Chapter 1: A Fox Falls Into the Lion's Den

El primer pensamiento de Diego de la Vega fue que alguien había dejado morir un cerdo muy cerca de él.

El segundo fue que ese cerdo podría ser él mismo.

Abrió los ojos sobre un cielo del color de la ceniza vieja, encuadrado por dos paredes de piedra tan húmeda que chorreaban hacia el suelo en filamentos verdosos. El olor era una cosa física, casi sólida: estiércol, pescado podrido, madera quemada, y debajo de todo ello, algo dulzón y orgánico que prefirió no identificar. Se incorporó despacio. Las manos encontraron adoquines mojados y resbaladizos. La cabeza respondió con un dolor sordo que empezó detrás de los ojos y trepó hasta la nuca como una mala noticia que se toma su tiempo.

No recordaba haber caído.

No recordaba haber llegado.

Lo último que tenía era el patio de la hacienda de su padre, la noche, el olor a jazmín de California y el sonido de las espuelas de un jinete que se alejaba. Después: nada. Un corte limpio entre un mundo y este callejón que olía a muerte antigua.

Diego se sentó completamente, apoyó la espalda contra la pared húmeda y procedió a hacer lo que cualquier hombre sensato habría hecho en esa situación: inventario.

Llevaba ropa que era la suya, aunque arrugada y manchada con algo oscuro en la manga izquierda que esperaba que fuera barro. La espada, para su alivio considerable, seguía colgada al cinto: la hoja española, delgada y flexible como un pensamiento bien formulado, diseñada para la estocada precisa y no para el tajo salvaje que evidentemente preferían los brutos de esta ciudad. Lo supo porque el ruido que llegaba desde la calle, ese rugido bajo y constante de miles de personas viviendo demasiado cerca unas de otras, sonaba a violencia contenida que en cualquier momento podría dejar de contenerse.

Lo que no tenía: dinero. Mapa. Conocidos. La más mínima idea de dónde estaba.

Se puso de pie. Las rodillas protestaron. Se asomó al extremo del callejón.

La ciudad se extendía ante él como una pesadilla que hubiera decidido volverse arquitectura.

Las casas se apilaban unas sobre otras con la lógica desesperada de los pobres que construyen hacia arriba porque no tienen tierra en horizontal. Galerías de madera podrida conectaban ventanas que no llegaban a ser ventanas, apenas agujeros cubiertos con tela encerada. En la calle, que era más un canal de barro con pretensiones que un camino real, una multitud compacta y malhumorada se movía en todas direcciones sin ceder el paso a nadie. Los colores que Diego podía ver desde allí eran los del descuido: marrones, grises, el amarillo sucio de la tela barata lavada demasiadas veces. Niños de piernas flacas corrían entre las piernas de los adultos. Una mujer regañaba a un hombre desde una ventana con una convicción admirable. Dos perros peleaban en silencio sobre algo que Diego identificó como un hueso y prefirió no examinar más de cerca.

Ninguna palmera. Ningún cielo azul. Ningún olor a mar abierto y limpio.

Esto, pensó Diego con la claridad serena de quien prefiere los problemas específicos a los filosóficos, era definitivamente un problema.

Se ajustó la espada bajo el brazo para que no resultara visible desde lejos y salió al callejón con el paso lento de un hombre que tiene todo el tiempo del mundo y ningún apuro, que era exactamente la apariencia contraria a su estado real. Había aprendido ese andar en sus años como Zorro: el movimiento que dice no hay nada interesante aquí, continuad con vuestros asuntos. En California lo había perfeccionado hasta convertirlo en arte. En este lugar nuevo y ruidoso y maloliente, lo ensayó por primera vez frente a un público que ni siquiera lo miraba, y eso ya era una victoria pequeña.

Caminó.

Observó.

El español que llevaba en la lengua le sirvió de nada. La gente que lo rodeaba hablaba en un idioma que él entendía, inexplicablemente, como si lo hubiera absorbido junto con el olor del callejón. Entendía cada palabra. No había oído ninguno de esos acentos en su vida. Esto también lo apuntó en la columna de misterios que ya era demasiado larga para examinar en este momento.

Lo que sí entendía, sin necesitar traducción, era la geometría del poder que veía en cada esquina.

Los soldados llevaban mantos dorados y leones bordados en el pecho. Caminaban en grupos de tres o cuatro y la gente se apartaba antes de que llegaran, con esa anticipación que solo viene del hábito, del miedo convertido en reflejo. Diego los vio tomar manzanas de un puesto sin pagar y el vendedor no dijo nada, solo miró al suelo con la expresión de quien guarda la rabia para uso doméstico. Los vio empujar a un anciano fuera de la acera sin ralentizar el paso, con la indiferencia absoluta de quienes saben que no habrá consecuencias.

