El inspector Fuentes llegó al salón azul a las once y cuarto de una mañana que olía a lluvia vieja y a madera que ha estado húmeda demasiado tiempo. Llevaba una carpeta gris bajo el brazo, delgada como un insulto, y la depositó sobre la mesita de mármol con el cuidado de quien ha aprendido que los documentos se reciben mejor cuando no se arrojan.
Celestina estaba sentada cuando él entró. No se había movido desde que Consuelo le dijo lo que había hecho. Eso fue hace tres horas. El té en la taza se había enfriado y ella no había pedido otro.
Se había puesto el vestido color ciruela con los botones forrados de tela, el que guardaba para las cenas con el alcalde, y el broche de nácar en el cuello, y los pendientes de perlas pequeñas que su madre le regaló cuando cumplió veinticinco años y que no se había puesto desde el entierro de Augusto. Perla, que la había visto vestirse esa mañana sin que nadie se lo ordenara, había contado las perlas en silencio. Eran las mismas de siempre. Dieciséis.
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