta con las tijeras en el aire, contando.
Tres golpes. Pausa. Tres golpes. Pausa. Tres golpes.
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