La fiebre se fue como se van los sueños malos: despacio, dejando rastro.
Alonso Quijada abrió los ojos un martes de octubre y vio el techo de su alcoba con una claridad que le dolió. No el dolor de la enfermedad —ese ya había pasado, cuarenta días de infierno húmedo en que su ama lo alimentaba con caldos y promesas de santos— sino otro dolor, más limpio y más hondo, el de quien ha visto algo que no puede desvolver a la oscuridad. Se incorporó despacio. Sus brazos eran ramas de árbol en invierno. La mañana entraba por los postigos con esa luz blanca y sin misericordia de La Mancha en otoño, esa luz que no esconde nada, que aplana la tierra hasta el horizonte y obliga a todo lo que existe a declararse sin sombra donde refugiarse.
Se quedó sentado en el borde de la cama. Escuchó el viento.
Siempre había habido viento en la llanura. Lo sabía como sabía el nombre de su aldea, el peso de su espada herrumbrosa, el olor del serrín en la carpintería del vecino. El viento era el ruido de fondo de toda su vida, insustancial como el latido propio. Pero esta mañana el viento sonaba distinto. Esta mañana traía algo adentro, una tensión, un tirón rítmico y desesperado que Alonso sintió no en los oídos sino en el pecho, detrás del esternón, como quien escucha una llamada y solo entonces comprende que llevaba años esperándola sin saberlo.
Se acercó a la ventana.
La llanura se extendía hacia el poniente, parda y enorme, interrumpida a tres leguas de distancia por las siluetas de los molinos. Eran seis. Los había visto toda su vida. Giraban, siempre giraban, las aspas mordiendo el aire manchego con su movimiento eterno y sin propósito aparente. Los vecinos no los veían ya, de tan acostumbrados; formaban parte del horizonte como las nubes o los cerros distantes, elementos del paisaje que el ojo aprende a ignorar para preservar la cordura cotidiana.
Esta mañana, uno no giraba.
Alonso se quedó inmóvil con la mano en el postigo. El molino del extremo norte —el más alto, el que los lugareños llamaban el Viejo porque nadie recordaba cuándo lo habían construido— tenía las aspas detenidas en ángulo oblicuo, como un hombre que ha extendido los brazos para mantener el equilibrio. El viento soplaba. Los otros cinco molinos giraban. Ese solo permanecía quieto, y en su quietud había algo que no era mecánico ni accidental sino deliberado, como la quietud de alguien que aguarda.
Como la quietud de alguien que aguarda y ha aguardado durante mucho tiempo.
Alonso Quijada cerró los ojos. Los apretó. Se los frotó con los nudillos como hacía de niño cuando quería borrar una pesadilla. Volvió a mirar.
El molino seguía quieto. Y ahora, en la distancia blanca de la mañana, le pareció ver que lo que hasta entonces había tomado por la base circular de piedra no era una base sino una cintura, y lo que había tomado por aspas no eran aspas sino brazos, enormes y rígidos, extendidos en una postura que no era de moler trigo sino de resistir algo, de pujar contra algo invisible y colosal que los aprisionaba desde dentro.
El tazón de caldo que su ama había dejado en la mesita de noche se cayó al suelo y se rompió. Alonso no recordó haberlo derribado.
Fue a la biblioteca.
Era la habitación más pequeña y más llena de la casa, un cuarto sin ventana que olía a cuero viejo, a polvo de siglos, a la particular humedad de los libros que no han sido movidos en demasiado tiempo. Alonso había reunido aquellos volúmenes a lo largo de toda su vida adulta, sacrificando rentas y reparaciones necesarias en el tejado para pagar encuadernadores, copistas, mercaderes de feria que llegaban al pueblo dos veces al año con las alforjas llenas de páginas. Sus vecinos lo sabían y movían la cabeza. El cura lo aprobaba en la medida en que los libros eran libros y no otra cosa. Su ama le había rogado en incontables ocasiones que vendiera al menos la mitad.
No los había vendido. Y ahora entendía por qué, con una certeza que le llegaba no del razonamiento sino de algún lugar más antiguo y más fiable.
Pasó el dedo por el lomo de los volúmenes. El polvo se acumuló en su yema. Sacó uno, lo abrió, leyó tres líneas, lo cerró. Sacó otro. Este lo sostuvo bajo la vela —la mañana aún no iluminaba el cuartucho— y leyó despacio, sin parpadear, con la misma intensidad con que había mirado el molino desde la ventana.
El libro era una crónica de caballerías. Lo había leído una docena de veces a lo largo de los años, encontrando en él lo que cualquier hidalgo de La Mancha encontraba: aventuras bien contadas, geografías inventadas, valentías que servían para acompañar las noches largas del invierno. Pero esta mañana, después de cuarenta días de fiebre y una visión que no conseguía desechar, las palabras hacían algo diferente en su interior. Las frases sobre gigantes que guardaban los límites del mundo, sobre criaturas de piedra que custodian la frontera entre lo vivo y lo muerto, sobre un encantamiento tejido en tiempos sin nombre que había convertido lo sagrado en ordinario y lo ordinario en sagrado invertido, todas aquellas frases que había leído como metáforas, como ornamentos retóricos del género, como hipérboles obligadas de la épica, esta mañana le sonaban como instrucciones.
