La niña dormía.
Eso era lo primero que había que decir, porque era lo más extraño: dormía sin ruido, sin los puños apretados ni el ceño fruncido que tienen todos los recién nacidos, como si incluso en sueños estuvieran peleando contra algo. Esta dormía con las manos abiertas, las palmas hacia arriba, como alguien que ha decidido no guardar nada. Yo la había colocado en la cuna de mimbre que mandé traer del almacén sur —la misma donde dormí a tres de mis hijos, aunque de eso ya no queda nadie que lo recuerde— y me senté en el taburete de madera lacada que llevo moviendo de habitación en habitación durante sesenta años porque es el único mueble en este palacio que no me ha traicionado todavía.
Afuera, el estanque se había calmado. Adentro, la vela de sebo hacía lo que hacen las velas: consumirse.
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