Estudió sus espadas. Anchas, pesadas, diseñadas para el golpe. No para el duelo.

Estudió sus posturas. Confiadas hasta la pereza.

Estudió sus caras y encontró la misma expresión en todas ellas: el aburrimiento ligeramente agradable del hombre armado en una ciudad que le teme.

Esta parte, al menos, la reconocía. Los hombres del alcalde en Los Ángeles tenían la misma mirada. El poder sin rendición de cuentas producía el mismo rostro en todas partes, aparentemente. Era uno de los pocos universales que Diego había encontrado y que nunca lo dejaba de sorprender por su perfecta consistencia.

Siguió caminando. El sol, cuando lograba atravesar la capa de humo y niebla que envolvía los tejados, marcaba el mediodía. Diego tenía hambre. No tenía con qué pagar comida. Tenía una espada que en este momento era casi un anuncio de que era alguien diferente, alguien de fuera, alguien que no encajaba. En una ciudad que mataba lo no familiar, según le decía cada instinto que llevaba años entrenando, esa espada era una firma en un documento que nadie quería que existiera.

Estaba sopesando si podría vender la vaina, que era de cuero bueno aunque no extraordinario, cuando escuchó el golpe.

No fue el primero. El primero lo había absorbido sin registrarlo, porque en esa calle los ruidos se superponían hasta volverse un solo rumor informe. Pero el segundo lo hizo girar, y el tercero lo hizo detenerse por completo.

Frente a un portón de madera reforzada con remaches de hierro, junto a lo que evidentemente era un almacén de algo pesado y valioso a juzgar por los candados, dos soldados del manto dorado tenían arrinconado a un hombre de unos cuarenta años, bajito, de manos callosas y delantal manchado de harina. El hombre tenía ya un ojo hinchado que se estaba poniendo del color de una ciruela madura. Uno de los soldados lo sostenía por el cuello de la camisa, levantado sobre las puntas de los pies. El otro le estaba explicando algo con la paciencia elaborada de quien sabe que la otra persona no tiene poder para contradecirle.

Diego no oyó las palabras exactas desde donde estaba. Oyó el tono. Lo había oído antes, en una hacienda de California donde un sargento le explicaba a un peon mestizo que su deuda había crecido de maneras que la aritmética honesta no podía justificar. El tono de la conversación en la que solo una parte tiene voz.

El hombre del delantal dijo algo. Su voz sonó como agua que trata de apagar un fuego que es cinco veces más grande.

El soldado que lo sostenía lo golpeó contra el portón.

La multitud a su alrededor siguió moviéndose. No con indiferencia, exactamente, porque Diego podía ver los ojos que se deviaban, las espaldas que se giraban, la consciencia colectiva de un espectáculo que nadie quería haber visto. Era peor que la indiferencia. Era el silencio de la gente que sabe perfectamente lo que está pasando y ha calculado, con la aritmética brutal de la supervivencia, que no puede permitirse saberlo.

Diego dio tres pasos hacia ellos.

Se detuvo.

Se habló a sí mismo, en el español interior que era el único espacio privado que le quedaba: no. Todavía no. Piensa primero.

Porque en California habría sabido exactamente lo que haría el Zorro. El Zorro habría aparecido en ese callejón con su capa negra y su antifaz y habría dejado a esos dos hombres con las espadas en el suelo y el ego gravemente herido antes de que terminaran de entender qué estaba pasando. El Zorro era eficaz, elegante, y operaba en un mundo donde las consecuencias de esa eficiencia eran manejables.

Esto no era California.

Diego no tenía capa. No tenía antifaz. Tenía una espada de esgrima en un mundo donde la espada de esgrima era una curiosidad exótica, un cuerpo que no conocía este terreno y unos soldados que claramente no estaban solos, porque veinte metros más allá había otros tres con el mismo manto dorado conversando junto a una fuente.

Cinco soldados. Él solo. Ninguna salida preparada. Ninguna ruta de escape memorizada. Ningún Bernardo esperando con el caballo detrás de la colina más próxima.

Tres pasos más.

Lo que le ocurrió a continuación fue que el hombre del delantal cayó al suelo y no intentó levantarse, y eso activó algo en Diego que estaba localizado mucho más abajo que el pensamiento racional, en el mismo lugar donde vivían los reflejos de la esgrima y la certeza de que hay cosas que no se pueden simplemente observar.