Coordenadas.
Fechas codificadas en el número de sílabas de ciertos versos.
Nombres verdaderos escondidos dentro de nombres falsos como una mano dentro de un guante.
Estuvo en la biblioteca hasta el mediodía, sacando volúmenes, abriéndolos, encontrando el hilo que los conectaba a todos, ese hilo que había estado ahí siempre y que la fiebre —o algo anterior a la fiebre, algo que la fiebre solo había quemado para dejar ver— le había enseñado a rastrear. Las crónicas de caballerías no eran literatura. Las crónicas de caballerías eran un archivo. Alguien —varios alguienes, a lo largo de varios siglos— había cosido en el tejido de las historias inventadas un registro de lo que el encantamiento no debía dejar ver: los nombres verdaderos de las criaturas que los molinos de viento eran, la naturaleza del hechizo que los aprisionaba, el método —un solo método, difícil y costoso— para liberarlos.
El método era una voz humana. Era pronunciar el nombre verdadero en presencia de la piedra. Era, en consecuencia, saber el nombre. Y los nombres estaban ahí, en los libros, esperando al lector que llegara con los ojos limpios de la costumbre.
Alonso se sentó en el suelo de la biblioteca, entre los libros apilados, y se quedó mirando el muro. Sentía el peso de lo que acababa de comprender como se siente el peso de una armadura: incómodo, necesario, definitivo.
El golpe en la puerta de la calle lo devolvió al mundo.
Pero Pérez entró sin esperar respuesta porque llevaba veinte años entrando en esa casa sin esperar respuesta, y porque el ama, aliviada de encontrar a alguien con autoridad moral, lo dejó pasar al instante. El cura era un hombre de mediana estatura y anchos conocimientos, con la cara redonda y benévola del que ha encontrado paz con Dios y espera que todos los demás la encuentren también, preferiblemente antes del domingo. Estudió en Salamanca. Leía latín, algo de griego, y la cara de sus feligreses con la misma facilidad. Entró al cuarto de la biblioteca, vio el caos de libros en el suelo, vio a Alonso sentado entre ellos con los ojos brillantes y las mejillas sin color, y se detuvo en el umbral con la sonrisa de quien ve exactamente lo que teme ver.
—Alonso —dijo, con esa voz de sermón suavizado que era su instrumento principal—. Llevas cuarenta días con la muerte asomada a la ventana y ¿lo primero que haces es venir a la biblioteca?
—Lo primero que hice fue mirar los molinos —respondió Alonso sin levantarse.
El cura parpadeó. Entró del todo. Apartó un volumen del suelo con el pie, con cuidado, y se apoyó en el marco de la estantería, cruzando los brazos.
—¿Y?
—Uno no giraba.
—El viento habrá amainado un momento.
—El viento no amainó. Los otros cinco seguían girando.
Pero Pérez guardó silencio un instante. Era un hombre inteligente, lo suficiente para saber cuándo un argumento tiene un filo que es mejor no rozar todavía.
—A veces el mecanismo se traba —dijo—. Ya lo sabrá el molinero.
—No es el mecanismo —dijo Alonso, y algo en su tono, algo calmo y absolutamente carente de la indignación que hubiera hecho más fácil la conversación, hizo que el cura lo mirara con más atención—. Pero, escúchame. He estado cuarenta días con fiebre. Lo sé. Sé lo que parece. Pero lo que he visto esta mañana no es un síntoma: es algo que siempre estuvo ahí y yo no era capaz de ver. Los libros lo confirman. Todos estos libros, que hemos leído los dos —levantó uno, otro, los fue depositando en el suelo con gestos que eran casi caricias—, no son lo que parecen. Mira aquí. Y aquí. ¿Ves este pasaje sobre el guardián de los llanos? ¿Y este otro sobre la piedra que respira?
El cura se agachó. Leyó. Su expresión no cambió, pero sus dedos se cruzaron sobre la cubierta del volumen con un movimiento involuntario que Alonso no vio.
—Son tropos literarios —dijo Pero Pérez—. Imágenes. El lenguaje de las crónicas es siempre exagerado, ya lo sabes.
—Antes lo creía. Ya no.
—Alonso. —El cura dejó el libro en el suelo y se incorporó, y ahora su voz tenía una calidez específica, la calidez de quien se prepara para decir algo que le cuesta—. Has estado muy enfermo. La fiebre alta hace cosas al juicio que no siempre se deshacen de inmediato. Necesitas descanso, no libros. Necesitas aire, comida, quizá confesión. Y necesitas —hizo una pausa breve y calculada— alejarte de estas lecturas durante un tiempo. Han sido demasiadas horas contigo, demasiados años. Un hombre solo con sus libros acaba por confundirlos con el mundo.
