La cocinera Sombra de Humo llevaba muerta once meses, pero seguía apareciendo en el umbral de la cocina cada vez que hervía el caldo de los martes.
Nadie del servicio lo mencionaba en voz alta porque mencionarlo en voz alta implicaba una conversación sobre si debían hacer algo al respecto, y nadie sabía exactamente qué se podía hacer al respecto, y era más sencillo simplemente acostumbrarse a verla parada junto al marco de la puerta con esa expresión suya de quien tiene una opinión sobre la sazón pero ya no está en posición de expresarla. Aparecía siempre a la misma hora, siempre con el mismo delantal manchado de cúrcuma que llevaba cuando el corazón le cedió sobre la tabla de cortar, y desaparecía antes del segundo hervor con la discreción de alguien que sabe que ya no vive aquí pero que tampoco puede evitar el hábito.
Piedra de Jade la había visto dos veces antes. La primera, de niña, cuando todavía creía que todas las casas tenían sus muertos de cocina y no le había dado importancia. La segunda, hace tres años, el día en que Sombra de Humo murió, cuando la anciana apareció en el umbral exactamente siete horas después de que la bajaran al suelo y se quedó mirando la olla que alguien más había puesto a hervir en su lugar con una expresión que era imposible no leer como decepción.
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