Dio los tres pasos restantes.

Se interpuso entre el soldado y el hombre en el suelo.

El soldado lo miró con la expresión de alguien que acaba de notar que un mosquito se ha posado en su brazo. Un mosquito de tamaño normal. Un mosquito sin alas de manto dorado.

Diego sonrió.

Dios mío, pensó mientras sonreía, que terrible error acabo de cometer.

Pero ya estaba hecho, de modo que procedió a cometerlo completamente.

"Perdonad," dijo, con el acento que no era de ningún lugar que estos hombres pudieran ubicar. "Creo que este caballero ha perdido el equilibrio. Es una calle muy irregular. Debería reportarse al..." Hizo un gesto vago hacia ningún lugar en particular. "Al responsable de las calles. Sea quien sea."

El soldado lo estudió durante un segundo completo. Diego era consciente de la espada en su costado, del corte en la manga, de lo mucho que debía parecer exactamente lo que era: un hombre que no pertenecía aquí y lo estaba disimulando con una desenvoltura que funcionaba exactamente tan bien como funcionan todas las mentiras bajo escrutinio directo, que era precariamente.

"Largaos," dijo el soldado, sin inflexión. "Antes de que vuestra irregularidad se vuelva también un problema."

Diego evaluó sus opciones en el tiempo que tardó en respirar una vez.

El hombre en el suelo se estaba moviendo. No estaba inconsciente. Los otros tres soldados de la fuente no habían mirado en su dirección. Aún.

"Por supuesto," dijo Diego, y con una pequeña reverencia que bordeaba deliberadamente lo ridículo, se agachó, tomó al hombre del delantal por el brazo con firmeza y lo ayudó a ponerse de pie, y luego con ese mismo paso sin apuro que había practicado toda la mañana comenzó a alejarse calle abajo con el hombre apoyado en su hombro, sin correr, sin mirar atrás, sin apresurarse lo suficiente para que la prisa misma se volviera sospechosa.

Cuarenta metros. Sesenta. Una esquina.

El hombre del delantal murmuró algo que Diego no entendió del todo pero que tenía el tono del agradecimiento mezclado con el del terror.

"Callad," dijo Diego amablemente. "Todavía no."

Otra esquina. Un callejón diferente, más estrecho, con más sombra. Diego soltó al hombre y lo apoyó contra la pared y solo entonces miró hacia atrás. No había nadie siguiéndolos. Por ahora.

"¿Estáis herido?" preguntó.

El hombre lo observó con el ojo que todavía podía abrir, el izquierdo, el derecho ya era una hendidura rosada rodeada de morado. Era un hombre de rostro honesto y sin pretensiones, la clase de cara que Diego había aprendido a reconocer como la del hombre que trabaja con las manos y no sabe mentir porque nunca ha necesitado aprenderlo.

"¿Quién sois vos?" preguntó el hombre.

Una pregunta perfectamente razonable que Diego llevaba toda la mañana haciéndose a sí mismo.

"Un viajero," dijo. "Con muy mala orientación. ¿Esto..." Señaló vagamente hacia el portón del almacén que ya no podían ver. "¿Esto ocurre a menudo?"

El hombre lo miró como si la pregunta fuera la cosa más extraña que había oído en semanas, lo cual, dado que acababa de recibir una paliza por deuda impaga de los soldados de la casa más poderosa del reino, era un umbral razonablemente alto.

"Señor," dijo el hombre, con la paciencia cansada de quien explica el color del cielo, "esto ocurre todos los días."

Diego asintió despacio.

"¿Y adónde van esos... soldados con manto dorado? ¿A qué casa sirven?"

"A la Casa Lannister," dijo el hombre, y pronunció el nombre como se pronuncian los nombres de las enfermedades, con exactitud y sin cariño. "Son la guardia de la ciudad. O se llaman así."

Lannister. Diego archivó el nombre.

"¿Y quién gobierna esta ciudad?" preguntó.

El hombre lo estudió más fijamente. "¿De dónde decís que venís, señor?"

"De muy lejos," dijo Diego.

Esto, al menos, era verdad.

