El primero de los tres días, Alonso no dijo nada que tuviera sentido según el orden habitual del mundo, pero tampoco dijo nada que lo perturbara. Hablaba en voz baja mientras caminaban, dirigiéndose a Rocinante o al aire o a algo que Sancho no podía ver, y las palabras que salían de él tenían la cadencia de alguien que repasa una lista de tareas ya completadas, satisfecho con cada punto tachado. A mediodía se detuvo en mitad de la llanura, miró el cielo con los ojos entrecerrados y dijo, con la misma naturalidad con que un hombre comenta el tiempo: "El trigo estaba bien ese año. El año que llovió en mayo." No aclaró qué año era ese ni qué trigo era ese, y Sancho no preguntó, porque había aprendido que las preguntas ya no construían puentes sino que cavaban el suelo entre los dos hombres, y el suelo entre ellos era ya bastante irregular.
Esa noche, Sancho hizo fuego con las últimas ramas que habían recogido cerca del río y calentó lo poco que quedaba en el macuto: media hogaza endurecida, un pedazo de queso del tamaño de un puño, dos cebollas. Alonso comió sin comentar el sabor, que era el sabor de nada en particular, y luego se quedó mirando las brasas con una expresión que Sancho, a lo largo de toda la jornada, había visto estabilizarse en algo que no era tristeza ni alegría sino una variante de la paz que producen las cosas terminadas. Como el campo después de la siega. Como el cielo después de la tormenta. Como la cara de una mujer cuando ha parido y el niño llora y ella sabe que lo más difícil ha pasado aunque lo más difícil de verdad aún no haya empezado.
—Fiel —dijo Alonso.
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