Sabes exactamente cuántos escalones hay entre la cocina y el jardín sur.
Nueve. El último tiene una grieta en la esquina derecha que apareció el invierno en que murió el señor Augusto y que nadie ha mandado reparar en treinta y ocho años porque hay cosas que la casa prefiere conservar rotas, igual que la gente.
Bajas esos nueve escalones cada mañana antes del amanecer, cuando el pabellón todavía no ha decidido qué cara ponerle al día. Llevas el delantal atado dos veces porque una sola vuelta nunca alcanza, llevas las manos limpias aunque dentro de diez minutos ya no lo estarán, y llevas, en el bolsillo izquierdo del delantal, una cosa que nadie sabe que llevas. No es nada que tenga nombre propio. Es simplemente el peso de saber.
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