El tercer día amaneció con una luz que no era del todo amarilla ni del todo blanca, esa luz de la llanura manchega en que el sol parece subir de la tierra más que del cielo, como si el suelo mismo ardiera por dentro y la claridad fuera su aliento. Sancho lo vio venir desde la manta y pensó, no por primera vez, que el campo abierto tenía una manera de comenzar la mañana que no admitía cortesías ni preparación. El campo simplemente se encendía y uno estaba dentro, quisiera o no.
Alonso ya no estaba en su sitio.
Sancho se incorporó más rápido de lo que le hubiera gustado, con el esparto marcado en la mejilla y el vino del Crespo todavía haciendo sus últimas diligencias en la cabeza. Rocinante seguía atado a la estaca, tranquilo, masticando nada como suelen hacer los caballos de pocas pretensiones. Rucio lo miraba a él con esa expresión de paciencia reprochadora que Sancho llevaba diez años intentando convencerse de que era cosa de la anatomía del asno y no de su carácter.
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