Pasó la siguiente hora sentado en las sombras de ese callejón, escuchando. El mercader, que se llamaba Tomás y que debía tres semanas de impuesto sobre su molino a alguien que trabajaba para alguien que trabajaba para los Lannister, le habló con la generosidad aturdida de los que acaban de escapar de algo y todavía no han procesado del todo que han escapado. Le habló de Desembarco del Rey, que era el nombre de este lugar, y de la Fortaleza Roja que dominaba el horizonte del este como un puño de piedra roja. Le habló del rey, un muchacho que Tomás describió con un silencio significativo que decía más que cualquier adjetivo. Le habló de los Lannister, de cuánto dinero tenían y cuán poco necesitaban compartirlo. Le habló de los Barrios Bajos, que era donde estaban ahora, el fondo de la ciudad, el lugar adonde caía todo lo que no tenía adónde más ir.

Diego escuchó todo sin interrumpir. Escuchó como el Zorro había aprendido a escuchar: completamente, guardando cada detalle, construyendo el mapa que ningún cartógrafo le iba a dibujar.

Cuando Tomás se fue, cojeando pero entero, Diego se quedó solo en el callejón con el ruido de la ciudad sobre él como un peso físico.

Pensó: esto es peor de lo que calculé.

Después pensó: pero es reconocible. El poder arbitrario. La deuda como arma. El miedo como moneda. El silencio de la multitud que ha aprendido a no ver. Esto lo conocía. No las proporciones exactas, no los nombres, no la geografía. Pero el mecanismo lo conocía de memoria.

Y si el mecanismo era el mismo, quizás también lo era la palanca.

El problema era que Diego de la Vega no podía ser Diego de la Vega aquí. En California, su familia era conocida, su apellido era un escudo, y el Zorro era una leyenda que la gente ya estaba medio dispuesta a creer. Aquí era un extraño sin historia, con una espada del tipo incorrecto, con un acento que no correspondía a ninguna región que alguien pudiera señalar en ningún mapa, y con la experiencia vivida de que los extraños sin historia en las ciudades donde el poder es brutal tienden a tener historias muy cortas.

Diego de la Vega tenía que desaparecer.

No físicamente. Físicamente tenía que existir, comer, dormir, operar. Pero Diego de la Vega el californiense, el hijo del hacendado, el hombre real, tenía que retirarse detrás de una figura que este mundo pudiera tragar sin atragantarse.

Necesitaba una identidad que explicara su acento extraño. Que justificara su presencia en la ciudad. Que lo hiciera suficientemente excéntrico para que la gente no hiciera demasiadas preguntas, y suficientemente insignificante para que los poderosos no lo consideraran una amenaza.

Pensó en Tomás mencionando el vino de Dorne, al sur, que era lo más parecido que este mundo parecía tener a un lugar de sol y clima cálido y acento diferente.

Pensó en los mercaderes que había visto esa mañana en el muelle pequeño que asomaba al final de una calle. La ropa de colores más vivos. Los argumentos en voz alta sobre precios. La forma de moverse por la ciudad con una familiaridad que no era exactamente la del ciudadano permanente sino la del hombre que la usa regularmente sin pertenecer a ella.

Pensó en todos los años que había pasado interpretando al noble de la Vega, torpe y afeminado y obsesionado con sus afecciones y sus pañuelos de encaje, mientras el Zorro esperaba pacientemente debajo.

Sonrió.

Doble máscara. Siempre había sido más seguro así.

Diego pasó la tarde en el mercado. No comprando, porque seguía sin dinero, sino observando. Observó la ropa. Observó los gestos. Observó la manera en que los mercaderes ricos trataban a los soldados: no con el terror del trabajador pobre sino con la condescendencia discreta del hombre que sabe que el dinero es, a la larga, más persuasivo que la espada. Observó los nombres que se usaban, los títulos, la coreografía social de quién cedía el paso a quién y con cuánta deliberación.

A media tarde encontró una posada en la parte menos terrible de los Barrios Bajos que tenía en la parte trasera un tendedero con ropa de varios tamaños. No era robar, se dijo, porque iba a devolverla en condiciones mejores de las que la encontró, y en cualquier caso robar a los Lannister estaba en su lista de actividades planificadas, de modo que esto era simplemente un ensayo.

Se cambió de ropa en un callejón. Los colores más vivos que pudo encontrar entre lo tendido. Algo en tonos anaranjados y una capa de lana gruesa con bordado geométrico que podría ser del sur si nadie miraba muy de cerca. No era perfecto. Era suficiente para la versión del personaje que estaba construyendo.

