El sol no llevaba dos horas en el cielo cuando Alonso Quijada detuvo a Rocinante en el borde del campo de Sancho Panza, y lo que vio desde allí arriba no era para alegrar el corazón de nadie: cuatro surcos mal trazados en tierra que parecía haber renunciado a la fertilidad por cansancio moral, un asno atado a una estaca inclinada, y el propio Sancho en cuclillas sobre la tierra seca, hablando con una piedra con la concentración de quien negocia un préstamo.
No estaba hablando con la piedra, resultó. Estaba mirando debajo de ella si había humedad.
No había.
Create a free account to unlock all chapters. It only takes a few seconds.
Sign In FreeCreate your own AI-powered novel for free
Get Started Free