—O acaba por entender que el mundo es el libro —dijo Alonso en voz baja.
Pero Pérez abrió la boca y la cerró. Volvió a abrirla.
—Ven a misa mañana —dijo al fin—. Habla con Dios. Después hablamos tú y yo con más calma.
Salió de la biblioteca. Alonso lo oyó despedirse del ama en el pasillo, oírle recomendar caldo y reposo y ningún libro por el momento, muchas gracias. La puerta de la calle se cerró. El viento siguió sonando afuera, con su tensión rítmica y hambrienta.
Alonso se quedó en el suelo de la biblioteca hasta que la luz de la vela empezó a fallar. Luego se levantó, fue a la cocina, comió algo sin notar qué era, y pasó la tarde haciendo lo que el cura no habría aprobado: leyó más, buscó más, siguió el hilo con la meticulosidad del cartógrafo que levanta un mapa de un territorio que ha pisado sin saberlo. Para cuando el ama fue a avisarle de que la cena estaba fría, tenía ante él siete nombres. Siete nombres verdaderos en letras que ningún vecino suyo hubiera reconocido como letras, distribuidos en siete libros distintos, en siete géneros distintos, en siete siglos distintos de escritura.
Siete molinos en la llanura.
Durmió esa noche con la tranquilidad extraña del hombre que ha dejado de buscar porque ha encontrado. No fue un sueño apacible —era demasiado lo que sabía para dormir en paz— pero fue un sueño con propósito, que es diferente.
Se despertó antes del alba. En la oscuridad, con el pulso tranquilo y las ideas ordenadas, escribió una nota. La dejó en la mesa de la cocina, debajo del salero, donde el ama la encontraría a la hora razonable. Luego fue a la cuadra, ensació a Rocinante con manos que habían perdido la práctica pero no el instinto, y sacó del arcón del corredor la armadura que nadie había tocado en tantos años que los pasadores estaban oxidados y tuvo que forzarlos con paciencia. No era una armadura magnífica. Era la armadura de un hidalgo de provincia de hace dos generaciones, con rozaduras en el peto y una visera que no bajaba del todo. Se la puso igualmente. Cogió la lanza. Cogió la espada.
Salió al frío de la madrugada manchega con el cielo todavía lleno de estrellas y el horizonte apenas más oscuro que el resto.
A tres leguas, en la oscuridad, los molinos esperaban. Seis de ellos giraban. Uno no.
Alonso Quijada puso a Rocinante en camino sin mirar atrás, hacia la llanura enorme y silenciosa que él ya no era capaz de ver como llana ni como silenciosa, porque sabía lo que había debajo del polvo y del encantamiento y del acuerdo tácito de todos sus vecinos de no mirar demasiado de cerca lo que no tienen nombre para nombrar.
La nota que había dejado bajo el salero decía, en una caligrafía que era la suya pero que el ama y el cura y el barbero examinarían esa tarde con perplejidad creciente: el tiempo del olvido ha terminado. No firme el nombre, porque en ese momento, copiando la última palabra, había sentido por primera vez el vértigo de comprender que pronunciar un nombre verdadero en voz alta tiene un precio, y que él lo pagaría, y que lo pagaría de todas formas.
Pero Pérez llegaría esa mañana con el barbero, encontraría la casa vacía y la biblioteca abierta, y pasaría la semana siguiente yendo y viniendo de aquella habitación sin ventana, cogiendo libros, leyéndoles las primeras páginas con expresión de hombre que busca confirmar lo que ya sabe, dejándolos en la mesa, cogiéndolos otra vez. Pensaría en el fuego. Pensaría en su amigo. Pensaría en la fe, que exige creer en cosas que no se ven, y en la razón, que exige no creer en cosas que no se demuestran, y en el espacio incómodo entre ambas donde vivía Alonso Quijada.
No quemaría los libros esa semana. Pero los miraría de una manera diferente, y eso le costaría más de un sueño.
En la llanura, entre tanto, Rocinante avanzaba con su trote irregular y persistente, y su jinete caballero, erguido como podía con la armadura que le pesaba en los hombros, miraba el horizonte donde se recortaban las siluetas de los molinos contra el primer trazo de luz, y el primero de todos, el Viejo del norte, el que no giraba, era tan alto y tan quieto y tan indubitablemente vivo en su quietud que Alonso tuvo que hacer un esfuerzo para respirar con normalidad.
Respiró. Cabalgo.
El viento le traía, mezclado con el olor a polvo y a esparto, algo que no era exactamente un sonido sino la ausencia de un sonido que debería haber cesado hace mil años y no había cesado: el silencio de una criatura que aguarda, paciente como la piedra, el momento en que alguien pronuncie su nombre.