
En la ciudad imperial de Luoyang, durante el esplendor decadente de la dinastía Qing, la familia Jia gobierna desde su palacio de jardines interminables como si el tiempo les perteneciera. Pero es Abuela Fénix —matriarca de noventa años que habla con los muertos y lee el futuro en las semillas de granada— quien verdaderamente sostiene los cimientos de ese mundo. La saga comienza cuando una niña sin nombre aparece flotando en una cesta de mimbre en el estanque de los lotos: la familia la bautiza Piedra de Jade y la cría como una más entre las docenas de primas, concubinas y criadas que habitan el laberinto de patios interiores. Piedra de Jade crece adorando a su primo Tianlong, un joven poeta que rechaza los exámenes imperiales y prefiere dormir entre jazmines. Ella es intensa, frágil y visionaria; él es hermoso e incapaz de elegir. Entre ambos orbita Dorada, sobrina llegada de la provincia con modales de seda y ambiciones de acero, portadora de un medallón de oro que, según la superstición doméstica, estaba destinado a unirse con el jade del muchacho. Las mujeres de esta historia —la concubina envenenadora, la administradora implacable, la criada que ama en silencio, la poetisa que quema sus versos— son quienes realmente mueven los hilos del palacio. Son ellas quienes conspiran, perdonan, destruyen y recuerdan. Cuando el Imperio comienza a tambalearse y los inspectores del Trono ordenan el registro del palacio, todos los secretos enterrados bajo los pisos de mármol suben a la superficie como raíces que rompen la piedra. Tianlong perderá a Piedra de Jade en la misma noche en que el palacio sea saqueado. Ella morirá quemando sus poemas. Él sobrevivirá sin saber qué hacer con la libertad.
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