La última mañana comenzó con fuego.
No uno grande. No el fuego de las tragedias que uno ha leído en los libros y que llegan envueltas en relámpagos y discursos finales. Este era un fuego pequeño, doméstico, casi vergonzoso en su escala: una palangana de cobre que Inés había colocado sobre las losas del patio interior, lejos de la cocina sellada, lejos de las ventanas desde donde Celestina solía observarlo todo, y en la que ardían, uno a uno, los papeles que no había podido enviar en siete años.
Las cartas a Rodrigo eran cuarenta y tres.
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