La casa no dormía antes de que Celestina lo hiciera. Era un acuerdo tácito entre ambas, establecido hacía tanto tiempo que ya nadie recordaba quién lo había propuesto. Los tablones del suelo dejaban de crujir. Las enredaderas de la fachada cesaban su conversación con el viento. Incluso el río, ese espejo roto que los portaverdeños amaban con la fidelidad que se profesa a las cosas que no corresponden, parecía bajar su voz cuando Celestina Cienfuegos decidía que era hora de que el mundo descansara.
Esta noche no hubo acuerdo.
Celestina estaba despierta a la una de la madrugada, sentada en el escritorio de su dormitorio con los libros de cuentas abiertos ante ella y una vela que llevaba tres horas consumiéndose con una paciencia que ella le envidiaba. El dormitorio olía a agua de rosas y a algo más antiguo, una nota que los visitantes raras veces identificaban pero que Celestina reconocía como la fragancia particular de las decisiones irreversibles, que no es muy distinta, en realidad, al olor de la piedra mojada.
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