Chapter 1: The King's Letter Arrives in the Season of Frozen Ravens

La carta llegó en la mañana del último día de helada, cuando los cuervos de Fortaleza Pino todavía dormían con las cabezas enterradas bajo las alas y el hielo sobre el patio interior crujía como hueso viejo bajo las botas del centinela que hacía su ronda. Edmundo Solano la encontró apoyada contra la jarra de agua en su escritorio, como si alguien la hubiera depositado allí con el cuidado de no despertar nada que dormía.

La llevaba el sello rojo de Aurea. Un sol estilizado partido por una espada, que en tiempos más honestos había sido símbolo de justicia y que ahora, después de treinta años de observar cómo se usaba ese sello para certificar deudas impagadas y sentencias convenientes, Edmundo miraba con la misma neutralidad con que un hombre mira la cicatriz de una herida que ya no duele pero que tampoco ha terminado de sanar.

Rompió la cera con el pulgar. Leyó.

La carta era de Rodrigo. Del rey. De su viejo amigo Rodrigo, que escribía con la letra inclinada hacia la derecha de alguien que aprendió a leer tarde y con impaciencia, y que todavía, después de veinte años en el trono, firmaba sus cartas privadas sin el título completo, solo Rodrigo, como si la corona fuera un sombrero que se quitaba al entrar en casa. Eso había sido siempre lo que Edmundo había amado en él, ese residuo de humanidad que la corte de Aurea llevaba décadas intentando pulir hasta hacerlo desaparecer.

El texto era cálido. Era la calidez de alguien que necesita pedirte algo que sabe que no deberías aceptar.

Mi querido Edmundo, comenzaba, que ya es suficiente para que un hombre de la edad y la experiencia de Edmundo Solano comprenda que lo que sigue no será una invitación sino una plegaria, y que las plegarias de los reyes son indistinguibles de las órdenes en todo excepto en la forma en que el receptor puede negarse a ellas, que es decir que no puede.

El reino necesita una Mano que recuerde que existe una diferencia entre lo legal y lo justo, escribía Rodrigo. Los tiempos se han complicado de maneras que no quiero confiar al papel. Ven a Aurea. Trae a tus hijos si eso te da paz para el viaje. Hay habitaciones suficientes en el castillo y el invierno es más suave en el sur, lo cual es una mentira que digo con la conciencia limpia porque sé que tú no vienes por el clima.

Edmundo leyó la carta tres veces.

Entre la primera y la segunda lectura sirvió agua en una copa y no la bebió. Entre la segunda y la tercera fue hasta la ventana y observó durante un momento el patio, donde el hielo que cubría los adoquines reflejaba el cielo gris de la mañana con una fidelidad perfecta e inútil, y luego volvió a la carta como se vuelve a una conversación difícil que uno ha dejado sin cerrar.

Al terminar la tercera lectura dobló el papel con mucho cuidado, siguiendo los pliegues originales, como si la carta pudiera necesitar ser devuelta en el mismo estado en que había llegado.

No llamó a ninguno de sus capitanes. No convocó al mayordomo de la fortaleza, que llevaba doce años en el puesto y que había visto a Edmundo tomar decisiones difíciles con suficiente frecuencia como para reconocer las señales. No fue a buscar a su hijo mayor, Rodrigo el Joven, que a sus diecisiete años ya tenía la mandíbula de su padre y la impaciencia que su padre había tardado cuatro décadas en domesticar.

Fue al pequeño estudio que daba al bosque de pinos y escribió su respuesta en el tiempo que lleva escribir una sola oración, porque solo había una cosa que decir y porque las cosas que uno ha decidido antes de decidirlas no requieren deliberación.

Acepto, escribió. Salgo en cuanto el camino lo permita. No temas por mí, que el miedo en los hombres de nuestra edad es simplemente la memoria haciéndose presente, y yo tengo buena memoria pero mejor juicio. Tu amigo, Edmundo.

Dobló también esta carta. Llamó al mensajero y lo vio partir desde la ventana, un punto oscuro que cruzaba el blanco del patio y luego desaparecía en el camino que bajaba por entre los pinos hacia el sur, hacia el resto del mundo, hacia Aurea.

