Chapter 1: The Girl Who Buried Flowers Before They Died

La niña cavó con las manos.

No pidió una pala ni esperó a que alguien le dijera dónde ni cómo. Simplemente eligió el rincón del jardín donde la tierra parecía más dispuesta —oscura, húmeda, todavía tibia del agua que había caído esa mañana— y hundió los dedos hasta los nudillos con la concentración de quien lleva años practicando este rito en secreto. El vestido era el equivocado para arrodillarse en el barro. Lo sabía y no le importaba.

Las flores que había traído eran siete: tres claveles blancos que ya empezaban a doblar la cabeza, dos ramas de jazmín, una magnolia que había sobrevivido el viaje envuelta en tela de cocina, y algo más pequeño, sin nombre conocido, de pétalos color de hueso que su madre solía recoger en los bordes del camino diciendo que las flores sin nombre eran las más honestas. Las puso en el hoyo con cuidado de no doblarles los tallos. Las cubrió. Las apisonó con la palma. Se quedó un momento con las manos sobre la tierra cerrada, como quien termina una oración.

Entonces levantó la vista hacia el pabellón.

La casa la miraba desde arriba con esa clase de silencio que los edificios aprenden a fabricar cuando han visto demasiado. Era enorme y era vieja y era, en la forma en que lo son ciertas casas de las familias antiguas, innegablemente bella: dos pisos de piedra verde cubierta de enredaderas que nadie había podado en años, ventanas largas y estrechas como ojos entrecerrados, y sobre el portal principal una inscripción en latín que Inés no alcanzaba a leer desde donde estaba arrodillada en el barro del jardín. El cielo sobre el tejado tenía ese color específico del martes lluvioso: gris plata, casi metálico, como el reverso de una cuchara.

La caja de madera descansaba apoyada contra sus rodillas. Era una caja sin adorno, sin cerradura, con las esquinas reforzadas con cobre oscurecido por el tiempo. Dentro llevaba cuarenta y tres poemas escritos a mano por una mujer que llevaba dos años muerta y cuya letra, irregular y apretada como hierba entre piedras, Inés había memorizado hasta en sus sueños. Los poemas no estaban terminados. Ese era el problema con su madre: que siempre se había marchado antes de terminar las cosas.

Inés se limpió las manos en el vestido, agarró la caja, y se puso de pie.

El martes olía a lluvia y a cobre viejo.

La mujer que la esperaba en el salón azul no se había molestado en disfrazarse de bondad, lo cual, Inés lo entendió después, era en sí mismo una forma de respeto.

Doña Celestina Cienfuegos tenía setenta años y la columna vertebral de alguien que ha decidido, en algún punto irrecuperable de la juventud, que doblegarse no figura entre las opciones disponibles. Estaba sentada en el centro exacto de un sofá de terciopelo color medianoche, con la espalda sin tocar el respaldo y las manos cruzadas sobre el regazo de una manera que hacía pensar en garras disfrazadas de cortesía. Llevaba el pelo recogido con tanta precisión que parecía cincelado. Sus ojos eran del mismo verde oscuro que las piedras de las montañas que rodeaban Portaverde, y con la misma cualidad impenetrable.

El salón en sí era un argumento. Los muebles eran antiguos y habían sido cuidados con la devoción que se reserva para los objetos que han sobrevivido a suficientes personas como para volverse sagrados. Sobre la repisa de la chimenea descansaba una colección de figuras de porcelana con esa expresión vaga y perfecta que tienen las cosas fabricadas para durar más que sus dueños. Las paredes eran de un azul que a ciertas horas del día, Inés lo descubriría más tarde, se volvía casi negro, como el cielo justo antes de que empiece la lluvia o justo después de que termina. Había flores reales en dos floreros de cristal: rosas preservadas con algo que hacía que el aire de la habitación oliera levemente a almendras y a algo más antiguo que las almendras, algo que Inés no supo nombrar entonces.

Celestina la estudió durante el tiempo exacto necesario para establecer que ella era quien estudiaba y no quien era estudiada.

