La señora Celestina llevaba tres días preparando esa cena.
No en la cocina, que eso era territorio de Perla y de los ritmos que gobernaban el pabellón desde antes de que ninguno de sus hijos aprendiera a caminar. Celestina preparaba en otro sentido: disponía, calculaba, ensayaba la geometría de la mesa con la misma concentración que un general estudia un mapa antes de la batalla. Sacó el mantel de hilo de Brujas que solo había usado cuatro veces en cuarenta años —bodas, bautizos, un funeral, la visita del alcalde de Portaverde que acabó con la alcaldía consolidada en el bolsillo Cienfuegos—, lo mandó lavar con agua fría y secarlo a la sombra para que no amarillara. Encargó las rosas preservadas desde el martes: cuarenta pétalos liofilizados en acetato dorado, dispuestos en un centro que parecía jardín pero no se marchitaba, no olía, no moría, que era exactamente la clase de belleza que Celestina más comprendía.
El menú lo dictó ella misma a Perla con una lista escrita a mano en papel grueso.
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