Fue entonces cuando notó que Alicia estaba en el umbral.

Tenía once años y la costumbre, heredada de quién sabe qué generación de Solanos, de aparecer en los lugares precisos en el momento preciso sin haber sido invitada y sin dar señales de que su presencia fuera voluntaria. Era la menor de sus hijos y la que más se le parecía en el único aspecto en que Edmundo habría preferido no transmitir su herencia, que era esa capacidad para leer el significado de los gestos pequeños, la forma en que un hombre dobla una carta, la velocidad a la que camina hacia una ventana, el hecho de que haya enviado una respuesta sin consultar a nadie.

Alicia lo miró. Tenía los ojos de su madre, que había muerto cuando ella tenía cuatro años y de quien Edmundo conservaba el retrato en el pasillo y la culpa en algún lugar que no había mapeado con precisión todavía.

No preguntó a dónde íbamos. No preguntó qué decía la carta. Preguntó, con la voz directa y sin ornamento de alguien que ya sabe la respuesta pero cree que las preguntas merecen ser formuladas de todos modos:

¿Cuándo salimos?

Edmundo la miró un momento. Había algo en esa pregunta, en ese plural que ella había elegido sin dudar, que le apretó el pecho con la suavidad y la eficiencia de algo que sabe exactamente dónde aplicar presión.

En cuanto el camino lo permita, dijo. Las mismas palabras que había escrito. Repitió las mismas palabras porque eran las correctas y porque no tenía otras, y porque hay ocasiones en que la honestidad de un hombre consiste precisamente en no fabricar palabras nuevas para disfrazar lo que ya ha dicho.

Alicia asintió. Miró la carta doblada sobre el escritorio con los ojos que su madre le había dejado, esos ojos que eran capaces de leer la forma de las cosas sin necesitar su contenido, y luego volvió a mirarlo a él.

Luego salió del umbral sin ruido, como había llegado.

Edmundo se quedó solo con el escritorio vacío y el patio blanco afuera de la ventana y la decisión ya tomada, que pesaba exactamente lo mismo que todas las decisiones correctas que había tomado en su vida, que era decir que pesaba como una piedra atada al cuello, no porque fueran malas decisiones sino porque las decisiones correctas siempre cuestan algo y él había aprendido a cargar ese costo con la misma postura con que cargaba su nombre.

La mañana continuó. Los cuervos despertaron y los encontró haciendo su ruido habitual desde los almenaques. El hielo del patio comenzó a ceder bajo el sol de las once, produciendo el sonido gotear lento y paciente que era el único sonido que Fortaleza Pino hacía en primavera. Edmundo pasó el día revisando cuentas que su mayordomo podría haber revisado sin él, instruyendo a su capitán de guardia sobre procedimientos que su capitán de guardia conocía de memoria, dictando cartas a los señores vecinos que debían saber que la fortaleza quedaría a cargo de su hijo mayor. Hizo todo esto con la concentración meticulosa de un hombre que ordena sus herramientas antes de partir a un viaje largo, sabiendo que las herramientas son lo que regresará aunque él no lo haga.

Rodrigo el Joven lo encontró a la hora de la cena y escuchó la noticia con la quijada apretada y los ojos demasiado quietos para su edad. No dijo que era una mala idea porque tenía suficiente del padre como para saber que las malas ideas que su padre había ya decidido ejecutar no requerían opinión adicional. Dijo que vendría con él, que la capital debería conocer quién sería el próximo señor de Fortaleza Pino, y había en esa declaración un orgullo y también una protección que Edmundo reconoció y aceptó con el gesto breve de un hombre que no sabe expresar gratitud de otra manera.

Alicia comió en silencio y bebió su caldo y no dijo nada sobre la carta ni sobre el viaje ni sobre nada que tuviera que ver con la decisión de la mañana, y eso, viniendo de ella, era el equivalente de un discurso largo.

