La piedra de luna llevaba tres días caliente.
No era el calor de la fiebre, ni el de la vergüenza, ni el calor mecánico de haber apretado algo demasiado tiempo en el puño. Era otra cosa: una temperatura que parecía venir de adentro hacia afuera, como si la piedra tuviera una voluntad termal que él no había sido consultado en aprobar. Rodrigo la examinó a la luz de la vela del lunes por la mañana, giró la palma despacio, y la piedra devolvió el destello con la misma serenidad de siempre. Lechosa. Quieta. Ligeramente más cálida que el día anterior.
Se puso el guante.
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