El quinto estrato no anunció su llegada con ningún cambio arquitectónico dramático. Fue, como había sido la transición al segundo, una cuestión de gramática más que de geografía: el mismo corredor que continuaba, pero conjugado de otra manera. Tomás, que llevaba cuatro estratos buscando el momento exacto del umbral y fallando en encontrarlo, escribió en su cuaderno que quizás los umbrales no eran puertas sino suturas, y que una sutura bien hecha no se ve desde ningún lado de la herida.
La arquitectura aquí era diferente de todas las anteriores de un modo que tardaron varios minutos en precisar, porque la diferencia no residía en ningún elemento visible sino en una ausencia. No había altura calculada. Las proporciones de los espacios —techos, distancias entre paredes, ancho de los vanos— no respondían a ningún sistema de escala humana. No eran monumentales ni opresivos: eran simplemente indiferentes a la cuestión del cuerpo que los habitaría. Era, pensó Vidal sin decirlo, la arquitectura de alguien que aún no sabe que tiene un cuerpo.
—Infancia temprana —dijo Ferrán, que había llegado a la misma conclusión por un camino distinto—. Las proporciones son las de un niño pequeño que no ha aprendido todavía a calcular el espacio desde sí mismo. Todo le llega desde afuera, como un hecho geográfico.
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