El descenso al segundo estrato no fue, como Tomás había imaginado durante las tres semanas previas al encargo, una caída. Fue más parecido a una corrección tipográfica: el mismo texto, ajustado en el margen, con una grafía levemente distinta que sugería otro amanuense. La biblioteca del primer estrato no desapareció tanto como se volvió transparente, y a través de su transparencia emergió una arquitectura más antigua o más nueva —la dirección temporal era ya imposible de establecer con certeza— cuyos corredores tenían la longitud exacta de los pasillos institucionales: demasiado largos para ser funcionales, demasiado angostos para ser cómodos, diseñados por alguien cuya concepción del tránsito humano era abstracta y levemente punitiva.
Ferrán se detuvo antes de que los demás hubieran terminado de orientarse.
Extendió los dedos sobre la pared más próxima con la misma delicadeza con que, semanas antes, había calibrado el barniz de un recuerdo de viudedad, y permaneció inmóvil durante un intervalo que Tomás midió como algo entre cuarenta segundos y un minuto, aunque el tiempo en el segundo estrato tenía ya la cualidad del tiempo en las salas de espera: existente pero no del todo convincente.
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