El cuarto hijo, el hijo que no sentaba a la mesa porque las mesas de los señores del norte no tienen lugar para los hijos bastardos aunque el frío del norte no distingue entre sangres legítimas e ilegítimas a la hora de matar a los niños que lo enfrentan, Juan Nieves estaba en ese momento a trescientas leguas al norte, en el Muro de Ceniza, aprendiendo el nombre de cada hombre bajo su mando y la forma en que el frío allá arriba no era como el frío de Fortaleza Pino sino algo más antiguo, más sin memoria, más parecido al principio de todo. Pero eso es otra historia, o es la misma historia contada desde otro extremo, que en Vestiria frecuentemente resultan ser la misma cosa.

Esa noche, cuando los fuegos de la fortaleza se habían reducido a brasas y la última guardia había hecho su ronda sin novedad, llegó el cuervo.

No llegó al palomar, que era adonde llegaban los cuervos que llevaban mensajes, sino directamente a la ventana del estudio de Edmundo, que estaba entornada porque Edmundo dormía mal cuando el aire era demasiado cerrado y había dejado el pestillo flojo. El cuervo entró sin hacer el ruido que hacen los cuervos cuando entran en sitios donde no deberían estar. Se posó en el borde del escritorio con la precisión de algo que ha calculado ese movimiento.

Edmundo despertó. Encontró el cuervo en la oscuridad porque sus ojos, después de sesenta años en el norte, funcionaban bien en la penumbra. Encontró que el cuervo no llevaba ningún cilindro de mensaje atado a la pata. Llevaba, en cambio, entre las plumas del cuello, algo que Edmundo tomó con dos dedos y llevó hacia la poca luz que entraba por la ventana para ver mejor.

Era una ala.

Una sola ala de mariposa, del tamaño de la mitad de su pulgar, de un amarillo que en la penumbra parecía casi fosforescente, casi como si la cosa contuviera su propia fuente de luz que no le pertenecía a ella sino que había tomado prestada de algún otro lugar. Estaba prensada entre las plumas como se prensa una flor entre las páginas de un libro, con el mismo cuidado, con la misma intención de conservar algo que de otro modo se destruiría al primer contacto con el tiempo.

Edmundo no conocía las mariposas amarillas. Nadie en el norte las conocía porque en el norte las mariposas no sobrevivían el invierno y porque nadie en el norte llevaba cuentas de lo que significaban cuando aparecían, ya que las cosas cuyo significado nadie registra siguen ocurriendo pero sin la molestia de ser comprendidas.

En Aurea, que era un lugar donde la gente sí llevaba cuentas de casi todo aunque todavía no de esto, alguien habría reconocido el color. Alguien mayor, o alguien que hubiera leído los archivos equivocados, o alguien que prestara atención al tipo de coincidencias que el mundo repite con la obstinación ciega de la lluvia. Pero Edmundo estaba en el norte y era lo que era, un hombre de reputación y permafrost que entendía la nieve y la lealtad y la distancia entre las dos como formas relacionadas del mismo fenómeno, y las mariposas amarillas no formaban parte del vocabulario con que comprendía el mundo.

La dejó sobre el escritorio.

El cuervo se fue por donde había venido, sin ruido, por la ventana entornada, hacia el cielo que fuera del norte era negro con estrellas tan abundantes que parecían excesivas.

Edmundo miró el ala por un momento más. Tenía la forma de una hoja pequeña. Tenía las venas marcadas con una precisión que parecía dibujada más que vivida. Tenía ese amarillo que no era exactamente alegre sino algo más cercano a la advertencia, a ese color específico que el mundo utiliza cuando quiere señalar algo sin molestarse en decirlo con palabras.

Luego fue a acostarse, porque un hombre que sale hacia Aurea en cuanto el camino lo permita necesita dormir, y porque las cosas cuyo significado desconoce no tienen todavía el poder de quitarle el sueño, y porque esa es precisamente la forma en que funcionan las advertencias que nadie comprende: llegan, se depositan, y esperan con la paciencia infinita de las cosas que no tienen prisa porque el tiempo que les pertenece no es el tiempo de los vivos.

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Chapter 1: The King's Letter Arrives in the Season of Frozen Ravens — El Reino de las Mariposas Muertas | GenNovel