Chapter 1: The Yellow Butterfly Rain and the Empty Throne

La primera mariposa cayó sobre la frente del rey a las tres de la mañana, cuando el palacio dormía con esa respiración pesada y húmeda que tienen los edificios muy antiguos en verano. Cayó como cae una hoja: sin drama, sin aviso, con la indiferencia perfecta de las cosas que no saben que son presagio. El rey Rodrigo Altamar llevaba cuatro horas muriendo y nadie en la corte de Valdecruces había tenido la delicadeza de informarle.

Era un hombre que había gobernado durante treinta años con la convicción tranquila de que el reino recompensaba a los fuertes, y quizás por eso su cuerpo tardó tanto en rendirse: incluso tumbado en las sábanas de seda carmesí, con la respiración haciéndose cada vez más angosta y más oscura, mantenía la mandíbula apretada con esa terquedad de los hombres que confunden la dignidad con la negativa a pedir ayuda. La segunda mariposa llegó por la ventana entreabierta y se posó en el borde de la copa de vino que nadie había retirado de la mesita de noche. La tercera cayó directamente sobre la llama de la vela y murió con un siseo tan pequeño que solo lo oyó el gato del chambelán, que llevaba horas sentado en el umbral observando con esa autoridad solemne que tienen los gatos ante los eventos que los humanos aún no comprenden.

Para cuando llegó la aurora, las mariposas eran miles.

Entraban por las grietas de las piedras, por los conductos del aire, por las ranuras que dejaban las puertas mal ajustadas de ese palacio construido hace dos siglos por un rey que prefería la grandiosidad a la comodidad. Eran amarillas del amarillo preciso de la yema de huevo, del amarillo de la bilis, del amarillo que las abuelas de Valdecruces llevaban generaciones describiendo en voz baja cuando pensaban que los niños no escuchaban. Las abuelas del reino —esas mujeres que guardaban la memoria colectiva en el espacio entre las costillas, junto al corazón— habían predicho esta lluvia con la misma calma con que predecían las heladas tempranas: no como una advertencia sino como un recordatorio, porque el futuro en Valdecruces nunca era sorpresa, sino memoria que aún no había sucedido.

El rey murió exactamente cuando el sol tocó la cúpula de la torre del reloj, en ese instante dorado en que la luz de Valdecruces olía a azufre y a pan recién horneado mezclados con una violencia aromática que los forasteros encontraban insoportable y los nativos consideraban el olor de casa. Rodrigo exhaló su último aliento con la boca levemente abierta, y los cortesanos que velaban en la antecámara lo oyeron porque ese edificio viejo amplificaba los sonidos con la misma generosidad con que amplificaba el frío. El chambelán entró, miró, y salió con el rostro perfectamente compuesto porque para eso le pagaban.

La reina Isadora Cruelmar recibió la noticia en su gabinete privado, donde a esa hora de la mañana acostumbraba revisar la correspondencia con una taza de agua caliente perfumada con flores de jazmín. El chambelán habló. Isadora escuchó. No dejó caer la taza, no alteró la cadencia de su respiración, no permitió que ningún músculo de su rostro realizara el menor movimiento sin su autorización. Era una mujer de treinta y ocho años cuya belleza funcionaba como funciona la arquitectura bien diseñada: cada elemento cumplía una función y nada era decorativo por accidente. El cabello oscuro recogido con una sobriedad que costaba una fortuna mantener. Los ojos del color indefinible de la piedra mojada. El perfume de jazmín que emanaba de su piel con una constancia que los más supersticiosos de la corte atribuían a algún pacto antiguo, porque ninguna mujer olía así sin ayuda sobrenatural.

—Que no salgan las campanas todavía —dijo, con la misma entonación con que habría pedido más agua caliente.

El chambelán asintió.

—Y que cierren las ventanas del ala oeste. —Una pausa breve, calculada al milímetro. —Las mariposas ensucian las alfombras.

Cuando el hombre se retiró, Isadora dejó la taza sobre la mesa con un gesto deliberadamente lento y miró por la ventana el fenómeno que ya cubría la capital como una segunda piel amarilla y palpitante. Las mariposas no volaban exactamente: flotaban con esa indolencia de los seres que no temen caer porque han nacido sabiendo que el aire los sostendrá. Cubrían los tejados, los puentes sobre el río Ceniza, las cabezas de las estatuas de los reyes anteriores que bordeaban la plaza mayor con sus rostros de piedra desgastados por siglos de lluvia y de indiferencia. Cubrían también el Trono de Ceniza, aunque eso Isadora no podía verlo desde su ventana: lo sabía de otro modo, con esa certeza visceral que desarrollan las personas que llevan muchos años observando el palacio como se observa un tablero de juego.