—Llegas con la tierra en el vestido —dijo. No era una reprimenda. Era una observación con el filo de un bisturí.

—Enterré flores en el jardín —dijo Inés.

—Lo sé. Vi desde la ventana.

Hubo un silencio. Inés no lo llenó. Esto, aunque ella no lo sabía todavía, fue la primera cosa correcta que hizo en el pabellón.

—Tu madre —dijo Celestina, modulando la palabra con cuidado, como quien toca una herida para calcular su profundidad— era una mujer de talento considerable y salud deplorable. Lamentamos su pérdida.

—Usted no la conocía.

—La conocí lo suficiente para saber que su hija llegaría cargando una caja de madera y sin más maletas que esa. —Los ojos verdes se detuvieron brevemente en la caja que Inés tenía apretada contra el cuerpo con ambos brazos, como si fuera una criatura viva que pudiera intentar escapar—. Siéntate.

No era una invitación. Inés se sentó.

El sofá frente a Celestina era de un azul más pálido que las paredes, y tenía el tacto de algo que ha sido cepillado y recepillado hasta casi perder su textura original. Inés cruzó los tobillos. Se acordó, demasiado tarde, de que tenía barro en los zapatos.

—Esta casa tiene reglas —dijo Celestina—. No muchas, pero son absolutas. La primera: el pabellón no habla de sus asuntos con el exterior. La segunda: lo que ocurre en la cocina permanece en la cocina. La tercera —hizo una pausa tan breve que casi no existió—: nadie en esta casa llora en lugares donde pueda ser visto.

Inés pensó en las flores enterradas en el jardín. Pensó en la diferencia entre llorar y enterrar.

—¿Y si uno no llora? —preguntó.

Celestina la miró durante un momento con algo que en otra mujer, en otra circunstancia, podría haber sido reconocimiento.

—Entonces —dijo— quizás te quedes más tiempo del que ambas pensamos.

Llamó a Perla sin alzar la voz. Simplemente dijo el nombre una vez, en el tono de quien sabe que está siendo escuchado desde el pasillo.

Perla entró como entraba a todos los lugares del pabellón: sin ser vista hasta que ya estaba adentro.

Tenía cuarenta y seis años que llevaba con la discreción con que se llevan las cosas útiles: sin exhibirlas, sin disculparse por ellas. Era una mujer de movimientos tan económicos que a su lado los demás parecían gastar energía de manera imprudente. Su cara tenía la calidad específica de los rostros que han aprendido que la expresión es un recurso que se administra, no se derrocha. Solo sus manos la delataban: eran las manos de alguien que trabaja y trabaja y no para nunca, con las palmas callosas y los nudillos perpetuamente secos por el agua fría de los fregaderos.

—Perla, lleva a la señorita Inés a la habitación del ala este —dijo Celestina—. La que da al jardín.

—Sí, doña Celestina.

Inés se puso de pie con la caja. Miró a Celestina una vez más, buscando algo en esa cara perfectamente compuesta, sin saber exactamente qué.

—La caja de madera —dijo Celestina, sin mirarla ya, examinando la taza de té que descansaba en la mesa junto al sofá con la atención de quien está pensando en otra cosa—, puedes guardarla donde quieras. Esta casa tiene espacio para los objetos de los muertos.

Inés siguió a Perla al pasillo.

El corredor olía a cera de velas y a algo más: lavanda, quizás, pero cocinada, transformada, mezclada con otra cosa que Inés no pudo identificar y que se adhirió a su ropa con la misma discreta insistencia del humo. Las baldosas eran de barro cocido, oscuras en el centro por años de pisadas, más claras en los bordes donde los pies rara vez llegaban. Las paredes estaban cubiertas de retratos: generaciones de Cienfuegos mirando desde sus marcos dorados con la seguridad solemne de quienes nunca han dudado de que merecen un retrato.

Perla caminaba delante. No volvía la cabeza.

Pasaron frente a una puerta entreabierta detrás de la cual Inés alcanzó a ver el borde de una mesa cubierta de papeles, una lámpara de aceite encendida aunque era mediodía, y unas manos de mujer pasando páginas con movimientos que tenían la regularidad de alguien que lleva muchas horas haciendo lo mismo. No vio la cara.

