La carta llegó al amanecer del cuarto día, tal como Aldric había sabido que llegaría, traída por un jinete de librea gris que entró al patio de la fortaleza con la cabeza inclinada contra el viento y los labios azules de frío. El hombre no habló. Extendió la carta con ambas manos, como si presentara una ofrenda, y Aldric vio desde la ventana alta cómo el lacre color marfil atrapaba por un instante la luz débil de la mañana y despedía un destello que tenía el color exacto del jazmín en flor, aunque el jazmín no creciera en ningún lugar donde el frío fuera tan absoluto y tan antiguo como allí.
Bajó por la escalera de piedra sin apresurar el paso. Los muertos de su familia, que llevaban despiertos desde la noche anterior con la inquietud particular que precede a las noticias importantes, se habían congregado en el pasillo principal sin que nadie los convocara. Eran once esa mañana, contando a la abuela Solveira, que raramente bajaba de las habitaciones del tercer piso donde había muerto de un invierno que duró demasiado. Los cuerpos de los ancestros Vennara no proyectaban sombra ni dejaban huella en la escarcha del suelo, pero tenían peso en otro sentido, el peso de las decisiones acumuladas y los consejos no pedidos y la autoridad que confiere el haber sobrevivido ya a todo lo que podía ocurrirle a un hombre.
Aldric recogió la carta del jinete, le ordenó con un gesto que fuera a la cocina a entrar en calor, y rompió el lacre.
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