El Trono de Ceniza olía a azufre desde hacía tres días.

Los cortesanos lo habían mencionado primero como una curiosidad, luego como una incomodidad, y finalmente como un pánico que trataban de disimular con la compostura entrenada de quienes saben que en esta corte el miedo es una debilidad que se cobra cara. El trono había sido forjado, según la tradición que nadie cuestionaba porque cuestionar la tradición en Valdecruces equivalía a cuestionarse a uno mismo, con los huesos de cien reyes vencidos en el momento de su rendición. El asiento exhalaba ese olor mineral y ardiente que los sacerdotes llamaban la respiración de los antepasados y que los médicos de la corte preferían no explicar demasiado. Pero en tres siglos de historia documentada, el azufre nunca había sido tan denso que hiciera desmayar a los guardias, y los guardias habían comenzado a desmayarse el martes.

Isadora se apartó de la ventana y tomó una hoja en blanco.

Había siete casas nobiliarias en Valdecruces, y cada una de ellas era una pieza que podía moverse, sacrificarse o convertirse en amenaza dependiendo del momento y de quién tuviera la paciencia de estudiar el tablero con suficiente anticipación. Isadora llevaba estudiándolo desde los diecisiete años, cuando llegó a la corte como prometida del rey y comprendió en el primer banquete que la inteligencia sin estrategia es solo una forma refinada de vulnerabilidad. Escribió cuatro nombres. Tachó uno. Volvió a escribirlo al margen con una nota al costado que solo ella sabría leer.

La quinta letra que escribió aquella mañana estaba destinada al norte.

Al norte glacial donde los Vennara construyeron su fortaleza hace doscientos años sobre una roca que ni siquiera el verano más generoso conseguía deshelar del todo, donde el viento tenía nombres propios que los habitantes recitaban como oraciones, donde los muertos de la familia no terminaban de irse sino que seguían caminando por los corredores de piedra y susurrando consejos a los vivos con esa autoridad imperativa que da el haber visto cómo terminan las cosas. Isadora nunca había estado en el norte. No necesitaba haberlo visitado para saber lo que había allí.

Escribió el nombre de Aldric Vennara con la misma entonación interna con que se coloca una pieza en el centro del tablero: con plena conciencia de que el movimiento es necesario y con plena conciencia de lo que le costará a esa pieza.

Dobló la carta. Calentó la barra de lacre sobre la llama de la vela. Dejó caer tres gotas sobre el pliegue y selló con su anillo el escudo de la casa Cruelmar: una mariposa con las alas abiertas, detalle que ese día tenía una ironía que Isadora notó y no encontró divertida.

Afuera, Valdecruces despertaba a su primera mañana sin rey en treinta años, cubierta de mariposas amarillas que morían lentamente sobre cada superficie horizontal, acumulándose en capas tan suaves y tan densas que los niños que salían a la calle pensaban que había nevado de un color equivocado.

En la fortaleza Vennara, al norte, la primera mariposa llegó congelada.

Aldric la encontró en el alféizar de su ventana al amanecer, cuando salió de la cama con ese sigilo que practican los hombres acostumbrados a no despertar a nadie, aunque hacía años que no había nadie en esa habitación que pudiera ser despertado. Era una mariposa amarilla, perfectamente preservada por el frío en una postura de vuelo que el hielo había interrumpido a mitad del movimiento, las alas abiertas en el ángulo exacto de quien acaba de decidir hacia dónde ir. Aldric la sostuvo en la palma de la mano durante un momento largo. Era un hombre de cuarenta y cuatro años con el cabello gris antes de tiempo y los ojos del color del cielo en invierno, un color que en el sur llamarían gris pero que en el norte tiene un nombre propio que significa algo más cercano a la resignación serena. Era el señor del territorio más frío del reino y el hombre más difícil de engañar de todo Valdecruces, no porque fuera desconfiado sino porque había heredado de su abuela muerta, que aún visitaba su alcoba los martes para comentar el estado de los asuntos domésticos, la capacidad de percibir el futuro con la misma facilidad desconcertante con que otros perciben el presente.

Miró la mariposa congelada y supo.

No era una suposición ni una deducción: era ese conocimiento que llega antes del pensamiento, que se instala en el pecho como se instala el frío, sin pedir permiso y sin anunciar cuánto tiempo se quedará. El rey había muerto. El reino estaba abierto. Y alguien, en algún despacho del sur perfumado de jazmín, estaba en ese momento doblando una carta con su nombre.