El dinero lo obtuvo de una manera que tampoco era exactamente honesta pero que apuntaba en la dirección correcta: encontró al sargento que había golpeado a Tomás, lo siguió hasta una taberna, esperó a que estuviera lo suficientemente borracho para no notar el peso ausente de una bolsa pequeña de cuero que llevaba sin mucho cuidado colgada del cinto exterior, y la aligero de su compañía con la delicadeza de un cirujano que extrae una astilla. Contó las monedas en el callejón. Eran del tipo incorrecto para California y exactamente del tipo correcto para una cena y una noche bajo techo en este lugar específico.

Con la bolsa de monedas ganadas de la manera que le parecía más poética dadas las circunstancias, Diego se dirigió a la posada que había identificado durante la tarde: la Morsa y el Galgo, en el borde norte del barrio comercial, suficientemente respetable para que nadie hiciera preguntas demasiado directas, suficientemente modesta para que nadie esperara referencias de casas nobles del sur.

El posadero era un hombre corpulento con el aspecto de alguien que había tomado decisiones difíciles en su juventud y ya no las tomaba. Diego le habló con el acento que había estado ensayando en silencio toda la tarde, redondeando las vocales, suavizando las consonantes, añadiendo las inflexiones que había oído en el mercado a los hombres identificados como dornienses.

"Soy Ser Diego Oscuro," dijo, con la seguridad de quien lleva ese nombre desde el nacimiento. "Mercader de vinos. De Dorne. He llegado esta mañana y mi equipaje, lamentablemente..." Suspiró con la indignación elaborada de un hombre cuya dignidad ha sido herida en un punto específico. "Los mozos del muelle tienen la competencia de una manada de cabras mareadas. Todo está perdido. Necesito una habitación, agua caliente si existe tal cosa en esta ciudad, y en cuanto a la cena, cualquier cosa que no parezca haber muerto de causas naturales hace más de dos días."

El posadero lo evaluó. Diego sostuvo la evaluación con la expresión de un hombre que está molesto por cuestiones menores de equipaje y no por cuestiones mayores de existencia.

"Tres dragones de plata por semana," dijo el posadero.

Diego no sabía si eso era caro o barato. Sacó cuatro monedas de la bolsa con el gesto de alguien que tiene más dónde vienen esas y las depositó en el mostrador.

"Por la molestia del equipaje," dijo.

La habitación era pequeña, con una cama que olía a paja y a los sueños de varios desconocidos anteriores, y una ventana que daba a otro callejón. Diego se sentó en el borde de la cama y escuchó el ruido de la ciudad asentarse hacia la noche. Las antorchas en las calles principales producían un resplandor anaranjado que entraba oblicuamente por la ventana. Desde algún lugar cercano llegaba música, algo con cuerdas y percusión que no era ni alegre ni triste sino simplemente persistente.

Pensó en Bernardo. En su padre. En la hacienda.

Se permitió ese pensamiento exactamente el tiempo que tardó en respirar tres veces, y luego lo guardó en el mismo lugar donde guardaba todas las cosas que no podía resolver en este momento pero que tenían que seguir existiendo.

Lo que podía resolver: estaba vivo. Tenía techo. Tenía una identidad que funcionaría durante algunos días si nadie la examinaba de cerca. Tenía la espada. Tenía años de experiencia en ser simultáneamente dos personas en el mismo cuerpo.

Lo que no podía ignorar: había visto hoy lo que veía en California desde los doce años. El poder que se alimenta de los que no pueden defenderse. El granero cerrado con candados mientras la gente en la calle tiene los ojos del hambre. Los soldados que no son guardias sino recaudadores vestidos de guardia.

Ser Diego Oscuro era un cobarde excéntrico con opiniones fuertes sobre la temperatura del vino. Eso era lo que el mundo vería.

El Zorro era lo que el mundo necesitaba.

Diego se recostó sobre la cama con la ropa puesta y la mano izquierda apoyada sobre la vaina de la espada, como siempre, y miró el techo de madera con sus grietas que formaban patrones que quizás decían algo si uno tenía la paciencia de leerlos.

Mañana empezaría a conocer mejor esta ciudad.

Esta noche, pensó cerrando los ojos mientras la música persistente de algún callejón cercano seguía su conversación con la oscuridad, esta noche era suficiente con haber sobrevivido.

Y en algún almacén de la ciudad que olía a sal y a grano seco, con un candado que Diego ya había memorizado desde fuera, varios sacos de harina esperaban sin saber todavía que tenían un destino diferente del que sus dueños habían planeado.

Pero eso, decidió el Zorro con una sonrisa que nadie vio, era para mañana.

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Chapter 1: A Fox Falls Into the Lion's Den — La Máscara y el Trono de Hierro | GenNovel