La lluvia llegó sin aviso, como llegan las cosas que van a cambiar algo.
Inés estaba en el pabellón de cristal cuando empezó, arrodillada junto a la hilera de macetas de barro que Perla había llenado de tierra nueva esa mañana, del lado norte, sin hacer preguntas. Tenía las manos enterradas hasta las muñecas en la tierra oscura y húmeda, y no oyó las primeras gotas porque estaba pensando en un verso de su madre que había leído tres veces esa semana sin entender del todo, uno que decía: *la mujer que no llora cultiva, la mujer que cultiva ya está llorando.* Estaba pensando en eso cuando la primera tormenta auténtica del mes de mayo descargó sobre el techo de cristal del pabellón con el ruido de doscientas manos aplaudiendo a desgana.
Y Sofía entró por la puerta lateral con el dobladillo del vestido ya oscurecido por la lluvia y una expresión que era lo más cercano a la sorpresa que Sofía Aldebarán se permitía en público.
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