Se vistió despacio, porque la prisa en el norte era considerada una forma de pánico disfrazado, y bajó al corredor principal de la fortaleza donde, a esa hora de la madrugada, sus muertos acostumbraban a circular con mayor libertad. La fortaleza Vennara tenía trescientos años y sus paredes de basalto negro habían absorbido tantas generaciones de la misma familia que los ancestros no tanto habitaban el edificio como lo eran: sus pisadas resonaban en la piedra como el eco de algo que ya había sonado, sus voces llegaban como llegan los sonidos bajo el agua, transformados pero reconocibles.

Su abuela Elara apareció primero, como siempre, porque los muertos de la familia Vennara respetaban ciertos protocolos de precedencia incluso en la muerte.

Era una mujer que en vida había alcanzado los noventa y dos años con la terquedad de los robles y que en la muerte había conservado el aspecto de sus setenta, que era la edad en que había sido más ella misma. Caminaba levemente elevada sobre el suelo, detalle que los vivos de la familia habían aprendido a no mencionar porque a Elara le parecía una observación de pésimo gusto.

—Ya llegaron hasta aquí —dijo, mirando con desaprobación la mariposa congelada que Aldric sostenía todavía.

—Sí.

—Rodrigo. —No era una pregunta.

—Creo que sí.

La anciana fantasma hizo el sonido que en vida habría sido un resoplido y que en la muerte era más bien una perturbación del aire. Se quedó mirando a su nieto con esa expresión que tenía cuando quería decir algo importante y estaba calculando si el momento era el correcto, evaluación que realizaba con más cuidado desde que la muerte le había quitado la posibilidad de retractarse.

—Tu padre querrá hablar —dijo finalmente.

—Lo sé.

—Y tu abuelo querrá hacer una lista.

—También lo sé.

Aldric dejó la mariposa en el alféizar con la delicadeza que se tiene con las cosas frágiles y sin remedio, y continuó por el corredor hacia la sala principal donde el fuego nunca se apagaba del todo porque alguien, muerto o vivo, siempre recordaba alimentarlo. Las mariposas habían llegado también ahí: una docena de ellas, todas congeladas, todas perfectas, esparcidas sobre las piedras del suelo como un alfabeto que él podía leer aunque preferiría no tener que hacerlo.

Pensó en Mira.

Era un pensamiento que llegaba con regularidad, como llegan los dolores que uno aprende a cargar: con una puntualidad casi considerada, recordándole que seguía ahí. Su hija menor había partido hacia el sur hacía dos estaciones sin otra explicación que una carta breve y cuidadosa que decía exactamente lo suficiente para no decir nada. Aldric la había leído cuatro veces y había guardado el papel en el cajón de la mesa de trabajo, donde podía tenerlo cerca sin tener que mirarlo. La ausencia de Mira era una de esas heridas que duelen más precisamente porque son silenciosas, porque no sangran hacia afuera y entonces uno no sabe exactamente cuánto se ha perdido hasta que intenta usar la parte que falta.

Pensó en Cassian menos deliberadamente: su hijo mayor era una presencia física incluso cuando no estaba en la misma habitación, una especie de tormenta estacionaria que Aldric llevaba décadas aprendiendo a leer sin que eso significara saber cómo detenerla.

El fuego en la sala crepitó. Afuera, el viento del norte tenía esa noche el nombre que significaba que algo había terminado.

Aldric se sentó frente a las llamas y esperó a sus muertos con la paciencia de un hombre que sabe que la noche será larga y que al final de ella tendrá que tomar una decisión que ya ha tomado, aunque todavía no lo sepa.

La carta de la reina Isadora llegaría en cuatro días, sellada con lacre de jazmín y el escudo de la mariposa con las alas abiertas. Llegaría cuando las mariposas amarillas de la capital llevaran ya tres días muriendo sobre los tejados y las plazas y las cabezas de los reyes de piedra, cuando los niños del sur hubieran recogido puñados de ellas como si fueran flores caídas de un árbol invisible, cuando las abuelas de Valdecruces hubieran cerrado sus puertas y encendido sus velas y comenzado a musitar, en la lengua vieja que los jóvenes ya no entendían pero que el cuerpo reconocía en su registro más primitivo, las palabras que describían lo que viene después de la lluvia de mariposas.

Pero Aldric ya sabía lo que diría la carta.

Lo sabía con la misma certeza con que la mariposa congelada en el alféizar sabía, en ese instante de vuelo interrumpido preservado por el hielo, exactamente hacia dónde se dirigía cuando el frío la alcanzó.

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