Luego pasaron junto a una ventana, y Inés miró el jardín desde arriba.

Desde el segundo piso se veía claramente el rincón donde había cavado: un área oscura en la tierra, apenas perturbada, sin ninguna marca que indicara lo que había debajo. Siete flores. Ya sepultadas. Ya a salvo del proceso de morir despacio al aire libre, de ponerse amarillas, de doblarse sobre sí mismas, de volverse en la presencia de quien las quiso algo peor que la muerte: el deterioro visible.

No se dio cuenta de que Perla también había mirado por la ventana hasta que Perla habló.

—Siete —dijo, sin detenerse, sin volver la cabeza, en un tono que no era pregunta ni comentario sino algo intermedio, la clase de enunciado que uno hace cuando está confirmando una cuenta que ya tenía hecha.

Inés no respondió.

Perla tampoco esperaba respuesta. Siguió caminando.

Inés apretó la caja contra su pecho y la siguió por el corredor que olía a lavanda cocida y a cera y a algo antiguo e innombrable, hacia la habitación que daba al jardín, donde esa noche dormiría por primera vez bajo el techo del pabellón y soñaría, aunque no lo recordaría al despertar, con tierra negra y flores enterradas que en el sueño respiraban.

El pabellón de las flores que lloran llevaba siete años guardando su peor secreto bajo tierra.

Era un número que nadie había calculado en voz alta. Perla, que sabía contar mejor que nadie en esa casa y que había aprendido a los catorce años que los números son la única forma de narrar la verdad sin que te llamen mentirosa, lo tenía anotado en algún lugar que no era papel. Lo tenía anotado en el cuerpo, que es donde se anotan las cosas que no pueden escribirse.

Esa noche, mientras terminaba de hacer la cama de la habitación del ala este con las sábanas que olían a membrillo por el agua de lavado que doña Celestina exigía para los cuartos de invitados, Perla pensó en las siete flores. Pensó en la tierra removida del jardín. Pensó en la niña que había llegado con la caja de madera y los zapatos llenos de barro y esa manera de apretar la mandíbula que tienen las personas que se han acostumbrado a que el mundo les pida más de lo que razonablemente pueden dar.

La niña estaba en ese momento junto a la ventana, con la caja abierta sobre las rodillas, pasando páginas que Perla no podía leer desde donde estaba pero que reconocía: la postura de quien lee algo que ya se sabe de memoria y aun así necesita volver a ver con los ojos.

—El desayuno es a las siete —dijo Perla—. Doña Celestina no desayuna en compañía pero espera que el resto de la casa esté presentable antes de las ocho.

—De acuerdo —dijo Inés, sin levantar la vista.

—La cocina está en el ala norte. No entres si no te llaman. —Una pausa. Luego, porque Perla era, debajo de todo lo que el pabellón había depositado sobre ella, una mujer que reconocía a sus semejantes—: Hay una jarra de agua caliente en el armario y una manta extra si la noche baja fría.

Inés levantó la vista entonces. Los miró durante un momento con esos ojos que tenían la particularidad perturbadora de la gente que ha llorado tanto y en tan completa soledad que ya han refinado el llanto a algo invisible, algo que solo existe en la calidad de la mirada.

—¿Por qué siete? —preguntó.

Perla recogió las toallas dobladas del borde de la cama.

—Buenas noches, señorita.

Salió al corredor y cerró la puerta con el cuidado de alguien que sabe que las puertas de las casas viejas recuerdan cada portazo y cada cierre suave y que esa memoria tiene consecuencias.

En el pasillo, sola, se detuvo un momento.

Afuera la lluvia había vuelto, y Portaverde entera sonaba a río crecido y a piedra mojada y al ruido particular que hace el viento cuando atraviesa los jardines de las casas antiguas, como si buscara algo entre las enredaderas y no terminara de encontrarlo.

Perla contó, en silencio, hasta siete.

Luego siguió caminando.

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